CARLOS EDMUNDO DE ORY, AMIGO Y MAESTRO

De Ory (izquierda) y Fernández Palacios en Cádiz.

De Ory (izquierda) y Fernández Palacios en Cádiz.

Jesús Fernández Palacios, Cádiz.

Carlos Edmundo de Ory, al que leía, conocía, admiraba y quería desde hace más de cuarenta años, fue para mí, por encima de todo, un amigo. Y sobre la amistad, comparto las palabras de Sócrates: “Una cosa he deseado siempre. Cada hombre tiene su pasión: unos los caballos, otros los perros, otros el oro o los honores. En cuanto a mí, todas esas cosas me dejan frío; en cambio, deseo apasionadamente adquirir amigos, y un buen amigo me contentaría infinitamente más que la codorniz más linda del mundo, que el más hermoso de los gallos o incluso –Zeus es testigo– que el mejor de los caballos o de los perros. Podéis creerme: preferiría un amigo a todos los tesoros de Darío”.

Insisto en esto para aclarar que mi entrañable amistad con Ory, generosamente correspondida, me impide en muchos aspectos emitir un juicio sosegado y objetivo sobre su personalidad, tan humana y poética, tan relevante y singular. Ni falta que hace. Pues si he de admitir algo rotundo, eso sería que tanto su personalidad como su obra fueron determinantes en mi formación y por lo tanto en la configuración benéfica de mi personalidad. Una deuda impagable y un inmenso agradecimiento, el que reconozco al buen amigo y al maestro. Tanto es así que en cuanto me enteré de que había enfermado gravemente, enseguida, como un impulso natural, sentí la necesidad de escribirle un poema que reflejara por un lado mi pesar y por otro todo el ánimo y la energía que pretendía insuflarle, haciendo partícipe de ello a otros oryanos que también lamentaron su infortunio. Un poema que, fechado el 7 de junio de 2010 dice así:

LEUCEMIA

Para Carlos Edmundo de Ory,
il mio fratello

Qué te pasa en la sangre
que no tenga remedio:
me pregunto y rebelo
y no encuentro respuesta.
¿Qué le falta o le sobra,
dónde está su castigo?

Esa sangre que tanto
circuló por tus venas
desde aquella Alameda
donde estaba tu casa,
donde estuvo ese padre
que guiara tu mano
en la rima precisa
y en el verbo sonoro.

Qué te pasa en la sangre
que lo siento en la mía,
porque tú me enseñaste
de lo malo lo bueno,
de la rabia la risa,
el humor, la ternura.

Los amigos te esperan
con la sangre limpita
de esa rara dolencia
que quebró tu alegría.

¡Venga ya, no te asustes!
que aquí estamos nosotros,
tus hermanos pequeños,
con los glóbulos sanos
que faltan al poeta,
al querido maestro
del que tanto aprendimos
en las horas confusas.

¡Venga sí, saca pecho!
que ya suena la música
de tus mágicos versos
que gritamos a coro
por las calles del mundo.

No permitas siquiera
que ningún viento malo
te despeine el sombrero,
que el calor que nos diste
se lo lleve la lluvia.

Desde esta premisa, fundamental para mí, Carlos Edmundo fue sobre todo un gran poeta, hasta en los ratos más inadvertidos. Mientras vigilaba era poeta. Y siempre vigilaba, hasta en el sueño. Él mismo decía: “Nunca sueño barato”. Su praxis constante resultaba extenuadora a veces, pero siempre estimulante. La disciplina y el juego; el rigor y la risa; el pensamiento serio y el pensamiento lúdico; la crisis y la reconciliación; la ética y la estética; la técnica y el llanto. En fin, todo eso coincidía en Ory de una manera coherente. En su guedeja de león trotamundos vivió 87 años de grito y de silencio. Nació un viernes de abril a la puesta de sol. Como Venus, a quien los antiguos consagraron ese día de la semana, nació del Mar (con mayúscula) en su Alameda gaditana, y allí se produjo su iniciación al “genius loci”, su visión de los “grandes misterios genésicos y telúricos de las MADRES y del reino espantosamente fascinante del MAR”, según sus confidencias epistolares. Desde entonces, sus ojos cantaban. Su mirada se reproducía joven encima de la rija. Andaba con pasos infantiles, desde entonces. Siempre se rendía a la ternura. Era un provocador. Un matón de lo vulgar. Como buen Tauro, prefería tomar el mismo tren todas las mañanas y todas las tardes. Era ordenado. Perseguía a sus objetos, los palpaba en confianza, recontaba sus pertenencias, plisaba, por ejemplo, el pañuelo en su sitio, y acomodaba, pertinaz, las gafas en su funda, una y otra vez, tal vez por miedo a perderlas.

