Discurso en Nueva York

 

MANUEL DÍAZ MARTÍNEZ

 

Queridos amigos:

Por segunda vez estoy en Nueva York. En 1994 me trajo Antonio Benítez-Rojo para hablar en el Amherst College, de Massachusetts, junto a José Lorenzo Fuentes, sobre nuestras experiencias de intelectuales disidentes en Cuba.

Entonces participé, con José Olivio Jiménez y los poetas españoles José Hierro, José Ramón Ripoll y Jesús Fernández Palacios, en el homenaje que la Universidad de Nueva York y la Revistatlántica de Poesía, de Cádiz, ofrecieron al maestro Eugenio Florit en su cumpleaños 90. Concedérseme la oportunidad de ver, oír y abrazar por primera y última vez al poeta de Trópico y Doble acento es, para mí, el primer homenaje que recibí en esta ciudad. El segundo es el presente, por el que doy las gracias al Centro Cultural Cubano de Nueva York y, de manera especial, a mis colegas y amigas Iraida Iturralde, presidenta del Centro, y Lourdes Gil.

También, faltaría más, quiero que conste mi gratitud al Instituto Cervantes.

José Martí aseguraba tener dos patrias: Cuba y la noche. Gertrudis Gómez de Avellaneda y yo tenemos tres: Cuba, España y la noche. La noche es la patria universal de la poesía —”el mármol negro en que se ve uno”, del que habló Miguel de Unamuno desde su severa Salamanca refiriéndose a la oscuridad en el verso martiano.

Recibir, de unos compatriotas ocupados en preservar y difundir en el exilio nuestra cultura, una medalla que se llama La Avellaneda me emociona más que me honra. Es que, más que como galardón, la acojo como símbolo de todo lo que a ellos me une y que a ellos y a mí nos une a aquella camagüeyana del siglo XIX que reclamó a la reina Isabel II, no más subir ésta al trono, atención y justicia para nuestra isla, “que allá, olvidada en su distante zona, (…) libre ambiente a respirar no alcanza”. Es de suponer que doña Tula, autora de tan cubanos versos dirigidos a la hija de Fernando VII, también habría dejado su firma en la Carta de los Diez. Si entonces Cuba no respiraba “libre ambiente”, hoy tampoco lo respira —ahora, claro, no por causa de despotismo colonial alguno impuesto desde una metrópoli europea, sino por el que impone a la nación, desde hace medio siglo, el absolutismo de un monarca vernáculo.

Celebro que el Centro Cultural Cubano de Nueva York relacione la Carta de los Diez con este homenaje que me ofrece y que me permito extender a todos los que, encarando las previsibles represalias, suscribieron la Carta, dos de cuyos principales y más castigados promotores tengo a mi lado: María Elena Cruz Varela y Fernando Velázquez Medina. Lo celebro porque haber suscrito ese desesperado documento —acto de resurrección moral más que de insurrección política— está entre los hechos de mi vida que me enorgullecen.

Soy eso que se llama un hombre de letras, y lo soy en la línea de los mejor dotados para sentir que para pensar. Desde la adolescencia he pretendido ser un poeta, jamás un político. A la política me he acercado siempre desde el ángulo ético, que es de donde suelen acercarse a ella los artistas que no saben nada de política. Pero he comprendido, por propia experiencia, o sea, a fuerza de andar a tropezones en la vida, que proceder de ese ángulo no nos libra de espejismos, ni mucho menos nos hace invulnerables —sino todo lo contrario— a los desdenes, traiciones y desmanes del poder.

Pertenezco a una generación de intelectuales que se enroló en la aventura de convertir en cosa palpable una utopía libertaria guiados por un pastor que, en realidad, se procuraba un feudo, por lo cual no es asombroso que la mía sea una generación frustrada. Lo es, como dije en otra parte, en lo que Lezama llamó “lo esencial político”, pero no sólo o no tanto porque le cambiaron los naipes, sino fundamentalmente porque se dejó avasallar en lo esencial ético.

Esta experiencia, triste y quizás necesaria para entender algunas cosas importantes, me ha deparado una lección que considero el súmmum de cuanto he aprendido en mis setenta años como inquilino de este planeta, que Chateaubriand encontraba aburrido y yo encuentro cada vez más inquietante: nada, sin libertad, es admisible.

La libertad es nuestro bien primario, indispensable bien espiritual, y material, sin el que no somos lo que debemos ser. De ahí que sea lo primero que los pastores de utopías nos escamotean y lo que más nos cuesta recuperar cuando permitimos que nos lo quiten. También he aprendido que la libertad, así sea en el seno de una democracia, se alimenta de coraje. Recordemos a Whitman: “el mundo, oh Libertad, vanamente conspira contra ti”. También hace más de un siglo nos advirtió Mark Twain con su devastadora dicacidad: “La manera más segura de que un hombre se convierta en blanco del desprecio, el oprobio, la difamación y el insulto casi universales es dejarse de las tonterías sobre las inestimables libertades e intentar ejercer una de ellas”.

Quizás mi inseparable pesimismo me confunda, pero siento que, en este milenio que tan infaustamente comenzó —comenzó, para la Historia, muy cerca de donde estamos—, ya apenas se cree en la libertad. Apenas se le hace caso, como si fuese una prenda anticuada, o peor: un ideal reaccionario. Es lo más preocupante que hay ahora mismo.

Quiero terminar estas breves palabras, que son un mensaje de gratitud, leyendo un poema que algunos de los presentes ya me han escuchado:

PATRIA

Una extensión de tierra,

un arco de costa, un mar,

unas casas, unas calles,

tres o cuatro ríos,

un régimen de lluvias,

un jardín, unas montañas,

algunas frustraciones

y quizás una utopía,

un guiso, una canción, un árbol,

una historia en parte emocionante,

una manera de decir las cosas,

los padres que van envejeciendo

en un patio de provincia,

acaso también unos hermanos

que completan la saga familiar,

y unos amigos…

Eso y algo más es patria

si cabe ahí la libertad.

Si no cabe, yo prefiero

morirme de distancia.

Gracias por la paciencia y la generosidad.

 

Nueva York, mayo, 2006

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