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Cuatro poetas cubanos conversamos en la nueva cabecera de este blog: de izquierda a derecha, Eliseo Diego, yo, Armando Álvarez Bravo y Regino Pedroso. Desde hace cuarenta años mantenemos nuestro divertido coloquio en una carpeta de mi archivo.
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Aquí vivo a unos cuantos metros de su embajada. Pero mi amor no es ciego: ve mejor desde lejos. Y mi oído no escucha la palabra ilusión cuando converso con cualquier cubano. Una revolución activa no puede durar 50 años y pedir luego «austeridad» (¿más?) para los siguientes 50 de dictadura falta de libertad. Ni con ni sin carisma. Y menos volviendo a las andadas, con miras hacia Rusia y algún país afín, caducado o falible.
Las ilusiones y los ilusionados también han de comer; esas cuentas no cuadran, aunque hay muchos cuentistas: lo ha dicho Raúl Castro, para anunciar una «política de ajuste» de los sueños a la realidad: mucho dormir es ese. Una vana esperanza ni es eterna ni engorda. Un pueblo no puede ser tratado como un bien personal. Ni familiar. Ni depender de un deus ex machina invisible. ¿Cómo no van a pedir quienes puedan, por miles, la nacionalidad española?
Antonio Gala: “Cuba, despierta”. El Mundo, 7/1/2009.
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PRESENTACIÓN DEL LIBRO
LA CARA OCULTA DEL CHE
DE JACOBO MACHOVER
(EDICIONES DEL BRONCE / PLANETA)
A CARGO DE ORLANDO FONDEVILA
Y RAÚL RIVERO
EN PRESENCIA DEL AUTOR
MIÉRCOLES 21 DE ENERO DE 2009
A LAS 19 H
FUNDACIÓN HISPANO CUBANA
C/ ORFILA, 8. 1° A.
28010 MADRID
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DE LA ISLA INFORTUNADA A LAS ISLAS AFORTUNADAS
Raúl Luis
El 25 de enero de 1992 visité el apartamento de Manuel Díaz Martínez en los bajos de un edificio de la Avenida Infanta. Manolo había salido a una gestión urgente y Ofelia, en extremo nerviosa, me informó de que lo habían cesanteado dos días antes en la radioemisora en que laboraba como director de programas musicales. No quedaba otra alternativa que el exilio. ¿Y qué hacer con las dos simpáticas mascotas, dos perritos satos atropellados que Manolo había traído de la calle años atrás? Recuerdo particularmente alegre aquél al que le faltaba la patica trasera derecha. Porque en eso Manolo era (y es) franciscano. Dejé a Manolo los libros de su biblioteca personal que me había prestado cuando yo preparaba el tercer tomo de una frustrada antología de la poesía cubana en la cual no sabía aún si se admitiría la inclusión de Heberto Padilla. Me marché para volver algún tiempo después a despedirlo en las vísperas de su salida de la patria, devolverle un tomo de la poesía de Florit que había olvidado, darle un abrazo y decirle “Buena suerte, Manolo”. Y ahora no sé ciertamente si estoy soñando dos momentos que acaso fue uno solo. Lo cierto es que Díaz Martínez se marchó, pero quedó la huella de su poesía, de su franca amistad y de su aguda y simpática inteligencia.

A Hermano le faltaba una pata. Su amigo Juan Gelman lo nombró en una entrevista. Era gruñón, por lo que yo lo llamaba el Antripático.
Cuando Manuel Díaz Martínez integra el jurado del concurso de la UNEAC en 1968, con Lezama, Tallet, César Calvo y J. M. Cohen, era un poeta ya de cuerpo entero. Con siete libros publicados, obtiene en 1967 el premio “Julián del Casal” con Vivir es eso, que lo consagra entre los poetas más notables de la poesía cubana. De ese libro escribió el maestro Eliseo Diego: “Manuel Díaz Martínez parece que viniera de muy lejos, y así es, en efecto: viene de dar vuelta a las cosas por su costado nocturno, abriéndole los escotillones al abismo, con lo que aun los sucedidos más recientes cobran esa resonancia, ese grave vaho de caja honda, en que se escucha la buena poesía de todos los tiempos. Véanse los versos que quedan bajo este título en sordina: “Mi madre, que no es persona importante”, y siéntase cómo a estos años de ahora los recorre un eco remoto, satisfactoriamente profundo. Y es que siendo su tema el más actual imaginable: el hombre, Díaz Martínez descubre, con legítimo azoro, que hay mucho más en él de lo que alcanza la vista. Este “mucho más” da, de una parte, la necesidad, y de otra, la utilidad, de su poesía”.
De ese concurso, de ese “encontronazo” de 1968, en que se le otorgó el Premio de Poesía “Julián del Casal” a Fuera del juego, de Heberto Padilla, Manolo fue catapultado a la región del silencio. Sólo diez y seis años después aparecen su poemario Mientras traza su curva el pez de fuego, de 1984, y, más tarde, en 1985, un amplio panorama de su poesía que el poeta intituló modestamente Poesía inconclusa.