Éste era el poeta kantiano, de horas distribuidas, confiando en los seres totales, sin confianza en los grifos por sus fugas. Ha sido ocioso en el alba y un trabajador noctívago. Ory decía: “Empecé a gritar en la noche empecé a gritar” y “La noche y yo dormimos juntos / y no dormimos nunca”. Hablemos, pues, de la noche. Su nocturno no era la melodía dulce y apacible, pero era perito en melodías. Ahí sus versos, los recursos empleados, sus estrofas, la música de su poesía, su ritmo. Se parecía al vegetal que abre sus flores de noche; era un animal que en la noche busca su alimento y de día se ocultaba malhumorado. El poeta vivía en la costumbre de contar el tiempo por sus noches, tan pronto dispensadoras de paz y reposo, como provocadora de seres funestos. “La noche llena de bestias”, decía. Como amante encantador, se acostaba con la hija del Caos y con la madre de Eter. “La noche –escribió Ory– es un cuarto oscurecido para los amantes / dijo Williams Carlos Williams”. Como a los griegos, se le aparecía la noche con un velo ondeante en una mano y en la otra una antorcha; como a los romanos, se le aparecía dormida y envuelta en un velo negro; como a Rubens, se le figuraba con alas de murciélago y un gran manto negro sembrado de estrellas. Ory vivía la noche de múltiples formas, y es en la noche cuando recibía la luz y crecía.

No me resisto a reproducir, otra vez más, el retrato cinematográfico que una vez hice de Carlos Edmundo de Ory: a que parecía indómito como James Dean; diminuto y enérgico como Dustin Hoffman; enamorado y demente como Búster Keaton; maniático, colérico, sediento e irresistible como James Cagney; solitario, irónico e inteligente como Woody Allen; magnífico, duro, molesto y sarcástico como Humphrey Bogart; torpe, cómico y adivino como Klaus Kinski; ingenuo y lujurioso como Fatty; distinto, adusto y ocioso como Marlon Brando; inquieto, temible y doliente como Montgomery Clift.

Un retrato que tal vez no deba tomarse al pie de la letra, pero que me hace recordar, salvando las distancias, aquel memorable retrato de Luis de Góngora que pintó Velázquez en 1622, por encargo de su suegro, Francisco Pacheco, que era amigo del poeta. Góngora ya había cumplido sesenta años y “debió posar ante el caballete del pintor –como describe minuciosamente Caballero Bonald en un estupendo ensayo– con la misma mezcla de impertinencia y altivez con que se enfrentó a sus detractores, que no fueron ni pocos ni irrelevantes”. Recuerden el cuadro: ahí aparece Góngora enigmático y adusto, en un silencio desdeñoso y en una austera y fatigosa dignidad. Tiene un aire distante, ceñifruncido, huraño y escéptico, con su nariz indiscreta y autoritaria, una mirada desafiante y una sombra insolente en su boca, algo amarga, con un rictus de orgullo melancólico.

Cuento esto y relaciono a Ory con Góngora porque en dos ocasiones participé junto a él, apoyándolo y presentándolo públicamente, en sendos acontecimientos en los que era oportuno establecer esa relación tan aparentemente distante en el tiempo aunque no en el espacio. Góngora y Ory, ambos poetas y andaluces, pero no cercanos ni afines, al menos aparentemente. Esas dos ocasiones fueron: la primera en Córdoba el 19 de abril de 2005 cuando la Junta de Andalucía le entregó el premio Luis de Góngora de las Letras Andaluzas, el mayor galardón literario que se concede a un poeta en nuestra Comunidad Autónoma; y la segunda ocasión cuando le presenté como pregonero de la Feria del Libro de Cádiz, el 4 de mayo de 2007, que ese año le dedicaron precisamente a don Luis de Góngora.

