Lo que se está cometiendo con Honduras es un abuso tan alarmante como deprimente. Un abuso en el que se mancomunan viejos dictadores como los Castro, liberticidas con delirios cesáreos como Hugo Chávez, capitostes corruptos como Daniel Ortega y los Kirchner, redomados demagogos como Lula, y una larga lista de gobernantes democráticos o aparentemente democráticos, entre los que figuran algunos latinoamericanos, los de la Unión Europea y el idolizado Obama. Todos –unos por ambición, otros por oportunismo, otros por cobardía y otros por burricie– pisotean como posesos la soberanía de la pequeña y pobre nación hondureña porque allí le han parado los cascos a un presidente desleal, un ambicioso cacique que, usando la Constitución como papel sanitario, quería eternizarse en el poder y convertir su país en una colonia de la metrópoli chavista.
Desde que Zelaya fue constitucionalmente depuesto, hemos asistido a una feria de hipocresía, abyección y estupidez que ha tenido escenarios internacionales tan desprestigiados como la ONU y la OEA, a lo que debe añadirse el mal oficio de una prensa democrática que no cesa de llamar, irresponsablemente, “golpe de estado” a lo que es todo lo contrario: una acción legal para detener un golpe de estado. Cada vez que se califica de golpe de estado la destitución de Zelaya, se colabora con los planes antihondureños de los peores enemigos de la democracia en el continente americano.

Zelaya con Fidel y Raúl Castro durante su peregrinación a Cuba.
En un descarado acto de injerencia, Zelaya se ha introducido subrepticiamente en Honduras con la cooperación del Gobierno brasileño, cuya embajada en Tegucigalpa sirve de base de operaciones al gobernante destituido y reclamado por los tribunales por múltiples delitos –una jugada temeraria, y contraria al derecho internacional, en detrimento de la soberanía y la estabilidad del Estado hondureño que Lula no se habría atrevido a hacerle a una nación poderosa–. Encima, Santo Inácio de Brasilia responsabiliza al Gobierno de Micheletti por lo que le pueda pasar a su protegido Zelaya, cuando el primer responsable será él por jalearlo e instalarlo en su embajada. Por otro parte, la señora Clinton y el abacial Óscar Arias dicen que el regreso de Zelaya a Honduras es un buen paso para encontrar una solución pacífica al conflicto existente en ese país, y lo dicen cuando los hechos demuestran lo contrario. La única vía para solucionar ese conflicto son las elecciones presidenciales de noviembre, en las que está empeñado el Gobierno interino. Elecciones que la turbulencia creada por la presencia de Zelaya en el país puede interrumpir –es lo que buscan el del sombrero y sus secuaces– y que ninguno de los Gobiernos que acorralan e intentan humillar a Honduras, empezando por el que representa la señora Clinton, piensan reconocer. Ya están enronquecidos de decirlo.
Mal hicieron los militares que, por su cuenta e ilegalmente, exiliaron a Zelaya, y que deberían ser juzgados por ello. El destino de este politicastro marrullero, ansioso de mando y un pedestal junto a los próceres del castrochavismo, no era el destierro, sino el banquillo de los acusados. Si se le hubiese dado tal destino, ahora no estaría en la legación brasileña proponiendo diálogo y procurando muertos, sino en la cárcel.
Honduras está resistiendo en defensa de su soberanía, de su dignidad nacional y de su democracia. Si continúa resistiendo obtendrá tres trofeos: el del sacrificio, el de la victoria y el de la gratitud de los latinoamericanos. Lo que está haciendo la llamada comunidad internacional es injerirse en los asuntos internos de un país para imponerle un mandatario prevaricador cuya destitución, ordenada legalmente por el Congreso Nacional (constituido de forma democrática), está aceptada por todas las instituciones del Estado y respaldada por la inmensa mayoría de la población.
Es de suponer que contra Honduras se ha fraguado un complot internacional con el fin de provocar disturbios trágicos en el país que sirvan de pretexto para atacarlo desde el exterior bajo el manto de la ONU y la OEA y la probable “neutralidad” de la administración Obama. Lula acaba de dar lo que podría ser el segundo paso de dicho complot después de depositar a Zelaya en Tegucigalpa: ha pedido una reunión especial del Consejo de Seguridad de Naciones Unidas para tratar la “crisis de Honduras”.

Banegas. LA PRENSA. Honduras.