En aquel Sábado del Libro de hace veinte años, Manolo, donde presentamos tu Poesía inconclusa, había un hervidero de lectores esperando tu oferta —muchos jóvenes, recordarás, y el poeta venezolano Eduardo Gallegos Mancera, que me presentaste, y artistas de cine, entre los que estaba Adolfo Llauradó—; recordé allí el juicio que sobre tu poesía había dado Eliseo Diego, y agregué una reflexión que he manifestado más de una vez en el sentido de que tu poética conserva lo esencial de aquellos años de expansión coloquialista y se mantiene en una corriente lírica, tensa, elegante, exenta de hojarascas, que va a predominar años más tarde como una conquista para nuestro quehacer poético por su consistencia y densidad. De ahí el carácter generador de esa poesía tuya que trasciende la anécdota, nombra la plenitud de las cosas, expresa lo que hubiésemos querido decir con ese lenguaje no revelado.
Y finalicé leyendo “El viajero”, aquel soberano poema que con tu bondad natural me dedicabas. Han pasado los años, Manolo. “Duro oficio el exilio”, y también el insilio. ¿Qué va quedando de nosotros?: una amistad entrañable, algunas irregulares epístolas y llamadas telefónicas, y la seguridad de que volveremos a abrazarnos en ésta nuestra amada tierra.
Alturas de Monte Barreto (Miramar),
10 de octubre de 2005.
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Las Jornadas de Poesía en Español que cada año se celebran en Logroño, bajo los auspicios de Cultural Rioja, son las más vitales fiestas dedicadas al verso que yo conozco. Empecé a disfrutarlas cuando el timonel de ese barco ebrio era el poeta y librero Alfonso Martínez Galilea. Desde hace tres años las conduce Paulino Lorenzo, poeta y músico. Por ellas han pasado extraordinarios poetas españoles e hispanoamericanos, entre los cuales hay algunos cubanos. De éstos recuerdo ahora a María Elena Cruz Varela, Rafael Alcides, Orlando González Esteva y Raúl Rivero. Hoy recibí la antología de poemas leídos en las últimas Jornadas, las décimas. Tres amigos que leo con placer están en este libro: el riojano Juan Manuel González Zapatero, el argentino Osías Stutman (recuerdo su casa y su hospitalidad en Nueva York) y el peruano Antonio Cisneros.
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El autor de este blog y su noble CanCiller (retratados desde París por Hanton) desean una feliz Navidad y un venturoso 2009 a sus lectores y amigos.
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Cuba Independiente y Democrática (CID), una de las principales organizaciones políticas del exilio cubano, ha dado a conocer en Las Palmas de Gran Canaria, por boca del comandante Hubert Matos, su fundador y líder, la siguiente
DECLARACIÓN A LOS PUEBLOS DE LA UNIÓN EUROPEA Y DE TODO EL MUNDO
Los cubanos que luchamos por el progreso de nuestro país en un marco de libertad y justicia, de respeto inequívoco a la dignidad de la persona humana, agradecemos todos los gestos y acciones de solidaridad con nuestra causa, venga de un lugar o de otro. Y creemos tener razones para promover o solicitar más y más solidaridad porque la distancia entre los pueblos del planeta se acorta con la marcha del tiempo y los progresos de la tecnología, de la ciencia y con el compromiso ético implícito en la condición humana.
Pero así como agradecemos a quienes nos comprenden y nos apoyan, y pedimos más y más comprensión y respaldo para nuestra causa, denunciamos al mismo tiempo como inmoral y como retardataria, toda actitud de complacencia, de compadrazgo y, por supuesto, de complicidad, de gobiernos y/o instituciones supranacionales que, pese a su compromiso con esos mismos valores que nosotros defendemos, cuidan mucho sus relaciones con la tiranía que lleva medio siglo esclavizando y ofendiendo de mil maneras a nuestro pueblo y ensañándose con nuestros sufridos presos políticos.
No nos extraña que viejos socios de la tiranía de La Habana o un malandro politiquero como el que padece el hermano pueblo de Venezuela provean recursos que, de una manera u otra, sirven para prolongar las miserias que padece el sufrido pueblo cubano.
Obviamente es contraproducente y nos lastima que la Unión Europea actúe en el presente hacia el caso cubano como si no conociera en su nivel más alto de toma de decisiones que la Cuba de los Castro es hoy no una República sino un feudo sumido en la miseria, una cárcel grande, un cuartel, un manicomio. Todo eso con no poco de prostíbulo.
Estamos conscientes de que nos corresponde a los cubanos superar nuestro complejo drama, pero creemos tener derecho a la solidaridad de quienes valoran, igual que nosotros, la libertad, la justicia, todo eso comprendido bajo el concepto de los derechos humanos que tanto significa en el mundo de hoy.
Y estamos seguros de que en los nuevos tiempos que están por llegar, más pronto que tarde, la nueva República será realidad sin ríos de sangre, con el abrazo del pueblo, de los militares y con la bendición de Dios.
Cmdte. Hubert Matos
Las Palmas de Gran Canaria, 10 de diciembre de 2008.
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Teódulo López Meléndez, Caracas.
