El paraíso encontrado

Es imposible escoger el sitio donde se nace. En primer lugar, porque nueve meses no alcanzan para ver todos los catálogos de las agencias turísticas. Además, antes de nacer, uno no sabe, por ejemplo, si le gustará más entenderse con la gente en noruego que en guaraní, o ser canario o lapón. Tampoco sabe si preferirá caer en La Habana, cerca del Floridita, por aquello de tener garantizado un daiquirí a la caída de la tarde, o en Logroño, junto al bar de Colo, para que no le falten los tintos de Alfonso Lanza.

Si me hubiesen preguntado dónde quería nacer, a lo mejor no se me habría ocurrido decir que en Cuba, isla que el acaso seleccionó para que yo pegara mi primer grito y los demás. Ya dijo el áspero Quevedo que “A llanto nace el hombre…”

Hay prójimos que viven orgullosísimos de su lugar de nacimiento, como si lo hubiesen escogido, o los dioses los hubiesen escogido a ellos para poblar ese edén. Para ellos, ésa es la mejor parcela del ancho mundo, el paraíso encontrado. Quizás sea porque nacieron allí. (Ya veríamos si hubiesen nacido en otra parte.) Ahora recuerdo al poeta Carlos Guido y Spano, autor de una redondilla que me alucina y que cito de memoria: “Qué me importan los desaires / con que me trata la suerte. / Argentino hasta la muerte, / he nacido en Buenos Aires”. (Es una lástima que mi suegro, que llevaba mal su parkinson, no fuera argentino.) Una paisana mía, vedette pensionista, proclamó en la televisión su patriotismo con tanta vehemencia que dijo ser “cubana por los cuatro poros” —sin identificarlos—, con lo cual dejó al resto sin DNI, a merced de las autoridades castristas de inmigración.

La idolatría al suelo natal es egolatría sublimada. Tan sublimada, que en las lonjas políticas se vende con marbete de patriotismo. Y se vende bien. No hay pago en que no sean legión quienes compran gato por liebre.

Hace más de un siglo que José Martí notó que el aldeano vanidoso cree que su aldea es el mundo. El habanero Martí, hijo de valenciano y canaria, que murió encima de un caballo por la descolonización de Cuba, dijo paladinamente que la patria —¿por qué no se dirá matria, si el concepto atañe a la maternidad y siempre lo encarna una mujer?— es el palmo de tierra que nos sustenta y donde somos respetados y libres, sea o no aquél en que por azar, bajo un abedul o un papayo, echamos la primera meada.

Su experiencia de eterno exiliado, en tránsito agónico de un país a otro, enseñó a Martí a vivir como ciudadano del mundo, gracias a lo cual tuvo la suerte de concebir el patriotismo como un humanista y no como un aduanero. Leyendo sus discursos, sus poemas, sus cartas, he comprendido que patria es el hombre. El hombre en el universo. Sólo un libertador de la conciencia podía escribir, cuando emprendía la guerra contra el poder colonial español —que él entendía necesaria y quería sin odio—, estos versos sencillos:

Estimo a quien de un revés

Echa por tierra a un tirano:

Lo estimo, si es un cubano,

Lo estimo, si aragonés.


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