Archivado en: Poemas

Monumento a Bécquer. Parque de María Luisa. Sevilla.
PARQUE DE MARÍA LUISA
Un ángel blanco custodia
la soledad del Poeta.
Las muchachas lectoras,
de mármol reposado,
leen un libro discretamente muertas.
Junto a ellas, un ángel negro
y derribado se despierta.
Y el día,
disperso en la arboleda,
como un paseante más
nos observa
y olvida.
UNA AMIGA DE OJOS TRISTES
Todos tenemos una amiga
de ojos tristes.
La mía
es una esfinge cuyos ojos
despiertan no sé qué cantidad
de olvidos.
Suelo obsequiarla con miércoles
o jueves
recién cortados
y con breves paseos
por mi historia personal.
Ella responde a mis obsequios
con sonrisas generosas
mientras sus ojos atardecen
en los míos.
TERRAZA SOBRE LA PLAYA
Los invito a un crepúsculo
en mi casa: compartan
con mi angustia la agonía
de un día que naufraga.
Puedo asegurarlo:
no hay atardecer que pase
sin dejar su ceniza en mi terraza.
Luego sentirán cómo respira
el mar en la negrura: de noche
su jadeo sube a tientas
de la playa.
Si hay calima,
mi cigarrillo es Venus
de fumada en fumada.
DESPEDIDA
Tristeza, despídeme de la nostalgia:
me voy a la vida que me espera
en el resto de pasión que habito.
(De ti bien sé que no puedo despedirme.
Verás que ni lo intento.)
Dile que le agradezco los atardeceres
y perfumes que almacenó en mi pecho.
Dile, con cuidado, que ya no la necesito.
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EL PAVONATO
El 5 de enero, Cubavisión dedicó un programa a homenajear a Luis Pavón Tamayo, quien fue, hace tres décadas, presidente del Consejo Nacional de Cultura (CNC) durante un período que ha quedado inscrito en la historia de la cultura cubana con los nombres de el pavonato o el quinquenio gris. Semanas antes, el mismo u otro canal del Instituto Cubano de Radio y Televisión (ICRT) había dedicado programas parecidos a Jorge Serguera, que en el pavonato fue alcaide más que director de este Instituto, y a otro comisario político, Armando Quesada, que en aquel tiempo se constituyó en azote de la gente de teatro y cuyas numerosas víctimas llamaban Torquesada.
La sorpresiva presencia en la televisión estatal, en plan rescate, de estos arrumbados y descoloridos personeros de una de las etapas más virulentas del estalinismo cubano ha puesto en pie de guerra a un grupo de escritores de la isla, los cuales han inundado los correos electrónicos con mensajes en que se mezclan la indignación y el miedo. No hay duda de que les sobran razones para estar intranquilos porque el teniente Pavón y el comandante Serguera han sido exhumados, sospechosamente, ahora, cuando el general Raúl Castro, a cuya vera estuvieron y quizás sigan estando, es el hombre fuerte del país.
Pavón, que cultiva el periodismo y el verso con parejo infortunio y a quien se atribuye la autoría de una lamentable serie de diatribas contra escritores cubanos (Padilla, Piñera, Cabrera Infante, Arrufat, Llopis) firmadas con el pseudónimo de Leopoldo Ávila y publicadas en la revista Verde Olivo, de las Fuerzas Armadas Revolucionarias, pasó de dirigir esta revista a presidir el CNC en 1971. Detrás de tal ascenso estuvo Raúl Castro, el dirigente que en aquel momento empuñaba con mano férrea, desde las penumbras del segundo plano donde habitualmente se ha movido, las riendas de la política cultural, o más bien de la represión dentro de la política cultural. El general utilizaba el despacho de Pavón en Verde Olivo para reunirse con quienes lo asistían en la tarea de espiar “la ciudad letrada”, que en todos los tiempos ha sido fuente de zozobra para los poderes liberticidas.
El buen soldado Pavón inaugura su mando en el CNC el mismo año del arresto y la autocrítica del poeta Heberto Padilla —sucesos que estropean el romance de la revolución cubana con los intelectuales de la “nueva izquierda” de los 60 y los 70 (Cortázar, los Goytisolo, Carlos Fuentes y un largo etcétera), a quienes Fidel Castro termina llamando “ratas”— y del Primer Congreso de Educación y Cultura, un escenario construido por el Comandante para decretar entre aplausos la sovietización de la cultura cubana. En el agresivo discurso con que cierra el Congreso, Fidel Castro pone en claro lo que en 1961 había dejado a media luz en sus Palabras a los intelectuales: que nuestra cultura no podía ser otra cosa que “un arma de la revolución”, “un producto de la moral combativa de nuestro pueblo” y “un instrumento contra la penetración del enemigo”. La tarea encomendada a Pavón fue la de ejecutar la política derivada de estos lineamientos, a tenor de los cuales la independencia de criterio y el derecho a disentir pasaron a considerarse inaceptables herencias del individualismo burgués. El pavonato, pues, resultó del designio, emanado de la cúpula del poder castrista, de incluir la cultura en la militarización general del país, destinada a blindar el Estado totalitario.