Las dictaduras convocan elecciones para ganarlas, nunca para perderlas. Si las pierden entran en acciones contumaces. En 1952 Pérez Jiménez hizo arrestar a la dirección nacional de URD y la mandó al exilio. En el 2008 Chávez recurre a todas las prácticas aberrantes de las que hemos sido testigos. El propósito es siempre el mismo: si las elecciones no sirven para ratificar al régimen hay que demostrar categóricamente que tampoco sirven para que la oposición salga de la dictadura.
Lo que el gobierno está haciendo es, pues, tratar de demostrar que la oposición debe olvidarse de la salida electoral, creando así, en el seno de la población, una tendencia abstencionista irreductible. Si logra convencer a la gente que votando nada logra habrá conquistado una gran victoria. Así, Chávez despoja de todo instrumento de gobierno a las alcaldías y gobernaciones que pasaron a manos de la oposición como en un mensaje que significa “no les valió de nada”.
De esta manera, llegado el punto en que la dictadura pierde las consultas, se establecen graves consecuencias para ambas partes, gobierno y oposición. Éste es el momento en que las dictaduras comienzan su declive inexorable, no sin pasar por la tentación de no autorizar más procesos electorales. Tienden, entonces, a endurecerse, a huir hacia adelante, a extremar la bronca, a cometer las fechorías más descabelladas. La oposición entra también en una especie de limbo, pues debe decidir si toma el camino “comeflor” y espera o se aventura a ejercer una presión mayor para la salida del régimen.
La oposición venezolana ha tomado el camino de “paz y amor”, una de conformismo reflejado en la actitud de quien se resigna a tratar de gobernar con los restos que le dejaron. El gobierno ha tomado el atajo de la intemperancia absoluta. De Pérez Jiménez no se puede decir que tuviese alguna perturbación psíquica o que estuviese dominado por alguna ideología inflacionaria; era un simple dictador militar a la usanza de la época y no más. El que ahora tenemos no concibe otra forma de vida sino como presidente, tiene una indigestión ideológica y conductas que llaman la atención de los especialistas.
Como hemos llegado al punto neurálgico del cruce hay que admitir que la situación se hace de extremo peligro. Se anexa el desvarío de quienes buscan los argumentos más insólitos para justificarse con el jefe y desde ya proponen establecer centros de votación en los locales de Barrio Adentro o en el de las “Misiones”; seguros están que si allí se vota todos lo harán por el partido formado desde el gobierno, experimento que en la historia venezolana ha resultado un absoluto fracaso; esto es, los partidos venezolanos exitosos se formaron en la oposición. En este punto neurálgico, el aspirante a presidente eterno se desquicia y lanza de una vez la “autorización para que el partido busque el establecimiento de la reelección indefinida, llama al gabinete a sus alcaldes y gobernadores en un acto de desprecio a la Constitución que indica la convocatoria del Consejo Federal de Gobierno y avala el delito de las grabaciones ilegales al anunciar la expulsión del Cónsul General de Colombia en Maracaibo, quien en una conversación telefónica privada celebraba con alguien de Bogotá el triunfo de la oposición en los principales estados fronterizos con su país. Una acotación sobre esto último: ¿la indiferencia internacional llegará hasta el punto de que el cuerpo diplomático acreditado en Caracas no proteste la violación de las normas internacionales sobre respeto a las misiones extranjeras?
Por si fuera poco, el presidente con aspiraciones de eternidad justifica sus andanadas alegando que aquí vivimos una guerra de clases, que el problema es la lucha entre ricos y pobres, atizando una confrontación que sus bandas armadas pueden llevar al paroxismo. El presidente con aspiraciones de eternidad siembra violencia en cada una de sus palabras, unas que el viento esparce y colocan a esta república en situación de alto riesgo.
La oposición resignada debe entender que ante el país debe mantener abierta la opción electoral, que debe hacerse respetar manteniendo dentro de lo posible la lógica de una alternabilidad mediante el voto y dentro de los límites de la prudencia política enfrentar con más energía las andanadas de la dictadura que ha entrado en la fase trágica –para ella– de perder elecciones. Una cosa es mostrar tolerancia y amplitud para contrastar con la brutalidad del régimen y otra muy distinta mostrarse alelada con los cargos que está ocupando. Si se justificó en la inacción por el afán de llegar a las elecciones regionales, ahora que le han quitado todo ya no tiene nada que perder ni excusas valederas. Mucho me temo que la oposición está lejos de encontrar el camino adecuado.
Desde el gobierno dictatorial no puede esperarse nada más que lo que estamos viendo. La presentación de la reelección indefinida no es más que el primer paso. Podría seguirle una ley que establezca una gobernación para Caracas y así descabezar al alcalde Ledezma, el nombramiento de vicepresidentes por regiones para hundir en la inopia las regiones gobernadas por la oposición, el aumento de la represión real y la agresión contra los medios radioeléctricos que aún ejercen con independencia la información y la opinión.
Los vientos que soplan sobre esta república están descontrolados. Toca a los demócratas hacer ejercicio de inteligencia en el diseño de estrategias y tácticas. Quizás toca recordar el espacio que va desde 1952 a 1957.
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Miguel A. Sánchez
René Portocarrero nunca fue un hombre común, pero su aparición aquella tarde resultó más allá de lo normal.
