SUJETO
EL MUNDO DE MANUEL DÍAZ MARTÍNEZ
Olga Connor
Especial/El Nuevo Herald (7.XII.2008)
Se le ve invariablemente con el cigarrillo en la mano tan pronto sale al aire libre. Tiene la expresión dulce, pero seria, de un hombre que ha visto y sufrido mucho. Cuando se le conoce un poco a Manuel Díaz Martínez se siente como un remanso al oírle hablar. Es sencillo, pero además un gran pícaro en el trato humano con los amigos. Ese es el aspecto que más lo cubaniza, el sentido del choteo que para nada se encuentra en sus escritos. Pero sí hay en ellos un cierto humor muy fino, como en este final de un ensayo suyo que aparece en su recién publicado libro Oficio de opinar (Aduana Vieja): “Una periodista brasileña me preguntó recientemente qué era, en mi opinión, Fidel Castro: ¿un estadista, un líder, un dictador? Le respondí sin ironía: el mejor actor del siglo XX”.
Díaz Martínez se ocupó de Dulce María Loynaz, de quien fue muy amigo, cuando ella se quedaba sola, y defendió como jurado el libro Fuera del juego, de Heberto Padilla, a costa de su propia piel, pues no le publicaron nada en Cuba por 17 años, del 71 al 88. Su poesía, que aparece en la recién publicada antología personal Un caracol en su camino (Aduana Vieja) comunica su mundo. Y el primer libro en la antología, El país de Ofelia, muestra su pasión por la que fue su esposa, y madre de sus dos hijas, de la que es viudo hace 12 años. En la actualidad es codirector, junto con Antonio José Ponte, de la revista trimestral Encuentro de la Cultura Cubana, que se edita en Madrid y de cuya tirada se reparten 2,000 ejemplares en Cuba gratuitamente. Vive en Las Palmas de Gran Canaria, donde además colabora con algunos programas de la Universidad de Las Palmas, mientras sigue escribiendo incansablemente.
¿Por qué se quedó en Canarias? ”Cuando salí al exilio, fui primero a Cádiz a dar un seminario de poesía en la universidad, y estando allí me invitaron en la Universidad de Las Palmas en Canarias, donde ya vivía mi hija menor, Claudia”, cuenta el poeta.
Esto era a fines de 1992, y Díaz Martínez sabía que se iba definitivamente. Se fueron muchos: a México algunos, otros a Alemania, como Jesús Díaz, fundador de la revista Encuentro. Fue un rompimiento colectivo. ”El detonador, lo que impulsó todo, fue el juicio a los militares, a Ochoa, a partir de ahí, muchos tomamos la decisión de abandonar el país, porque aquello fue muy siniestro”, explica el poeta. “Como que marcó la imposibilidad de por lo menos una transformación inmediata, era un elemento más que se sumaba a un disgusto acumulado”.
En Canarias aprendió a escribir en computadora, donde hace las tareas de la revista Encuentro y también donde se ha acostumbrado a escribir su poesía. ”He perdido el hábito de escribir a mano, excepto la firma”, confiesa. Empezó a poetizar cuando tendría unos 16 años, imitando las rimas de Bécquer, el primer poeta importante que leyó, y enviando poemas a las muchachas, porque era tímido. “El golpe de estado de Batista me sorprendió como estudiante, y no terminé el bachillerato, porque me metí a hacer actos públicos junto a la gente del Partido Socialista Popular, PSP. Nos echaron del Instituto y empecé a escribir en los periódicos”.
En 1959 contribuyó con el periódico Hoy, junto a Honorio Muñoz. Pronto dirigía la plana cultural y luego el suplemento cultural del domingo. Pero lo enviaron a Bulgaria como agregado cultural, donde sólo sirvió por un año, con el embajador Salvador García Agüero, uno de los dirigentes del PSP, que le ayudó a regresar. Estaba en la Unión de Escritores (UNEAC), de la que era presidente Nicolás Guillén, dirigiendo la revista La Gaceta de Cuba, cuando ocurrió el caso Padilla, por lo que lo dejaron arrinconado como redactor anónimo. Los jurados cubanos eran José Zacarías Tallet, José Lezama Lima, y él. ”El voto fue unánime”, dice. “Todo lo cuento en un libro de memorias que está agotado, Sólo un leve rasguño en la solapa”.
”Allí empezaron mis problemas, como 17 años sin poder publicar, podía publicarse un texto mío, pero sin mi nombre, hasta que un día me llamaron y me dijeron que ya estaba rehabilitado. Yo tengo todos esos papeles en mi archivo”, afirma. Así y todo, Díaz Martínez sigue pensando que algunas cosas del marxismo, como la crítica a la explotación de la mano de obra, son aceptables y que el liberalismo no atiende lo suficientemente a la responsabilidad del estado hacia los más desposeídos. ”Por eso me inclino a la social democracia sociológica”, dice, ”no a la política”. Pero su poesía es una indagación desde el ser humano, lo que no es nada marxista.
”Es una indagación a mí mismo, tomándome como ejemplo del resto de los mortales”, aclara. ”No soy nada excepcional, yo soy un montón de preguntas que camina por la calle. En mi poesía se refleja esa dubitación constante”. A pesar de que escribe sonetos maravillosos, lo que demuestra que nació poeta, escribe verso libre y narrativo. ”Podrían haber sido prosa”, acota, “lo que pasa es que tienen un cierto trabajo de cadencias, que en la prosa a lo mejor se diluía, y yo, marcándolo en la forma versal, como el músico que cambia con una nota o un signo, utilizo el verso”.
El tema del amor, erótico y sensual, es capital en los primeros poemas. Pero luego pasó a lo que él llama poemas racionales. ”Cuando me lo propongo, son muy irónicos todos, son irónicos, porque son racionales”. Contrario a lo que propone la poesía marxista, Díaz Martínez defiende la forma. “La forma es lo que vale sobre todas las cosas, los poemas son hechos de palabras; aunque la idea sea maravillosa, la poesía es la palabra, como bien decía Mallamé, la palabra como un complejo de recursos expresivos”.
”El mensaje dentro de la poesía es a veces tan difuso, por parte incluso de quien lo proyecta, que el lector del poema tiene que completarlo con su propia experiencia; hay poemas que son muy abiertos, otros son cerrados y otros son herméticos, si la palabra no fuera lo esencial, los poemas herméticos no tendrían sentido”, declara, “existe un misterio, el misterio de la comunicación, no de lo ocasional, sino del valor subyacente, subliminal, esos ‘enigmas de cristal’ que los grandes lectores de poesía son capaces de captar, convirtiéndose en coautores y añadiéndoles su propia experiencia”.