Lo que distingue al pavonato en el curso de la revolución es que en él se combinaron con coherencia de estrategia y se emplearon con rigor de campaña militar, en el área de la cultura, los resortes opresivos del régimen estalinista: autoritarismo, dogmatismo, censura y represión. Las principales víctimas de ello fueron la libertad de pensamiento, la autonomía del arte y, por consiguiente, el placer de crear, que se transformó en miedo a pecar.
En el pavonato, que puede parangonarse con una purga religiosa o cacería de herejes, fueron muchos los escritores a los que se les prohibió el acceso a las publicaciones periódicas y las editoriales. Algunos estuvimos silenciados más de quince años, lo cual evidencia que el pavonato fue más que un quinquenio gris. En medio de aquel desvarío, al mismo tiempo que se impedía publicar a José Lezama Lima o a Virgilio Piñera, se encumbraban patéticas mediocridades, escribidores hoy justamente olvidados y entonces tenidos por modélicos política e intelectualmente. Los escritores exiliados poblaban la lista negra del régimen. Gastón Baquero, Cabrera Infante, Labrador Ruiz, Lydia Cabrera y Severo Sarduy eran lecturas clandestinas. Vale recordar que en el pavonato se cerró la revista Pensamiento crítico, los Beatles fueron incluidos en un índice de intérpretes prohibidos y la Universidad fue declarada “sólo para los revolucionarios” al tiempo que sus aulas se cerraban para numerosos alumnos y profesores. Por otra parte, no fueron pocos los escritores obligados a realizar tareas manuales en imprentas, bibliotecas públicas y otros centros de trabajo, convertidos para ellos en una versión del gulag.
Lo más rancio del pavonato fue el celo puritano con que persiguió el homosexualismo y otras “conductas impropias” y “colonizadas” en el mundo del teatro, la radio y la televisión. Para erradicar los elementos indeseables que incumplían los “parámetros morales” de la revolución, el CNC organizó un proceso de criba de actores que se conoció como “la parametración”. Este proceso inquisitorial, que privó ilegalmente de empleo y sueldo a numerosos actores —cuya influencia perniciosa sobre el público el CNC debía eliminar—, fue dirigido por Armando Quesada, brazo secular de Pavón. Se sabe que las comisiones depuradoras actuaban a puertas cerradas, y a la víctima, sola ante ellas, después de ser sentenciada la invitaban a manifestarse ante una grabadora.
Pavón fue depuesto cuando el régimen entendió que era menos conflictivo y más rentable dar a los intelectuales menos palos y más zanahorias. Una sentencia del Tribunal Supremo que obligó al CNC a reponer en sus puestos y pagarles los sueldos acumulados a los “parametrados” terminó, en 1976, con la era Pavón. Pero no con el pavonato, que es el régimen mismo.
(El País, Madrid, 26 de enero, 2007.)
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El Caso CEA es uno de los conflictos que jalonan las difíciles relaciones que, en los cincuenta años de existencia de la dictadura castrista, han sostenido los intelectuales con el poder en Cuba. No obstante su importancia política y haber ocasionado una muerte, en su momento no recibió la atención debida por parte de la prensa y hoy está semiolvidado. Como estamos en época de recuentos y balances, reproduzco ahora el artículo que escribí sobre este asunto y que fue publicado en agosto de 1998 en La Provincia, de Las Palmas de Gran Canaria, y El Nuevo Herald, de Miami.
LOS INTELECTUALES Y EL PODER EN CUBA
Todo Estado totalitario encuentra servidores entre la intelectualidad. Pero también encuentra intelectuales que por honestidad y rigor terminan chocando con él.
El libro El caso CEA. Intelectuales e inquisidores en Cuba. ¿Perestroika en la isla?, de Maurizio Giuliano (Ediciones Universal, Miami, 1998) motiva la siguiente reflexión: Un régimen totalitario te vigilará todo el tiempo y, si tienes un interés especial para él, te cuidará como a un caballo de carrera, y si en algún momento lo desobedeces o él supone que lo vas a hacer y no te pulveriza, tienes derecho a creer en los milagros.
El Caso CEA es el más reciente episodio de la larga historia de agresiones a la libertad de opinión cometidas por Fidel Castro. El último conflicto entre intelectuales y gerifaltes del Partido estalló en 1995 y culminó en marzo de 1996 con un endurecimiento de la política cultural del régimen.