Desde el primer instante supe que me era alguien muy conocido, pero no logré acordarme de él ni siquiera después que se acercó a la mesa del café al aire libre en medio del puerto, donde yo estaba con mi esposa Amalia, y me dijo: “Me alegro de verte otra vez”, tras lo cual hizo una expresión peculiar suya con los músculos de la cara y se marchó.
Lo conocí 30 años antes. Portocarrero asistía a muchas de las jornadas del torneo internacional de ajedrez que a principio de los años 60 comenzó a realizarse en La Habana en homenaje a José Raúl Capablanca. Casi siempre de pie, inmovible, a pesar de las sillas vacías alrededor del rectángulo de cordones que separaba a los espectadores de los maestros. A veces se sentaba frente a los tableros murales que reproducían las partidas sin compartir comentarios. Parecía extrañado cuando ocurría algo fuera de lo común y se producía una exclamación colectiva.
Logré que tuviera acceso a la sala de análisis del torneo, donde los participantes comentaban sus encuentros. El lugar estaba escondido del público pero sus mesas privadas con tableros empotrados y majestuosas piezas Staunton, dulces y refrescos estaban al alcance de los autorizados a cruzar su umbral.
Luego supe que apenas entendía lo que pasaba, o al menos su comprensión no era a la que yo estaba habituado. Lo que realmente conoció del ajedrez lo reservó en privado. Su pasión pública por el juego resultó conocida cuando confesó en una entrevista que hubiera querido ser ajedrecista y no pintor.
Su presencia en el lugar exclusivo para los maestros fue esporádica. Alguna que otra vez fue a comer algo. A veces se detenía frente a dos participantes que comentaban lo ocurrido sobre el tablero en esa jornada. En una ocasión, la única, terminó sentado frente a un invitado al torneo que le explicaba, con diligencia propia de profesionales, las volteretas tácticas de su batalla recién concluida.
Para ese tiempo, Portocarrero estaba al tanto de que yo conocía sus escasas habilidades para el juego; apenas se dio por enterado de mi asombro de verlo de compañero de análisis del campeón de Suecia, el Gran Maestro Gedeón Stahlberg, co autor de un bellísimo libro sobre Capablanca, junto con Alles Monasterios.
Cualquier otra persona hubiera hecho un gesto con los hombros o los ojos como diciendo: ¿Qué puedo hacer?”, no Portocarrero. Quizá estaba allí atendiendo las explicaciones de su anfitrión pues fue el único a mano al que Stahlberg pudo acudir para explicarle lo ocurrido en su partida. Luego tuve la sospecha de que se habían conocido en el bar “Las Cañitas” del hotel “Habana Libre”, donde Stahlberg dejó su marca.
Al andar de los años, Portocarrero me pidió que reelaborara para él, bajo cierto formato, un texto con la historia del ajedrez, a fin de ilustrarlo con sus dibujos. Resultó una colaboración inconclusa. Sin explicarle, me marché de La Habana la madrugada del 17 de junio de 1980 en un vuelo a Moscú y nunca retorné a Cuba.
Una vez que le pregunté por qué amaba tanto un juego que casi no comprendía, me dijo que estaba seguro de haberlo dominado con maestría en un pasado que le resultaba distante.
El Dragón
Tal confesión me llevó al territorio particular de otro amigo de entonces: Oscar Hurtado. Oscar se llevaba mejor con los pintores cubanos que con los escritores, a muchos de los cuales aborrecía. “Prefiero elogiarlos que leerlos”, decía. Una malvada frase de Lezama Lima que solía repetir con verdadera fruición y, claro, le buscó eternas enemistades.
Pero con los pintores lo unía el hecho de que ellos creaban una obra que a él admiraba y envidiaba. Portocarrero y Cundo Bermúdez eran sus favoritos, de sus pocos amigos.
La anécdota de Portocarrero navegando por la eternidad como un reencarnante le fascinó desde el principio, y en medio de un círculo que habitualmente se sentaba a su lado en los portales de la Unión de Escritores y Artistas de Cuba, comenzó a elaborar, medio en serio y medio en sorna, un grupo de posibilidades para el alma viajera de su amigo pintor. “Pero tiene que haber sido hace muchos siglos, tal vez en sus orígenes”, ya que no conseguía vincular una vida previa de Portocarrero cercana en el tiempo.
Eso lo mantuvo ocupado hasta que al fin se aburrió, pero antes hizo algunos comentarios sobrios sobre el hecho. “Estoy convencido”, me dijo, “haber descubierto a Portocarrero en una pintura magna de Florencia”, pero luego descartó esa posibilidad.
Otra vez indagó sin éxito el rostro del pintor en “El Entierro del Conde de Orgaz”. Creo que se cansó. En definitiva, no era para tanto, al menos eso parecía dar a entender con sus expresiones. Y es que Oscar tenía tantos relatos fantásticos en su mente que le era casi imposible retornar a uno que había dejado atrás. Tras su aparente desinterés había un secreto que no descubrí hasta 40 años después. En realidad, un Portocarrero viajero del tiempo le interesó mucho más de lo que dio a entender.
