[...] Una mezcla explosiva, sí, la de la crisis y la corrupción. Una conjunción perversa en la cual puede estar el germen del populismo… o de la abstención masiva… Y ante este deterioro, ¿qué van a hacer los grandes partidos? Lo diré en pocas palabras: mucho tendrá que apretarles el zapato para que se decidan a renunciar al mangoneo, fuente de toda corrupción. Lo más probable es que no hagan nada práctico. Y no lo harán porque los partidos españoles tienen una bien acreditada fama de no querer autorreformarse, y tampoco están dispuestos a descolonizar lo que han colonizado… Unos partidos que no quieren ni oír hablar del artículo 6 de la Constitución, que les obliga a ser democráticos en su estructura y funcionamiento. Unos partidos que, asimismo, desprecian otro artículo de la Constitución, aquel que obliga a una selección de personal -en la esfera pública- en la cual han de primar “el mérito y la capacidad”. Unos partidos que se han dotado de unos reglamentos parlamentarios que ningunean a los diputados y a los senadores reduciéndolos al triste papel de meros ejecutores de un ente burocrático llamado “Grupo Parlamentario”. En fin, unos partidos que están encantados de haberse conocido.
Pero hay a este respecto una hipótesis aún más pesimista que me cuesta aceptar y se resume así: la falta de interés de los partidos en cortar de raíz la corrupción nace de la propia sociedad. Por un lado, la plaga del sectarismo y su transformación en un electorado fiel, incapaz de castigar a sus adoradas siglas y, por otro, la trivialización de la moral pública. Todo lo cual conduce a la minimización del impacto electoral de las malas conductas. Si a eso se añade la generalización de una corrupción -que afecta a todos los partidos-, el electorado llega fácilmente a la conclusión de que se está ante una especie de gripe que llega inexorable con el invierno y que es inherente a la actividad política… y por eso es preciso acostumbrarse a convivir con ella… [...]
Joaquín Leguina: “Mangoneo y corrupción”. EL PAÍS, España, 5/11/2009.
