INVENTARIO DE UNA DERROTA

Teódulo López Meléndez, Caracas.

2012-06-16_1“Cubazuela”, han estado gritando por años algunos de los más dedicados opositores del gobierno venezolano. En ejercicio de una “boutade” que a la hora de la verdad no parece tanto, me atreví a hablar de “Mexizuela”, pues lo que aquí parece consolidarse es una experta manera de ganar elecciones con la perfección del PRI.

No se puede realizar un análisis de la contienda electoral que la oposición perdió estrepitosamente este pasado domingo 16 de diciembre sin comenzar por reiterar el absoluto divorcio entre lo que se expresa en redes sociales como Twitter y la realidad del país, lo que debe mostrar no sólo un uso inadecuado y contrario al que se le ha dado en numerosos y recientes episodios de la historia mundial, sino una muy especial incultura política de la clase media.

Los gritos de venganza caen ahora sobre los abstencionistas, un segmento cuya cifra llamaremos sin precisión aún oficial, casi la mitad del país. Pareciera que esos compatriotas venezolanos ya no contarán más, que han sido desaparecidos del futuro y que algunos no tendrán la “gentileza” de dirigirse a ellos en ocasión alguna. Todos los medianamente informados sabíamos la abstención sería alta, como siempre lo ha sido en elecciones regionales, y que aumentaría o disminuiría por los últimos acontecimientos relativos a la salud del presidente Chávez. Aumentó y a estas alturas uno parece tener la sensación de que el suceso mencionado no tuvo una injerencia determinante.

Las causas de la derrota oposicionista se remontan al hecho de haber aceptado el orden de las elecciones, primero presidente, segundo gobernadores y tercero alcaldes, en un proceso de renovación de los poderes públicos de arriba hacia abajo que resultaba inaceptable. Luego las fechas, para que el día electoral hayamos sido testigos de “líderes políticos” lamentándose como vírgenes plañideras de lo perjudicial de votar un 16 de diciembre cuando la gente anda ocupada en reencontrar familiares o comprar sus cosas para pasar la Navidad.

Esa inconsistencia, para ser benignos en el término, es lo que caracteriza a una “dirigencia” inventora de excusas. Agréguenle un organismo electoral absolutamente tolerante con los abusos oficiales y esos mismos abusos en sí, como candidatos inaugurando obras como si de aspirantes se hubiesen convertido en ya designados, más todos los excesos de poder que por archiconocidos es innecesario inventariar.

Eso es lo que viene del poder actual, pero hay que inventariar lo que viene de los fallidos aspirantes al poder. La elección regional se producía, como hemos visto al recordar el orden de las tres elecciones, luego de la derrota en las presidenciales, porque hay que convertirse en Perogrullo para señalarles que una derrota fue, dadas las maniobras para disimular que van de trapecio en trapecio sin red.

La llamada Mesa de la Unidad Democrática (MUD) no es más que una alianza electoral de partidos reducidos que, por afán de no se sabe quién, pretendió erigirse como algo más. Señalé desde siempre que esa “concertación” jamás sería alternativa válida frente a Chávez y que la única vía era la constitución de una “unidad superior”. Se recordará perfectamente mi planteamiento de una “tercera opción”, inviable en apariencia por la cantidad de recursos que se requerirían en intentarla y por la falta de recursos humanos de los cuales el país parece hacer ostentación.

No se puede enfrentar a un claro proyecto de país como el que encarna Chávez sin un proyecto de país alternativo. Se entró entonces a discutir entre “vieja” y “nueva” política con una exacerbada adoración por unos muchachos inexpertos y a mostrar una incoherencia mental producto de la inmadurez, de la falta de formación y, sobre todo, del pequeño tamaño de unos “políticos” con absoluta carencia de experticia.

El país venezolano carece de una clase política que merezca tal nombre. He hecho esfuerzos porque esa reaparición de la intolerante polarización debida a la enfermedad del presidente se reduzca y he llamado a alzar la mirada. Los síntomas mostrados el mismo día de la elección no parecen ayudar, pero es mi deber insistir en un necesario diálogo que pasa por no hacer uso abusivo de los resultados electorales y por avanzar hacia la condición indispensable que es una decisión favorable sobre presos y exiliados.

Lo más conveniente a los intereses del país sería que el presidente Chávez pudiera juramentarse el 10 de enero, pero si las circunstancias no lo permitiesen sabemos bien que deberemos ir a una nueva elección presidencial y sobre ella es menester hacer las reflexiones finales.

Hay que barajarlo todo. Suponemos, en este caso, será Nicolás Maduro el candidato del gobierno, en acatamiento a la voluntad del presidente Chávez, pero no podemos dar supuestos en el campo de la oposición. Henrique Capriles Radonsky no debería hacer prevalecer su victoria en el estado de Miranda ni su condición de electo en primarias para rescatar para sí la condición candidatural. Debería, por el contrario, llamar a un gran diálogo nacional con absoluto desprendimiento porque de lo contrario lo único que lograría sería batir un nada envidiable récord de perder dos elecciones presidenciales en cuestión de meses.

Quien detenta el poder tiene la mayor responsabilidad en lo que habrá de venir. En este sentido me permito recordarle a Nicolás Maduro, luego de haber hecho la observación a Capriles, que él no es Chávez. Trate de parecerse a Eleazar López Contreras, en el sentido de comprender que sería transición y que toda transición exige apertura.

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