Hoy casi nadie recuerda a Oscar en Cuba pero en su época, hablo de principio de los 60, era el “platillólogo” de la isla, el decano de temas sobrenaturales; el padre de la historia de que Sherlock Holmes había vivido hasta los 103 años gracias a la jalea real; el creador de una colección muy popular de libros, “Ediciones Dragón”, así como el editor que puso junto en una antología los mejores “Cuentos Fantásticos” en idioma castellano.
Oscar Hurtado estaba convencido de que los extraterrestres eran los causantes de la rápida evolución del hombre cinco mil años atrás, un tema al que sí regresaba de manera incesante. La Leyenda de Gilgamesh era su pieza esencial, la que explicaba una gran guerra intergaláctica en la bóveda terrestre.
Su poemario “La Ciudad Muerta de Korad” fue un vaticinio del destino de La Habana, como si una percepción extemporal le hubiera permitido adelantarse al tiempo y observar desde esa atalaya privilegiada las ruinas que se acercaban.
Oscar resultaba tan enigmático como las propias dimensiones en que se movía. “Gigante entrañable” lo recordó Guillermo Cabrera Infante. Si alguna vez se hubiera escondido un marciano en La Habana, todo el mundo hubiera señalado su casa como el sitio donde se refugiaba el extraterrestre, o incluso hasta identificado con el personaje del espacio.
Su apariencia estaba llena de contrastes. De vuelta a Cuba desde Nueva York en 1959 pronto se encontró sin ropas debido a su tamaño. Sus calzados se limitaban a un par de tenis que algún amigo le trajo del extranjero, pues tenía unos pies enormes, mientras que los pantalones a fuerza de tanto lavado le quedaban cortos. Era la figura de un payaso imponente, pero en todo caso de uno culto y desconsolado.
Si conversaba horas y horas lo hacía como su mejor defensa contra la frustración, pues Oscar comprendía que éste no era su reino. Los hijos recién nacidos de sus amistades provocaban en él una curiosidad y atención inusuales, de manera especial los de su amigo el dibujante y cuentista Hernán Henríquez que puso a sus vástagos los nombres de los dos satélites de Marte: Febos y Deimos.
Oscar estaba convencido de que los hijos gemelos de Hernán se comunicaban entre sí mediante un lenguaje secreto que trató de descifrar en vano. Si Oscar y Portacarrero eran almas vagabundas, poco hicieron por hacer públicas sus aventuras. Al menos es lícito preguntarse de dónde ambos tenían tal asombrosa cultura cuando ninguno de ellos poseía formación profesional. Nadie discute que eran autodidactas, pero al menos vale la interrogación pero ¿de cuántos siglos?
Cuando Oscar falleció un solo escritor se levantó entre todos para rendirle homenaje: público por escrito: Manuel Díaz Martínez, en la Gaceta Literaria de Cuba. “La Muerte del Dragón”, la describió Manuel en una despedida muy íntima.
El Dragón ejercía fascinación sobre Oscar no por lo de animal mitológico, sino porque para él resultaba la interpretación de los antiguos acerca de la guerra que libraron sobre el cielo de nuestro planeta los guerreros del espacio. Los dragones voladores que vomitaban fuego en el cielo eran en realidad naves de guerra intercambiando disparos, aseguraba.
Lo que sucedió el día de su entierro no debiera extrañar a nadie que conoció a Oscar. “Todo se puso negro de repente con muchos relámpagos y truenos” recuerda Hernán Henríquez, que estaba en el lugar junto con Evora Tamayo, la compañera de Oscar, así como otro pequeño grupo de íntimos. “Frente a la tumba había un viejo flaco, inmóvil como una estatua, vistiendo una guayabera blanca, de mangas largas, un poco amarillenta, por el uso, y un gastado sombrero de yarey en su cabeza, pero no estaban los enterradores” escribió Hernán.
El viejo que se portó como un capataz sugirió a los presentes bajar entre todos el ataúd a la tumba pero sin poner la tapa de mármol porque era muy pesada y podía triturarle los dedos a los improvisados sepultureros. Puesto que los enterradores seguían sin aparecer, el viejo pidió al grupo que se marchara; él se encargaría de que lo hicieran.
Tres días después, Hernán Henríquez regresó a visitar a Oscar y encontró que la tumba seguía abierta. “¡Eso no es posible!” – gritó el administrador del cementerio de Colón en La Habana, cuando Hernán le dio las quejas. – ¡Eso nunca ha ocurrido; aquí jamás se ha dejado una tumba abierta!” No tuvo otro remedio que conceder ante el sepulcro destapado. En la búsqueda de chivos expiatorios, Hernán mencionó al viejo capataz. El administrador respondió que allí no trabajaba ninguna persona con ese perfil y menos con guayabera blanca y sombrero de yarey para ejercer su oficio.
Oscar a veces mencionaba a sus amigos que tenía una deuda con la vida porque no había tenido hijos, y por lo tanto estaba condenado a resucitar. Hernán Henríquez sospechó que uno de los relatos de Oscar, los “Vampiros de Metano” tenía relación con lo ocurrido, e imaginó una conspiración de Oscar con su más íntimo amigo, Pedro Julio, para que a la hora de su muerte su tumba permaneciera abierta, a fin de escapar de ella, “con alas de vampiro, y volar al más allá”.