A escala pública, al menos en el exterior, el Caso CEA apenas se conoce. Ha levantado menos polvo que el Caso Padilla y que el protagonizado en 1991 por la poeta María Elena Cruz Varela y el resto de los firmantes de la Carta de los Diez. Sin embargo, políticamente ofrece un interés mayor puesto que todos los implicados son miembros del Partido, lo que desvela la existencia de fisuras y contradicciones en el aparato ideológico de la “revolución”.
El Centro de Estudios sobre América (CEA), fundado en la década de los 60, es una institución científica, consultiva, al servicio del comité central del Partido. Durante un tiempo lo disfrazaron de organización no gubernamental (ONG) para facilitar sus relaciones con instituciones de países democráticos. Según Giuliano, el CEA tuvo en sus comienzos dos misiones: “Propagar las posiciones de Cuba acerca de diferentes temas internacionales” y “prestarles consejo a los líderes sobre diferentes asuntos de política exterior”.
Preocupados por la prolongada crisis que sufre el país -un pretenso “período especial” que va siendo ordinario- y la insuficiencia de las reformas, y en respuesta a solicitudes de asesoramiento a organismos básicos del Estado hechas por altos funcionarios, desde 1995 los especialistas del CEA centraron su atención en Cuba. Asumiendo la responsabilidad de pensar con rigor en los problemas nacionales -lo que en la Cuba castrista resulta harto peligroso-, estos profesionales que se proclaman revolucionarios, de competencia reconocida dentro de la isla y fuera de ella, elaboraron una serie de estudios y expusieron sus ideas en revistas nacionales y extranjeras, así como en seminarios dedicados a la elite gubernamental. Fieles a la objetividad científica, como corolario de sus tesis emitieron recomendaciones y consejos fundamentados.
Pensar con cabeza propia y desideologizar el razonamiento es, para Fidel Castro, una aberración chulesca que no se debe tolerar. Para la paranoia castrista, si eso lo hace un intelectual, puede que sea, cuando menos, una indisciplina liberaloide o una debilidad política por arrogancia; si lo hacen varios a la vez, es una conspiración. Y como a conspiradores trató el Partido a los científicos del CEA -gente supuestamente de su confianza- porque sus tesis y recomendaciones no coincidían con las oficiales
Acusados de diseñar una política alternativa a la de la revolución, el Partido les abrió uno de esos procesos políticos que en realidad son policiacos. La comisión de burócratas-policías que el Partido nombró al efecto pretendía que se autocondenaran por aceptar las manipulaciones del enemigo. Los investigadores del CEA recibieron un golpe tan inesperado y feroz que le provocó un infarto mortal a uno de ellos (Hugo Azcuy, secretario del núcleo del Partido en el Centro).
En el informe que leyó ante el V Pleno del Comité Central del Partido el 23 de marzo del 96, publicado luego en Granma, Raúl Castro lanzó contra ellos acusaciones terribles que, como es habitual, buscaban desatar ondas intimidatorias. El segundo Castro los definió como “agentes del imperialismo” y “quintacolumnistas” (si la CIA tuviese que pagar a todos los agentes que el gobierno cubano le mete en plantilla se arruinaría), y llegó a acusarlos de “abandono de principios clasistas con la tentación de viajar” y de “editar al gusto de quienes pueden financiarlos”. El abominable pecado de los investigadores consistió en no escribir sus artículos y libros al gusto de los Castro.
La Cuba castrista se caracteriza, entre otras cosas lamentables, por ser un país de castigos, y el aparato político de la dictadura no podía dejar de aplicar sanciones a los “liberales” del CEA, bien benignas, por cierto, en comparación con las impuestas a otros: el director fue sustituido por un plúmbeo pero fiable funcionario del Partido, y los investigadores fueron disperados por diversos organismos como hojarasca al viento. Además, y he aquí el punto más significativo de las sanciones, les prohibieron ocuparse de Cuba.
Dos motivos justifican la inquietud que estos hombres provocan a la dictadura: primero, defendieron con firmeza su derecho a tener ideas propias y exponerlas; y segundo, por la índole de su trabajo manejan un volumen de datos que los coloca en posición privilegiada en cuanto al conocimiento de la realidad cubana.
El poder totalitario, como pasa casi siempre en su fatal enfrentamiento con los intelectuales, en esta batalla ha ganado el primer asalto, pero está condenado a perder la guerra. Así me hace pensar esta sencilla pero contundente sentencia del economista Alfredo González: “Nunca se podrá renunciar a opinar sobre la realidad que uno vive”.
