MUERE CARLOS M. LUIS

Carlos M. Luis, escritor, pintor y crítico de arte, ha fallecido en Miami. Había nacido en La Habana en 1932 y desde 1962 residía en Estados Unidos. Junto a destacados artistas cubanos fundó en Nueva York la revista Exilio, en Miami creó la galería Meeting Point, importante centro de divulgación del arte cubano en aquel país, y, también en Miami, fundó y dirigió el Museo Cubano de Arte y Cultura. En el campo literario sobresalió como estudioso de la obra de José Lezama Lima y del grupo Orígenes. Asimismo se dedicó al estudio del Surrealismo, sobre el cual deja inédito un libro. En 1998 publicó su volumen de ensayos El oficio de la mirada y en 2002 hizo su primera exposición de pintura. Fue colaborador asiduo de las páginas culturales del diario miamense El Nuevo Herald.

HORIZONTES DEL SURREALISMO

Carlos M. Luis

El surrealismo, dijo Breton en alguna parte, es lo que será. Con esa frase Breton quiso decir que lejos de encerrar al surrealismo en definiciones absolutas, le abría un camino de exploración, con el horizonte como punto de llegada. Pero como éste nunca se entrega, preferimos entonces el horizonte como metáfora de la búsqueda surrealista del oro del tiempo. Esa búsqueda es necesariamente utópica y a la vez ucrónica. Es decir que el surrealismo se sitúa en una encrucijada aparente. Por una parte pretende poner su mirada sobre los acontecimientos que lo rodean, más por la otra lo conduce a vislumbrar el más allá de la existencia. En una época como la que nos ha tocado vivir, la actitud de los surrealistas luce, por lo tanto, fuera de lugar. Sartre siempre lo vio así, y desde luego los marxistas tradicionales no se quedaron atrás en la valoración que hiciera el autor de El Ser y la Nada

En plena década de los sesenta, los situacionistas también miraron de reojo las incursiones de Breton y sus allegados, por los predios del hermetismo o del pensamiento de Fourier. Y sin embargo en aquella década, que marcó un hito importante en el desarrollo de tantas conquistas sociales, la imaginación también quiso llegar al poder, como rezaban las pancartas de los estudiantes rebeldes. En los Estados Unidos el prestigio que cobró un filósofo llegado de la escuela de Frankfurt, Herbert Marcuse, se fijó en el Surrealismo bajo otra perspectiva más favorable. Otro pensador de tendencia anarquista, Murray Bookchin, mencionó con entusiasmo la tendencia de este movimiento hacia la liberación de la espontaneidad expresa y las facultades lúdicas, como uno de sus ejes centrales. Un núcleo surrealista liderado por Franklin Rosemont surgió en Chicago, y aún continúa en plena actividad. En países de la América Latina como Argentina, Brasil, Colombia o Chile el surrealismo mantiene su vitalidad bajo distintas variantes. En Francia y a pesar de la disolución oficial del movimiento años después de la muerte de Breton, existen poetas y pintores que se expresan dentro de un marco surrealista. Y así sucesivamente. El Surrealismo pues no ha muerto, y continúa renovándose a pesar de los formulismos en que se le ha querido encerrar. 

¿Por qué ocurre que aún después de tantos años pasados y las actas de fallecimiento que le han endilgado, el surrealismo continúa dando señales de vida? Creo que la respuesta yace en la manera en que se insertó dentro de la gran corriente del pensamiento, que vio en la poesía un medio de liberación. La amplitud de esa corriente y los nombres que ha ido arrastrando a través de la historia, no se escapó a la mirada de Breton, siempre en búsqueda de antecedentes que iluminaran sus creencias. En ese sentido Breton como Jano, tuvo dos caras: una que atisbaba el pasado y la otra que traía esa mirada hacia el presente. De ahí entonces que este poeta no tuviese a menos incluir en la estela surrealista a poetas, hermetistas, místicos, locos y primitivos. En gran medida este movimiento siempre evolucionó nutriéndose de una tradición abarcadora, que no hacía distinción valorativa entre un tótem de la Columbia Británica, un tratado alquímico, la pintura de un Aldolf Wölfli, las láminas del Tarot, la poesía de los mitos, el misterio que esconde una mariposa o una máscara de Nueva Guinea. 