Cumplida esa tarea, Pedro Julio moriría poco después a los 55 años de edad, la misma de Oscar, tal como lo había presentido Hernán, el que después escribió un relato que a él se le hacía muy cercano a la realidad, donde Oscar y Pedro Julio era la pareja inseparable que ha venido recorriendo el tiempo, pasando de reencarnación a reencarnación. “Ellos habían sido Sherlock Holmes y Watson; Cainde y Taebo; Rómulo y Remus; Castor y Polux; el Gordo y el Flaco; Benitín y Eneas”.
Cartas reveladas
Gracias a Oscar conocí a otro escritor que luego fue mi amigo por casi cuatro décadas. Era 1966 y en La Habana se celebraba la “Olimpiada de Ajedrez”. Oscar recibió el encargo de preparar un número especial de la revista Cuba Internacional sobre el acontecimiento, una tarea que cumplió con una edición de coleccionistas en la cual incluyó a Lezama Lima y, por supuesto, su convicción de que el ajedrez era un pasatiempo traído a nuestro planeta por los extraterrestres.
Pero en 1966 Oscar era ya casi una no persona en la Isla. Por muchos años me pregunté quién fue el osado que le solicitó tal extensa colaboración para la revista cubana más divulgada en el extranjero, hasta que un día lo supe por labios de esa misma persona: Antonio Benítez Rojo.
No es raro que lo conociera en la casa de Oscar, durante una cita con personajes que parecían salidos de la época del cine negro norteamericano: un par de hombres que algunos catalogaban de matones: Pepe de Jesús Ginjaume Montaner y “Billiquen” de la banda Unión Insurreccional Revolucionaria, UIR de Emilio Tró. La reunión era a petición de Antonio que deseaba escribir sobre el gangsterismo en la Universidad de La Habana y publicar una serie en la revista Cuba Internacional donde entonces trabajaba como jefe de redacción.
Pero como el propio Fidel Castro había pertenecido a ese grupo de Emilio Tró, las intenciones de Antonio resultaban indeseables y sospechosas. Sus contactos con ambos personajes prohibidos y las cintas de las entrevistas confiscadas.
A Oscar y a Antonio los unía la literatura, pero sobre todo experiencias alejadas de lo usual. En varios de los cuentos escritos por ambos el asunto emerge sin cortapisas. Sin embargo Oscar nunca pudo escuchar los relatos más asombrosos de Antonio, (¿o quién sabe?) sobre las veces que a comienzo de la década del 80 fue a parar a hoteles que hacía tiempo no existían.
La primera vez, un “Holiday Inn” cuando retornaban de la Florida a su casa en Massachusetts. Contaba Antonio que junto a Hilda, su esposa, llegaron a un sitio muy extraño y en el cual pronto comprobaron que ni la ropa de los huéspedes, los anuncios en las paredes y tampoco el mobiliario se correspondían con el tiempo real en que lo franquearon.“Hilda esto no existe”, le dijo Antonio a su esposa. “Vámonos de aquí antes de que desaparezca”.
La otra vez fue en Connecticut, un “Howard Johnson”, y los acompañaba su hija Mary. Fueron a tomar café y las azucareras estaban amarradas por cadenas, como ocurrió en la época de racionamiento de la Segunda Guerra Mundial. Antonio nuevamente comprendió que tenían que marcharse de inmediato, aunque una empleada negra se empeñaba en darles conversación para que no lo hicieran.
La curiosidad hizo que tiempo después Antonio volviera a las huellas de ambos lugares, cuando comprobó lo acertado de sus premoniciones. Vecinos de las zonas dijeron que tales alojamientos habían desaparecido muchos años atrás, si acaso ya no eran más que neblinosos recuerdos de ancianos.
Y es que como Oscar Hurtado, Antonio Benítez Rojo tenía un sexto sentido para lo sobrenatural. Podía convivir entre ánimas sin molestar y ser molestado. “Esta casa está llena de fantasmas, ahora mismo están reunidos en la sala, pero a mi no me importa”, le comentó a Manuel Díaz Martínez cuando éste lo visitó en 1994 para una conferencia sobre literatura cubana en la Universidad de Amherst, donde tanto Antonio como Hilda eran profesores.
Retrato de mujer con delantal
El comentario de Antonio no le pareció inusitado a Manuel Díaz Martínez puesto que él también formaba parte, por decirlo de alguna manera, del circulo de iniciados.
Cuando niño, los padres de Manuel se mudaron para una vieja casona del Cerro (Oscar, Portocarrero y Antonio vivieron en la misma barriada en tiempos colindantes con Manuel) donde su mamá se topó casi desde el primer momento con una señora vestida de blanco que parecía buscar compañía o anhelar algo. Todos los días la triste dama reaparecía en el mismo sitio.
Con justificada alarma los padres de Manuel, entonces un niño, mandaron a buscar a la encargada de haberles alquilado la casa, la que sin extrañezas sacó una vieja fotografía de un sobre y preguntó: “¿Es ésta la señora que vio?” La mamá de Manuel asintió. “Ella murió hace años pero quería mucho esta casa y la extraña. Otras personas la han visto antes”, dijo. Poco después los padres de Manuel se mudaron otra vez dejando a la dama de blanco otra vez solitaria.