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“Cuando Ofelia Gronlier aparece,
un ángel se despierta.”
José Lezama Lima
Era mi primera salida de Cuba y quería despedirme del maestro. Aquella mañana habanera de diciembre de 1959 lo encontré en su mezquino despacho de funcionario menor del Instituto Nacional de Cultura, en el Palacio de Bellas Artes. Lezama me recibió con su habitual cordialidad, chispeante y fina. De pie junto a él, en el instante en que llegué, estaba una muchacha que yo nunca había visto. Lezama me la presentó como su nueva secretaria.
Me fui a Europa y al año volví a aquel despacho de Bellas Artes. Allí, detrás de un minúsculo escritorio, estaba la muchacha, que se acercó a la mesa de Lezama para escuchar mis relatos de viajero. Los que más le gustaron fueron los que tenían que ver con París. La atraían Francia y sus pintores y escritores y me dijo que estaba pensando perfeccionar su francés en una escuela de idiomas. “Si quiere la acompaño cuando vaya a matricularse y así me matriculo con usted, porque yo también quiero estudiar el francés como se debe”, le dije. Aceptó, y aquella tarde nos vimos en la oficina de la Berlitz. Al salir de la academia, ya de noche, la invité a un martini en el bar Carabalí y luego a cenar en el Ember’s Club, que era una trattoria de moda en aquella Habana que ya empezaba a dar las primeras boqueadas bajo le nouveau régime.
Seis meses después, Ofelia y yo nos casamos en el apartamento que el poeta Roberto Branly ocupaba en la tercera planta de un edificio de El Vedado. Lezama quiso ser padrino de la boda y nos regaló un plato chino de porcelana obsesivamente decorado con mariposas. Su obesidad y su asma le impidieron subir las escaleras que conducían al piso de Branly, de ahí que sea el gran ausente en las fotos del brindis.

Brindis de la boda. De izquierda a derecha, Roberto Branly, yo, Ofelia y mi cuñada Alicia Gronlier. 1961.
Desde el momento en que, en mayo de 1991, al suscribir yo la Declaración de Intelectuales Cubanos (la Carta de los Diez), rompí abiertamente con el régimen castrista, mi situación en Cuba se hizo insostenible. Como he contado en otra parte, Ofelia y yo abandonamos la isla en febrero del 92 y nos trasladamos a España.
En Cádiz, donde permanecimos diez meses, Ofelia relató una tarde a unos amigos españoles sus recuerdos de Lezama. Fue entonces cuando el poeta gaditano Jesús Fernández Palacios, en aquel momento director de la revista Cádiz e Iberoamérica, le propuso que resumiera esos recuerdos en un texto no mayor de ocho folios que él publicaría en su revista. Ella, que no se sentía escritora y que nunca había hecho nada semejante, al principio rechazó horrorizada la proposición de Jesús, pero finalmente la asumió como un reto y se puso a trabajar.
Vivíamos frente a la Plaza de la Constitución, al lado de la iglesia de San Antonio, en una torre-mirador del siglo XVIII, una de las ciento y tantas que aún quedan dispersas por las azoteas de Cádiz. Su propietario, el médico Javier Galiana, nos la había prestado en vista de nuestra falta de recursos para alquilar un piso. En aquella suerte de palomar bajo el cielo añil de Andalucía comenzó Ofelia a redactar sus recuerdos de Lezama, y terminó días después en el piso del poeta José Ramón Ripoll, que fue la última estación de nuestro periplo gaditano.
Los ocho folios pedidos por Fernández Palacios se convirtieron en veintisiete en las manos de Ofelia, que no eran precisamente “las oscuras manos del olvido”; pero nuestro amigo se entusiasmó con el texto y como pudo le abrió espacio en su revista. Posteriormente, el trabajo fue reproducido en Estados Unidos por Belkis Cuza Malé en Linden Lane Magazine. También apareció en el suplemento cultural del periódico grancanario La Provincia y, póstumamente, en la revista dominical del periódico puertorriqueño El Nuevo Día.
En “Lezama en mi memoria”, la dibujante que era Ofelia, con trazos breves y asistida por la nitidez de sus recuerdos, consigue darnos una imagen viva del hombre que ella conoció y de las circunstancias en que lo trató. El éxito que desde el primer momento tuvieron estas páginas se debe a que en ellas se ilumina el rostro humano de un raro de nuestros días transformado en tótem literario por el fetichismo de admiradores y editores.