El universo surrealista fue amplio y variado como lo demuestra su pintura. ¿Qué relación formal existe entre un cuadro de Magritte y otro de Miró? O ¿en qué se asemeja un poema de Péret a otro de Guy Cabanel? Sin embargo todos comparten un mismo espíritu, espíritu que los relaciona a la vez con la imaginación de los visionarios, primitivos, etcétera. Al participar colectivamente en un magma poético donde se cocían tan diversas manifestaciones del espíritu, los surrealistas organizaron una sociedad de iniciados o un egregore, que los puso en otra categoría, frente a las diversas asociaciones habituales que merodean el espacio cultural y político. Nada pues tiene de extraño que frente a las instituciones que defendían intereses relacionados con el poder, y la opresión que esto conlleva, (y en estos incluyo a un Sartre y sus malabarismos con estalinistas y maoístas), los surrealistas recurrieran a la utopía. 

André Breton

André Breton

¿En qué consistió esa utopía? Someramente podríamos indicar dos posiciones fundamentales y coincidentes de los surrealistas con respecto a la misma: una de carácter poético, y la otra como alternativa a la historia que les tocó vivir. La utopía poética de los surrealistas se hizo patente desde el primer momento en que Breton proclamó el punto supremo como la fase final de superación de todas las antinomias. El recorrido que había que hacer para llegar a ese punto era prácticamente una ascesis, que incluía todos los medios poéticos inventados por ellos. En primer lugar el automatismo logró ponerlos en contacto, en la medida de lo posible, con la actividad del subconsciente y a su vez con el mundo de los sueños. Ese lenguaje primordial salido de una región que Freud puso al descubierto, los condujo a sintonizarse con otro mundo: el de los primitivos y sus mitos. Basta leer a autores como Géza Róheim, James Frazer, Claude Levi Strauss o Lucien Lévy-Bruhl para darnos cuenta de ello. Para los surrealistas el descubrimiento de lo primitivo no estuvo inspirado en una preocupación formal, ni rindió los mismos resultados que para los cubistas. Mientras que éstos encontraban en el arte africano, sobre todo, una estructura aplicable a su reacción contra la belleza clásica impuesta desde el Renacimiento, los surrealistas percibieron en el arte primitivo la presencia de la magia, es decir, de la poesía. 

Automatismo, onirismo y primitivismo comenzaron a jugar un papel preponderante en la cosmovisión surrealista, que poseía como finalidad alcanzar el punto supremo. Esa finalidad es decisiva para entender que en el fondo de las aspiraciones surrealistas se incubó siempre un afán utópico, como lo fue la búsqueda del Santo Grial o de la Piedra Filosofal en su momento. Aquí de nuevo se produce el otro enlace, esta vez con la tradición hermética. ¿Cómo podría ser de otro modo? Si por la vía de la poesía se abre el camino de culturas mágicas, por esa misma vía se produjo la iniciación en otros misterios que el hermetismo había conservado celosamente en sus arcanos. En la mentalidad de Breton ese vínculo siempre fue posible, y los más fieles a sus ideas también así lo creyeron. Esa creencia suya no hizo sino seguir las huellas dejadas por los románticos, los cabalistas, y tantos otros considerados como visionarios o herejes, que enriquecieron a la Edad Media y al Renacimiento. La poesía, pues, formó el núcleo central de una actividad dirigida a crear un estado de conciencia superior, sin necesidad de caer en un éxtasis místico. Otros dos aspectos de ese proceso poético deben ser mencionados: el erotismo y el juego. Ambos fueron objeto de un culto especial que produjo resultados sorprendentes, desde la poesía escrita hasta la pintura o la construcción de objetos. En definitiva de lo que se trataba era de aunar todos esos esfuerzos bajo la rúbrica de lo maravilloso. Lo Maravilloso fue entonces para los surrealistas el lugar habitable, o sea, su utopía poética. 