Y tal vez, no por casualidad, fue Manuel Díaz Martínez el que me escuchó gritar “¡Coño, era Portocarrero!”, mientras un guía nos contaba los detalles de la casa de Benito Pérez Galdós en Las Palmas de Gran Canaria.
–¿Quién? –se acercó Manuel a preguntarme.
–Portocarrero –le dije. –El hombre que hace una hora se acercó a saludarme en el café del puerto fue Portocarrero.
–Pero Portocarrero se murió hace muchos años –aclaró Manuel sin inmutarse.
Eso lo sabía. También que su muerte fue trágica, por suicidio, al igual que la de su compañero Raúl Milián.
Cuando pocos días después, Amalia y yo regresamos a Nueva York busqué el libro de historia de la pintura cubana que no por casualidad fue hecho por Oscar Hurtado en compañía de Edmundo Desnoes. Tapé los nombres de los artistas con un pedazo de papel dejando ver nada más que las fotografías y le pedí a ella que señalara al visitante de Las Palmas. En cuanto vio a Portocarrero lo reconoció.
–¿Estás segura?
–No me cabe la menor duda, ése fue el hombre que te fue a saludar.
Una experiencia así tenía que contársela de inmediato a Antonio Benítez Rojo. Cuando lo hice, sus preguntas parecían buscar unas coordenadas familiares.
–¿Te saludó nada más que a ti?
–Sí
–¿Y a Amalia?
–No, a ella no.
–¿La miró al menos?
–Como si no existiera, por eso ella luego me preguntó quién era ese hombre tan mal educado que ni la saludó ni la miró siquiera.
–¿Cuánto rato estuvo allí?
–Nada… Me dijo “me alegro de verte otra vez, o que estés bien”, algo así por el estilo y desapareció.
“Era la imagen anímica de Portocarrero”, explicó. “Se está despidiendo de algunas personas. Eres una de ellas. Sabrás por qué.”
Supuse que era mi deuda por su encargo que nunca cumplí, pero en realidad su aparición fue y sigue siendo un enigma.
Antonio se inclinaba a pensar que Portocarrero cumplía penalidad por la manera que escogió para dejar el mundo. “Morir por suicido no es sólo pecado en la tradición cristiana, lo es con diferente sentido en otras religiones y cosmologías, conlleva una condena o al menos algunas tareas que cumplir”, fue su explicación una madrugada fría en Amherst, sentados ambos frente a una botella de Glenfiddish, su “scotch”: favorito.
Por más de diez años quise escribir el extraño encuentro, pero antes deseaba saber si Manuel Díaz Martínez recordaba aún lo sucedido en Las Palmas en 1995. No pude hacerlo hasta la primavera del 2006 cuando Manuel volvió a Nueva York. Nos reunimos en el patio de mi casa y le mencioné el asunto. Manuel tenía fresco en su mente el episodio y mi súbito grito de asombro en la casa museo de Galdós.
Después que Manuel regresó a España conocí por parte de Evora Tamayo el relato de Hernán Henrquez en el cementerio de Colón ante el sepulcro de Oscar Hurtado. También que tras meses de tormento, Hernán llegó a la conclusión de que la tumba abierta no había sido otra cosa que una trama del propio Oscar con la complicidad de su amigo Pedro Luis.
La confabulación me pareció ajustada a mi propia experiencia y desde entonces deseché toda posible casualidad respecto al inusual encuentro en el puerto de Las Palmas. Alguien le sirvió de mensajero a Portocarrero, me dije.
¿Pero quién? ¿Oscar como parte de su peregrinaje por el tiempo? o ¿Antonio, siempre tan predispuesto a explorar los ángulos misteriosos de las cosas?
Ya estaba listo a mandar una nota a Manuel Díaz Martínez con mis sospechas cuando recordé el cuadro de Portocarrero “Mujer en el Interior del Cerro”, tras lo cual cancelé esa carta para siempre, pues entonces comprendí la similitud entre la dama de la pintura y la descripción de la señora que por la misma época del cuadro se le aparecía a la madre de Manuel en busca de consuelo.
Y es que desde ese día conozco la identidad de la persona que hizo posible el reencuentro de Las Palmas.
Baldwin, Long Island, NY.
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Si quienes en este país están obligados a hacer cumplir la Constitución y amparar los derechos de los ciudedanos hicieran su trabajo cabalmente, no habría lugar para este manifiesto, cuya pertinencia debería sonrojarlos.