Concluido el seminario sobre poesía cubana que dirigí en la Universidad de Cádiz por espacio de tres meses, Ofelia y yo comenzamos a vivir de los escasos dineros que proporcionaban mis colaboraciones en periódicos españoles, sobre todo en el Diario de Cádiz, y los recitales y conferencias que, gracias a la gestión de amigos diligentes y bien relacionados, daba yo en Cádiz-capital y otros municipios de la provincia. Durante meses ejercí la más azarosa juglaría deambulando por los deslumbrantes pueblos de la sierra gaditana -Arcos de la Frontera, Grazalema, Benamahoma, Ubrique, Vejer de la Frontera, Medina Sidonia, Casas Viejas, San Roque…
Un día, cerradas para mí por cierta camarilla profesoral las puertas de la Universidad de Cádiz, cuando ya en esta ciudad ante nosotros sólo se abría la incertidumbre, me llegó una esperanzadora invitación de la Universidad de Las Palmas de Gran Canaria. [...]
Entre los amigos que nos esperaban en Las Palmas estaba Diego Talavera, director del periódico La Provincia, quien en sus frecuentes viajes a La Habana nunca dejó de visitar nuestra casa. Diego me abrió de inmediato las páginas de La Provincia. Y también las abrió para Ofelia, que publicó en ellas el primer artículo que escribió en su vida, “Imágenes imborrables”, en el que comenta la tragedia de los balseros cubanos durante la estampida de 1994. Con las decenas de trabajos que alcanzó a publicar durante el año y medio que estuvo colaborando en La Provincia atrajo la atención de los lectores. El éxito mayor lo obtuvo con “Lezama en mi memoria”, que el periódico publicó en tres entregas de su suplemento cultural (y que puede leerse en este blog).
Ofelia muere, sorpresivamente, en la Navidad de 1995, en Las Palmas de Gran Canaria. Nuestras hijas y yo, que conocíamos su devoción por Italia, viajamos a Venecia un año después y depositamos la urna con sus cenizas en el Canal Grande, frente a la iglesia de La Salute.
Mucho tardó en decidirse a escribir. “Lo mío es la pintura”, decía siempre. Sus Memorias de El Vedado quedaron truncas en los capítulos iniciales y como náufragas en un mar de anotaciones. Dos de esos capítulos aparecieron en Espejo de Paciencia, la revista de la Universidad de Las Palmas que fundé en 1995 y cuyo primer número me ayudó a hacer.

Ofelia fotografiada por mí en el Parque de María Luisa. Sevilla, 1992.
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Teódulo López Meléndez, Caracas
No se trata de bufones, personajes proclives a la burla sardónica. Se trata de payasos, y no de aquellos que se dedican a hacer reír a los niños y a algunos adultos, los que merecen todo el respeto. El primer payaso que recuerde se llamaba Tersites y aparece brevemente en el segundo canto de La Ilíada. Era un payaso serio. Los payasos son generalmente vistos con vestimentas extravagantes, maquillaje excesivo y pelucas llamativas. Ahora los payasos de este circo venezolano llevan identificaciones como titulares de los poderes públicos y de seriedad no tienen ni asomo.
No sé si los payasos se originan en los bufones. Bufón viene del italiano “buffo” (risible, cómico). Los bufones de las cortes medievales eran casi siempre enanos. Su oficio consistía en hacer reír a los poderosos a cambio de comida y casa. Cuando soltaban alguna impertinencia recibían sus golpes y castigos, porque a pesar de la comida eran irreverentes. Podemos, en buena medida, verlos en los cuadros de Velázquez compartiendo con los Infantes e Infantas de la familia real.
No, estos de ahora no merecen ser llamados bufones, a no ser algunos que se aguantan sus buenas raciones de golpetazos a cambio de seguir comiendo. Estos son payasos nada serios, algunos disfrazados de profesores universitarios e invocando cátedra mientras pronuncian desvaríos, otros jornaleros parlamentarios de profunda incivilidad que no ocultan su rustiquez al hablar mal y enseñar la lengua gastada de tanto lamer al amo.
Quizás, y aproximadamente, esto sea un carnaval donde todo es permitido como en la Saturnalia o en las celebraciones dionisíacas griegas y romanas llamadas Bacanales. Todo está permitido contra el erario público, contra la dignidad ciudadana y contra la ética. Nada dentro de la Constitución, todo fuera de ella. Se trata de agradar al amo. Los disfraces implican la sustitución de las “camisas pardas” y de las “camisas negras” por “camisas rojas”, pero al igual golpean, son auténticos grupos paramilitares para hacer el trabajo sucio de la intimidación. Al igual que aquellas, son asalariados del Estado para ejercitar los puños que los órganos represivos oficiales deben ejercitar con mayor cautela, mientras haya visos de legalidad y de democracia.

Ilustración de Fernando Vicente para la portada del Nº 86 de la revista LETRAS LIBRES.
