Manuel Díaz Martínez


Francisco Ayala (e.p.d.)
6 Noviembre 2009, 6:00 am
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francisco ayalaFue en Cádiz, en el invierno de 1990, donde conocí a Francisco Ayala. Estábamos en un congreso dedicado a la Generación del 27, en el cual, lógicamente, las estrellas eran los cuatro miembros de esa pléyade española del siglo XX que quedaban vivos: el propio Ayala, Rafael Alberti, Rosa Chacel y Pepín Bello, el notario mayor de la Generación.

Con el que más departí en aquellos días fue con Ayala, que era hombre asequible y cordial y mostraba mucho interés por el problema cubano. En una oportunidad se nos unió Rosa Chacel, quien lo hizo reír cuando me dijo que, en la época en que lo conoció, a comienzos de los 30, Paco era un mozo muy bonito.

Me encontré a Ayala de nuevo en Madrid, cuando ya yo era un exiliado. Una tarde ventosa y fría, Ofelia y yo nos refugiamos en el café Gijón. Allí, compartiendo mesa con unas señoras, estaba él, muy anciano pero con atuendo y postura juveniles: grueso pullover de cuello de tortuga, los pies subidos al travesaño del asiento, las manos enlazando las rodillas y éstas apoyadas en el borde de la mesa. Lo saludé. Le dio alegría verme e intercambiamos frases cordiales. No lo vi nunca más. Murió hace unos días, con ciento tres años bien capeados.

Ayala deja una abultada obra ensayística y narrativa, de prosa transparente, pulcra, sin cabriolas ni florituras ni transgresiones, leal a los cánones de lo clásico, tradicional o académico. No fue un innovador, ni creo que se lo propusiera. Ni es imprescindible serlo para hacer gran literatura, de lo cual hay muestras de sobra. Y aunque el desaforado Umbral, a quien con tanto gusto leo, asegure en Las palabras de la tribu que “Ayala es la mínima cantidad de escritor que puede darse en un escritor”, he hallado, por ejemplo, en El jardín de las delicias no pocas páginas de Ayala que merecen la lectura por la sencillez, tan trabajosa, con que alcanzan la poesía. Que no es mérito escaso.