MANIFIESTO POR LA LENGUA COMÚN
Desde hace algunos años hay crecientes razones para preocuparse en nuestro país por la situación institucional de la lengua castellana, la única lengua juntamente oficial y común de todos los ciudadanos españoles. Desde luego, no se trata de una desazón meramente cultural –nuestro idioma goza de una pujanza envidiable y creciente en el mundo entero, sólo superada por el chino y el inglés- sino de una inquietud estrictamente política: se refiere a su papel como lengua principal de comunicación democrática en este país, así como de los derechos educativos y cívicos de quienes la tienen como lengua materna o la eligen con todo derecho como vehículo preferente de expresión, comprensión y comunicación. Como punto de partida, establezcamos una serie de premisas:
1) Todas las lenguas oficiales en el Estado son igualmente españolas y merecedoras de protección institucional como patrimonio compartido, pero sólo una de ellas es común a todos, oficial en todo el territorio nacional y por tanto sólo una de ellas –el castellano- goza del deber constitucional de ser conocida y de la presunción consecuente de que todos la conocen. Es decir, hay una asimetría entre las lenguas españolas oficiales, lo cual no implica injusticia (?) de ningún tipo porque en España hay diversas realidades culturales pero sólo una de ellas es universalmente oficial en nuestro Estado democrático. Y contar con una lengua política común es una enorme riqueza para la democracia, aún más si se trata de una lengua de tanto arraigo histórico en todo el país y de tanta vigencia en el mundo entero como el castellano.
2) Son los ciudadanos quienes tienen derechos lingüisticos, no los territorios ni mucho menos las lenguas mismas. O sea: los ciudadanos que hablan cualquiera de las lenguas co-oficiales tienen derecho a recibir educación y ser atendidos por la administración en ella, pero las lenguas no tienen el derecho de conseguir coactivamente hablantes ni a imponerse como prioritarias en educación, información, rotulación, instituciones, etc… en detrimento del castellano (y mucho menos se puede llamar a semejante atropello “normalización lingüística”).
3) En las comunidades bilingües es un deseo encomiable aspirar a que todos los ciudadanos lleguen a conocer bien la lengua co-oficial, junto a la obligación de conocer la común del país (que también es la común dentro de esa comunidad, no lo olvidemos). Pero tal aspiración puede ser solamente estimulada, no impuesta. Es lógico suponer que siempre habrá muchos ciudadanos que prefieran desarrollar su vida cotidiana y profesional en castellano, conociendo sólo de la lengua autonómica lo suficiente para convivir cortésmente con los demás y disfrutar en lo posible de las manifestaciones culturales en ella. Que ciertas autoridades autonómicas anhelen como ideal lograr un máximo techo competencial bilingüe no justifica decretar la lengua autonómica como vehículo exclusivo ni primordial de educación o de relaciones con la administración pública. Conviene recordar que este tipo de imposiciones abusivas daña especialmente las posibilidades laborales o sociales de los más desfavorecidos, recortando sus alternativas y su movilidad.
4) Ciertamente, el artículo tercero, apartado 3, de la Constitución establece que “las distintas modalidades lingüísticas de España son un patrimonio cultural que será objeto de especial respeto y protección”. Nada cabe objetar a esta disposición tan generosa como justa, proclamada para acabar con las prohibiciones y restricciones que padecían esas lenguas. Cumplido sobradamente hoy tal objetivo, sería un fraude constitucional y una auténtica felonía utilizar tal artículo para justificar la discriminación, marginación o minusvaloración de los ciudadanos monolingües en castellano en alguna de las formas antes indicadas.
Por consiguiente los abajo firmantes solicitamos del Parlamento español una normativa legal del rango adecuado (que en su caso puede exigir una modificación constitucional y de algunos estatutos autonómicos) para fijar inequívocamente los siguientes puntos:
1) La lengua castellana es común y oficial a todo el territorio nacional, siendo la única cuya comprensión puede serle supuesta a cualquier efecto a todos los ciudadanos españoles.
2) Todos los ciudadanos que lo deseen tienen derecho a ser educados en lengua castellana, sea cual fuere su lengua materna. Las lenguas cooficiales autonómicas deben figurar en los planes de estudio de sus respectivas comunidades en diversos grados de oferta, pero nunca como lengua vehicular exclusiva. En cualquier caso, siempre debe quedar garantizado a todos los alumnos el conocimiento final de la lengua común.
3) En las autonomías bilingües, cualquier ciudadano español tiene derecho a ser atendido institucionalmente en las dos lenguas oficiales. Lo cual implica que en los centros oficiales habrá siempre personal capacitado para ello, no que todo funcionario deba tener tal capacitación. En locales y negocios públicos no oficiales, la relación con la clientela en una o ambas lenguas será discrecional.
4) La rotulación de los edificios oficiales y de las vías públicas, las comunicaciones administrativas, la información a la ciudadanía, etc…en dichas comunidades (o en sus zonas calificadas de bilingües) es recomendable que sean bilingües pero en todo caso nunca podrán expresarse únicamente en la lengua autonómica.
5) Los representantes políticos, tanto de la administración central como de las autonómicas, utilizarán habitualmente en sus funciones institucionales de alcance estatal la lengua castellana lo mismo dentro de España que en el extranjero, salvo en determinadas ocasiones características. En los parlamentos autonómicos bilingües podrán emplear indistintamente, como es natural, cualquiera de las dos lenguas oficiales.
Firmas: Mario Vargas Llosa, José Antonio de la Marina, Aurelio Arteta, Félix de Azúa, Albert Boadella, Carlos Castilla del Pino, Luis Alberto de Cuenca, Arcadi Espada, Alberto González Troyano, Antonio Lastra, Carmen Iglesias, Carlos Martínez Gorriarán, Jose Luis Pardo, Alvaro Pombo, Ramón Rodríguez, Jose Mª Ruiz Soroa, Fernando Savater.