El 28 de diciembre es Día de los Santos Inocentes por decisión soberana de Herodes Agripa II, nieto del rey Herodes, para conmemorar la matanza ordenada por su abuelo. En algún lugar de España se celebra en esta fecha la Fiesta de los Locos, una que data de principios del siglo XVII y que bien puede explicar que el 28 de diciembre se haya convertido en un día propicio para las burlas y los engaños. Consiste, esta fiesta quiero decir, en que algunos disfrazados de locos, vestidos con ropas estrafalarias y con maquillajes llamativos, tal como unos payasos, tendrán el poder durante unas horas. Aquí hemos modificado algunos aspectos y los orates quieren el poder para siempre. Quizás todo se asocie en la idea de ponernos a votar en carnaval. Lo cierto es que este territorio en que habitamos ha dejado de ser una república para convertirse en un erial de desfachatez y de incordia. Los valores fueron demolidos, la sensatez echada a la basura, los principios triturados, la decencia disuelta, la moral y la ética escupidas y la locura hecha gobierno.
No queda república. Somos sólo un territorio apenas delimitado en lo geográfico. Jurídicamente seguimos siendo un Estado, pero jurídicamente no somos nada. La ley proviene del sueño nocturno más parecido a pesadillas. El pacto social que nos identificaba como venezolanos ha sido roto y ahora el absoluto irrespeto y la agresión moral y física contra el “enemigo” que debe ser aplastado es la norma, como en el siglo XIX, donde no había ciudadanos sino montoneras peleándose el poder con la esperanza de que del enemigo no quedara ni recuerdo.
II
Esto es una bacanal, no un país. Es absolutamente irracional lo que protagonizan, su capacidad de adulación ha llegado a lo rastrero y no se les puede llamar serpientes –animal preferido de Nietzsche, por aquello de que era lo más cercano a la tierra– pues sería ofensa al filósofo alemán y a las serpientes mismas, de tal modo que habría que buscar otros sustantivo, otra expresión que ya nos resulta imposible de localizar. Tal vez sea parásito, tal vez gorrón, tal vez prueba fehaciente de la disolución en la abyección y en el escarnio.
La república carece de todo, ya no es una república. La han disuelto estas caricaturas, estos payasos que roban y destruyen, que asaltan e irrespetan los más elementales principios de la civilidad. Somos un montón de gente al garete, sujetos a la voluntad de un amo, un remedo de nación –como Zimbabwe– aquejada del cólera de los payasos que cobran por agredir y que cobran por adular aprobando todo lo que el amo mande y que cobran por arrastrarse aplaudiendo como locos cuando el amo expropia una avanzada construcción, como el centro comercial de La Candelaria, en ejercicio de un populismo grotesco que proclama altisonante que ese edificio será bueno para un hospital o para una universidad. Eso es el populismo que enferma, el que invoca razones que suenan bien, matando toda iniciativa y cancelando a su capricho miles de puestos de trabajo.
Vivimos en el desvarío. No hay posibilidad de desear un feliz año. Estos payasos son el brote perplejo de unos genes subyacentes que creen que el Estado es un botín a disfrutar. Son la victima propicia de un populismo engañador y cruel que nos conduce a ser una republiqueta sembrada de miseria. Estos payasos son escoria escapada de nuestro pasado de montoneras, defecación de la historia que se venga. Si el amo dice que el referéndum debe ser el 15 de febrero se inclinarán serviles y correrán a complacerle. Los payasos llevan el rostro pintarrajeado y sobre el traje colorado la pequeña placa que los identifica conforme a la institución devaluada que conserva apenas el nombre, como esta república apenas conserva el suyo como un apelativo aherrumbrado.
III
No habrá feliz año. Este erial entra ahora en la factibilidad de la tiranía sin sombrillas, sin maquillaje, sin disfraz de payasos. Los payasos se convertirán en comisarios políticos entregados a la represión abierta si los venezolanos no reaccionamos. El 2009 no será un año feliz. Ya los economistas –y quienes no lo son– han dicho todo sobre lo que nos espera. La tranquila clase media no tendrá dólares para regocijarse en el exterior, la inflación será africana, la escasez será sahariana, los dátiles brillarán por su ausencia en este que fuera en cierta medida campo posible a la producción de alimentos y ahora un desierto sin oasis. Lo que viene no excluirá a los “alegres” asalariados de camisa roja. Se hundirán con el erial y aquí tendremos que pensar de nuevo en cómo hacemos para volver a merecer el calificativo de república.
