ANTOLOGÍA DE ARMANDO ÁLVAREZ BRAVO

Ya se encuentra a disposición de los lectores en las librerías españolas el último libro de Armando Álvarez Bravo. Es una espléndida antología de su obra poética. Se titula Siempre habrá un poema y lo ha editado la editorial madrileña Visor en su magnífica colección de Poesía. Seguidamente les ofrezco el prólogo que escribí para esta edición.

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SIEMPRE HABRÁ UN POETA

En la primavera de 2011, me tocó presentar a Armando Álvarez Bravo en una lectura de poemas que ofreció en España, concretamente en la para mí entrañable ciudad de Logroño. Aquella presentación me dio la oportunidad de decir sobre mi viejo y admirado amigo algunas cosas que considero imprescindibles para conocer su personalidad, su entorno histórico, su ética y su poética. A modo de preámbulo, expresé entonces y repito ahora que, hasta cierto punto, hablar de él es también hablar de mí, entre otras razones porque figuramos en la misma plantilla generacional, lo que significa que hemos encarado los avatares de un mismo tramo de la historia del país que nos vio nacer –pequeño de territorio, pero desmesurado en conflictos y decepciones–, y porque él y yo compartimos, primero en Cuba y luego en el exilio, vicisitudes paralelas y, más que nada, idéntica devoción por la libertad y la poesía.

Los conocedores de la literatura producida en Cuba en las últimas décadas sabemos que Armando Álvarez Bravo ocupa un puesto de cabecera en el nutrido grupo de poetas al que críticos e historiadores de nuestra cultura le han colgado el rótulo de Generación del 50 –justamente definida por él como “la generación arrasada”–, la cual, casi desde sus inicios, padeció la contradicción de escribir poesía, que es un ejercicio de libertad, en el ámbito de un régimen revolucionario que muy pronto se propuso expropiar la cultura como hizo con latifundios y empresas. “La andadura de esa generación”, señala Álvarez Bravo en una conferencia autobiográfica pronunciada en Miami en julio de 1998, “en unos casos más que en otros –la libertad es la posibilidad de elegir–, fue inevitablemente determinada por la increíble violencia que nos impuso el tumultuoso acarreo de la historia. De nada valieron nuestras astucias y maniobras para evitarlo”.

La intensa y también extensa obra en verso de Álvarez Bravo se inicia con un libro iluminador, El azoro, que hoy se muestra como el anuncio del tono y del modo de mirar la vida –“a ras de mundo”– que singularizan y cohesionan toda la labor de este poeta. Publicado en La Habana en 1964 bajo el auspicio de José Lezama Lima –a quien el autor y yo debemos la suerte de habernos conocido–, El azoro fue inmediatamente víctima de un debate político inquisitorial, nada extraño entonces allí, en la Unión de Escritores y Artistas de Cuba al ser catalogado como elitista y contrarrevolucionario. Así comenzó el vía crucis que debía recorrer el poeta hasta su salida de Cuba, en 1981.

Ese vía crucis tuvo su segunda estación cuando, dos años más tarde, se publica, también en La Habana, la Órbita de Lezama Lima, insoslayable antología de la obra lezamiana, seleccionada y prologada por Álvarez Bravo. El Maestro, como muchos le decíamos y le seguimos diciendo al autor de Paradiso, ya era un convicto de carcunda y desafección en los círculos oficiales –donde los menos extremistas lo calificaban de “tonto político”–, y en aquellas lobregueces burocráticas cayó mal la publicación de su antología, y peor aún el prólogo de nuestro amigo, brillante y honesto como obra suya que es.

En 1973, Álvarez Bravo pone en manos de los lectores uno de sus mejores poemarios, Relaciones, al cual se debe la tercera estación de su vía crucis. Nuestro entonces joven poeta, que posee dos convicciones aborrecidas por los comisarios del régimen –es liberal y católico–, fue estigmatizado por su nuevo libro en una de las principales revistas culturales cubanas del momento, supongo que a causa de poemas como el titulado “La fuente”, paradigma de la concisa expresión del autor y de lo dramática que puede llegar a ser una ironía, o de lo irónico que puede llegar a ser un drama. Relaciones iba a tener un prefacio de Lezama Lima, pero, sin siquiera avisar a su autor, el libro se editó sin el prefacio. Para colmo, el Gobierno secuestró la edición poco después de que saliera de la imprenta.

Los frutos de la labor creadora de Armando Álvarez Bravo, sostenida a trancas y barrancas a lo largo de casi cinco décadas pródigas en desasosiegos –los desasosiegos que hicieron a Nazim Hikmet llamar “duro oficio” al exilio–, están acopiados en casi una veintena de libros. Uno de ellos, una rigurosa antología de sus versos editada en Madrid por Verbum en 2007, tiene un título, A ras de mundo, que cifra la gravitación humanista que el poeta ha dado a su escritura, esa escritura suya tan austera de lenguaje cuanto espléndida en sutilezas, en la que me parece sentir los pasos, lejanos pero reconocibles, de San Juan de la Cruz y Antonio Machado, dos maestros españoles de mi amigo y míos.

En la introducción a esa antología, Álvarez Bravo –quien para José Agustín Goytisolo era un “cronista de momentos fugaces y de años sepultados, extrañamente mágico y refinado”– muestra algunas claves básicas de su manera de concebir la poesía que nos ayudan a entender la suya propia. Ante todo, contradiciendo a quienes alguna vez lo acusaron de elitista, define al poeta como “un hombre que quiere ser todos los hombres”, y se define a sí mismo como “criatura tan a ras de mundo como dominada por la fuerza de los sueños, que son inseparables del deseo”. Los lectores de la presente antología comprobarán cómo los poemas que la integran responden plenamente a tales postulados.

Por otra parte, en la estela del riguroso concepto borgeano de que un autor se pasa la vida escribiendo un solo libro –con lo que no puedo estar más de acuerdo–, afirma el poeta: “Siempre he creído que escribo un único poema y los versos que recogen estas páginas son fragmentos de esa obra en proceso”. Y es así: la obra de un genuino e hipersensible creador como Álvarez Bravo es un mosaico que crece sin pausa tramo a tramo, incorporando las porciones de mundo que el incesante azar le va añadiendo.

MANUEL DÍAZ MARTÍNEZ
Las Palmas de Gran Canaria,
2012.

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