El segundo horizonte utópico se encuentra inserto dentro de un proceso histórico preciso: el período que comienza en la Primera Guerra Mundial, pasando por la Revolución Rusa, y que concluye en la Segunda Guerra Mundial y la llamada “guerra fría” que le siguió. Ese período relativamente corto, pero intenso, de la historia moderna, marcó la conciencia de André Breton profundamente. No vamos a narrar aquí los distintos episodios que lo inclinaron a desilusionarse tempranamente de una revolución devenida en sistema opresivo. Sabemos que Breton fue uno de los primeros que lo denunciara acarreándose las iras de la llamada izquierda. Tampoco vamos a detallar sus idas y venidas entre el trotskismo y el anarquismo, con su tendencia favorable hacia el segundo. Para seguir el hilo de lo que he venido mencionando, vamos a enfocar ese otro aspecto fundamental de su pensamiento, al cual se adhirieron algunos de sus más allegados compañeros: la utopía como alternativa a un condicionamiento histórico basado en la opresión. 

André Breton comenzó a leer las obras completas de Fourier durante su estancia en los Estados Unidos. Esas obras lo acompañaron al Oeste donde descubre las naciones Pueblo y el asombroso paisaje de esa región. Es allí que escribe su “Oda a Charles Fourier”. Creo que el hecho posee un significado simbólico. Que Breton se haya inspirado en medio de los Hopis y los Navajos, con sus muñecas Katchinas y sus pinturas en la arena, para escribir su poema, confirma la estrecha relación que existió para él entre la utopía de Fourier y la belleza que desplegaba el arte y la mitología de esos pueblos. Fue además la profunda devoción de los indios por la naturaleza lo que conmovió al poeta, imbuido como estaba por la lectura de un filósofo que promovía la analogía como instrumento del pensar. Durante esa visita se produjo entonces uno de los momentos cruciales que destacan al Surrealismo como una tendencia “aparte” dentro de las ideologías canónicas de nuestro tiempo. La utopía de Fourier (a pesar de sus extravagancias) se le apareció a Breton como una alternativa posible ante una historia que sólo mostraba su voluntad destructora. No olvidemos que poco después de haber sido escrita, la bomba atómica devastó a Nagasaki e Hiroshima. Ese cambio axiológico promovido por un artefacto tanático se produjo también en conjunción con otra experiencia amorosa: su encuentro con Elisa y la pasión mutua que se derivó de ese encuentro. La utopía, pues, iba de la mano con el eros, que Breton había ya cantado en numerosos poemas y en su libro El Amor Loco. El resultado de ese encuentro y del viaje que ambos emprendieron a la Gaspesie en Canadá, donde descubrieron ágatas y colonias de aves, fue otra obra suya: El Arcano 17 (1945). Esta obra compone la trilogía comenzada por los Vasos Comunicantes (1932) y El Amor Loco (1937). Si en la primera Breton aún se encontraba bajo el influjo del marxismo (aunque interpretado heréticamente), en la segunda la alquimia hizo su aparición, para alcanzar en la tercera la unión entre utopía, hermetismo, erotismo, y canto a la naturaleza, bajo la égida de la esperanza. Arcano 17 cierra un ciclo de su pensamiento y constituye una de las obras centrales del Surrealismo. Escrito al final de la guerra, se inspira en la carta del Tarot 17, cuyo simbolismo está relacionado con la inspiración y el espíritu de la humanidad entendido como una fuerza creadora. Es, pues, un arcano del crecimiento y en última instancia de la esperanza. Aquí aparece de nuevo el horizonte como metáfora de esa virtud. La utopía que propone Breton es concreta: no se trata para el surrealismo de organizar, entorno de una sociedad sujeta a una coreografía social precisa, un sistema de perfección. Ese tipo de utopía que impone una supuesta felicidad, ya sea promovida por un Fourier o por otros, no forma parte del ideal surrealista. Se trata de alcanzar en el “aquí y ahora” bajo momentos o hierofanías, si se quiere, ese “más allá” iluminador. La existencia continúa siendo sometida –y eso Breton lo sabía muy bien– a sus miserias, pero con la salvedad de que existen episodios en los cuales aparece lo maravilloso, para detener, aunque sea por un instante, el paso inexorable del tiempo para mostrar “el oro” que Breton siempre buscó. Es bajo ese deseo donde podemos descubrir el horizonte de lo que Breton quiso decir con el surrealismo es lo que será.

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