No puedo pronosticarles “Feliz Año” a mis compatriotas porque si lo hiciese estaría engañándoles. Lo único que puedo preverles es “sangre, sudor y lágrimas”, en una batalla para recobrar la libertad, para derrotar al totalitarismo, para empujar una justicia social y una dignidad recobradas. El 2009 será uno de intento sostenido por la imposición totalitaria. La república deberá despertar, deberá erguirse, deberá recuperar los genes de los Padres Libertadores hoy lanzados a pudrirse en las células cancerosas que consumen a la patria.
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En un artículo publicado hoy en El País con el título de “Adiós a la mirada de un rebelde” y firmado por Marcos Ordóñez se afirma que fueron “los fascistas” quienes acusaron de “izquierdista trasnochado” a Harold Pinter “a partir de su comprometidísimo discurso de aceptación del Nobel”.
Qué alegremente se conceptúa de fascista a cualquiera. Vaciada de su acepción básica, la palabra “fascista” se ha reducido, en el vocabulario de la pendencia politiquera, a injuria con que se agrede a mansalva a los contrarios, sean de la ideología que sean. Aunque no utilicé la frase “izquierdista trasnochado”, vine a decir lo mismo de Pinter cuando, con motivo de su Nobel, comenté en un artículo sus deplorables incoherencias en materia de libertades y derechos humanos. En mi artículo, que puede consultarse en este blog y en mi libro Oficio de opinar, dije: “Veo a Pinter dentro de esa patética legión de náufragos de la utopía comunista que sobreviven cultivando un odio cerril a Estados Unidos y un compadreo repulsivo con liberticidas como Castro. Colaborador de la Cuba Solidarity Campaign, secta dedicada a convencer al mundo de que en Cuba hay democracia y de que si no hay más es por los norteamericanos, Pinter ha dicho: “Siempre he considerado que, en Cuba, el duro tratamiento que reciben las voces disidentes se debe al estado de sitio impuesto desde fuera”. Como se ve, reconoce que en la isla se reprime con dureza la libertad de expresión. Pero, ¿qué esperábamos?, no culpa a Castro: la culpa es del “estado de sitio impuesto desde fuera”. Del estado de sitio impuesto desde dentro no quiere saber nada el demediado humanista Harold Pinter”.
Lo que dije entonces lo reitero ahora porque es una verdad incontestable. Y las verdades no son patrimonio de los fascistas.
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Zaratustra: Murió Harold Pinter.
La Pisa-Bien: Era un escritor solidario, eso que llaman intelectual comprometido.
Don Latino: Sí, solidario con Castro y comprometido con Milosevic.
Max Estrella
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Una noche, irritado por la majadería de un pariente, me senté al escritorio y, mientras rumiaba mi disgusto, comencé a pulsar las teclas de la máquina de escribir. Sin saber por qué, en la hoja de papel que blanqueaba sobre el rodillo de la máquina escribí este verso: “Mi abuelo se sentó a la mesa con su muerto al lado”.
A partir de ahí sucedió lo que suele ocurrir cuando el primer verso que se escribe es el destinado a abrir el poema y no otro: de inmediato, arrastrado por el primero, surgió el segundo, y éste creó al tercero, y el tercero al cuarto, y así hasta que el poema, desplegándose como una reacción en cadena, llegó al que sin lugar a dudas debía cerrar el ciclo de su inesperada necesidad de existir. Cuando tuve ante los ojos el último verso, quedé convencido de que había inventado un texto absolutamente lúdico, y que lo había hecho movido sólo por la inconsciente y extraliteraria necesidad de bloquear un rapto de malhumor.
El poema salió literalmente “hecho”, no obstante su complejidad: es un poema que puede representarse como una escena teatral, pues tiene acción, diálogo y marco escenográfico. Lo titulé “La cena” y lo leí con inocente satisfacción una vez y otra. Veía en él un juego angélica o diabólicamente libre: no le hallaba yo un sentido mío -quiero decir un contenido vinculado a experiencias o convicciones mías-, ni un mensaje específico. Me sentía orgulloso de mi capacidad de creación porque estaba seguro de haber inventado de la nada, con la displicencia de un dios, un objeto “puro”.
El impensado poema fue para mí una especie de aleph que yo donaba a mis lectores para que vieran en él lo que quisiesen. Esto lo creí hasta que, leyéndolo por milésima vez, descubrí que el texto poseía un sentido cuyo origen estaba en una zona bien delimitada de mi memoria. Vi con claridad que el incordio doméstico que lo desató había actuado sobre mi psiquis como un revulsivo, sacando a flote un viejo trauma aparentemente olvidado, que en el poema se exteriorizó con el sarcasmo y el patetismo que correspondían a la índole grotesca y morbosa de su causa.
¿Y cuál fue su causa?