En ambas intervenciones dije que casi cuatrocientos años después nos habíamos reunido para ser testigos de ese imprevisible encuentro entre Góngora y Ory. Dos seductores y envidiables bichos raros, en la vida y en la poesía. Y elucubré seguidamente con el lujo de imaginar que el poeta cordobés, desde su peculiar retrato, había relajado el rostro y esbozando una sonrisa no pudo ni quiso disimular que se alegraba de que un poeta gongorino como Ory recibiera un premio como el suyo. No se extrañen, insistí entonces, que luego, a la salida, los veamos compartiendo sus magníficos sonetos, sus hermosas metáforas, sus atrevimientos expresivos y, cómo no, las incomprensiones y silencios que padecieron por los riesgos de su poesía. Digo, es un decir.

Sí afirmaré que Ory se puede parecer a Góngora en los buenos romances y sonetos, en el rico y agudo lenguaje, en el juego imaginativo, en los audaces equívocos metafóricos, en las aliteraciones y anfibologías, en la ironía y el humor, etcétera. En eso se parecen. ¿Y en qué no? Pues en muchos otros detalles. Por citar algunos: yo creo que Ory nunca tuvo que vender sus muebles para poder comer, como le pasó a Góngora. Ni Ory fue nunca lisonjero, como lo fueron Góngora y la mayoría de los poetas barrocos, que se prodigaban con su poesía laudatoria en adular a monarcas, validos, damas y caballeros principales del reino. El catálogo de lisonjas sería inacabable. Ahora, afortunadamente, los tiempos son distintos, y uno no puede imaginarse a Ory llamándole al Presidente de la Junta de Andalucía: “alta esperanza, gloria del Estado”, como alabó Góngora al marqués de Ayamonte. O, por ejemplo, decirle al Presidente de la Diputación: “¡Oh Mercurio del Júpiter de España!”, como le llamó Góngora al conde de Villamediana. Y eso que tanto la Junta como la Diputación lo nombraron Hijo Predilecto de Andalucía y de la Provincia de Cádiz. Pero Carlos, a lo más que llegó en su discurso ante el señor Chávez fue a decirle: “Hombre, Manolo, menos mal que te has acordado de mí”.
Y aún ejemplos más cercanos, pensemos en Ory lisonjeando a la Alcadesa: “¡Oh cuánta trompa en su ejemplo mudo!”, cuando le entregó el título de Hijo Predilecto de la Ciudad. O haciéndole la “pelota” al Concejal de Cultura: “Eres deidad armada, Marte humano”, por imponer con probada sabiduría y sensibilidad la dedicatoria de dicha Feria del Libro en la figura de Góngora, uno de sus poetas favoritos: digo, es un decir. Góngora le tenía que dar coba al marqués de Siete Iglesias, al marqués de Santa Cruz, al conde de Lemos, al duque de Lerma (a quien dedicó el Panegírico), al conde de Niebla (destinatario del Polifemo) y al duque de Béjar (cuya rendida dedicatoria encabeza las Soledades). Pero Ory no le tuvo que dar coba a nadie, y todo lo más se la dio de vez en cuando a su compañera Laura Lacheroy para que le dejara comer huevos fritos con patatas y chorizo, los churros finos de Cádiz, helados y chocolate, como fui testigo más de una vez. Es decir, lo prohibido y peligroso para su salud.

Ory enfermó de leucemia en la primavera de 2010 y meses después murió en su casa de Thèzy-Glimont (Francia) el 11 de noviembre de dicho año. Descanse en paz el querido amigo y admirado maestro, tan gaditano como era que siempre repetía esa conmovedora máxima de que Cádiz era el único lugar del mundo que siempre tenía presente, que nunca podía quitarse de la cabeza. Algo que nos compromete con nuestro genial paisano, cuyo mejor y debido tributo sería conocer y difundir bien su obra literaria: su oryginal poesía, sus edmundianos cuentos, su oryundo Diario, sus ingeniosos ensayos, sus agudos y sorprendentes aerolitos y, en fin, su interesantísimo epistolario que recorre la historia literaria española de los últimos sesenta años. Ya tiene una Fundación en Cádiz donde ha quedado depositado, por la generosa voluntad del poeta, todo su rico legado literario que, una vez catalogado y digitalizado, se pondrá a disposición de estudiosos y lectores. Es decir, ha regresado a su ciudad natal como él quería, aquí descansarán sus cenizas y permanecerá su espíritu, un lugar mágico del que nunca se fue del todo, donde hemos sido convocados sus hermanorys (un neologismo que a él le gustaba) para preservar su entrañable memoria.

Sitio de la ciudad de Cádiz donde se erigirá un monumento a Carlos Edmundo de Ory.

Sitio de la ciudad de Cádiz donde se erigirá un monumento a Carlos Edmundo de Ory.