Cuando yo era niño, los padres y los hermanos de mi madre tenían el hábito de reunirse para celebrar las Navidades. En una ocasión eligieron mi casa para esperar el Año Nuevo. Mes tras mes soñé con aquella fiesta de abuelos, padres, tíos, primos. Por fin llegó la noche tan esperada por mí y, cuando estábamos frente a los platos de la cena, alguien evocó a una tía difunta que adoraba el mazapán. Evocación tan fúnebre dio lugar a que mi abuela rompiera a sollozar en memoria de una nieta que murió adolescente, cuyo plato predilecto era el fricasé. En resumidas cuentas, cada manjar que había en la mesa se convirtió en una elegía y la cena toda en un obituario gracias a la pertinaz necrofilia que hemos heredado, creo yo, de las naciones europeas mediterráneas. Así, lo que debió ser jolgorio y relajamiento fue llantina de mujeres y caras largas de hombres. Y se me hundió el mundo. Qué tristeza y qué frustración sentí aquella absurda noche que tanto daño me hizo.
En ocasiones he pensado que mi manera de interpretar este poema como una sátira provocada por el culto de mi familia a sus muertos no es sino una manera de interpretarlo; pero he llegado al convencimiento de que ésa es la interpretación exacta, la que se ajusta a la realidad de los hechos. Desde luego, nada impide que cada lector lo recree haciendo su propia lectura. La riqueza de un poema guarda relación con la cantidad de lecturas que éste admita. Un poema afortunado es un catalizador del espíritu. Arnold Hauser hablaría de provocación.
La experiencia que acabo de narrar me demostró algo que acepté siempre en teoría: ni la creación ni la interpretación de un poema son actos gratuitos, incausados. (Crear es dar lo que creíamos no poseer, llegó a decir Valéry.) Me demostró asimismo que, por su naturaleza ingobernable, la poesía no es una profesión, sino una fatalidad. En rigor, no hacemos ni leemos poesía, ella nos hace y nos lee. Escribirla es aplicar el artificio de que disponemos para que quede un testimonio más o menos fiel de los abisales momentos en que somos poseídos por la realidad de realidades –realidad estrictamente humana– que es la poesía. Leerla es encontrarse con el autor o con uno mismo. Y al “sentirla”, comprendemos que la poesía, al contrario de la filosofía, no necesita dar explicaciones.
El oficio del poeta se pone en marcha cuando el poema lanza las primeras señales de querer existir; pero es entonces cuando la poesía comienza a jugarse la vida entre el orden retórico y los infinitos azares que la aguardan en este mundo.
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El autor de este blog y su noble CanCiller (retratados desde París por Hanton) desean una feliz Navidad y un venturoso 2009 a sus lectores y amigos.
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Si luego de dar crédito a la tradición queremos ser consecuentes con la cronología, tenemos que admitir que el primer poema compuesto en Cuba no es, como se ha dicho y se repite, Espejo de Paciencia, del grancanario Silvestre de Balboa, sino el motete que en acción de gracia se cantó en 1604, en la iglesia de Bayamo, para dar la bienvenida al Obispo fray Juan de las Cabezas Altamirano, cuyo secuestro por el pirata francés Gilbert Giron y posterior rescate nos contó Balboa en el Espejo…, que data de 1608. Esto quiere decir que en Cuba la poesía no empezó con octavas reales, sino con décimas, pues en décimas está escrito el anónimo motete, atribuido a Balboa. Y, a partir de entonces, la décima, tanto en su variante popular como en su variante culta, sería, como apuntó José Lezama Lima, la composición más típica utilizada por troveros y poetas para acercarse a los temas cubanos.
La décima pronto alcanzaría prestigio en la isla: la historia de nuestra poesía nos la presenta como la estrofa preferida de los primeros poetas cultos posteriores a Balboa, enmarcados dentro de los límites del siglo XVIII.

José Lezama Lima
Siguiendo la cronología marcada por Lezama en su Antología de la poesía cubana, de éstos el primero que surge es Juan Miguel Castro Palomino, quien dejó un poema compuesto por dieciocho décimas descarnadas —que conocemos gracias al célebre impresor habanero José Severino Boloña—, con las que logra conmovernos al reflexionar sobre la tragedia de quedarse ciego y sordo, que fue la suya.
Contemporáneo de Castro Palomino es el sacerdote José Rodríguez Ucres, Ucarres o Uscarrel, con cuyo seudónimo de El Capacho firmó composiciones burlescas y jacarandosas en las que abundan los juegos verbales. Es autor de un poema picaresco —”versos de camino” lo llama— en cuarentiuna décimas de lenguaje suelto y rima ingeniosa en el que narra un viaje que hizo de La Habana a Veracruz y por “el reyno de México”. Con El Capacho salta el buen humor criollo a la décima, iniciándose así una tradición muy cubana.
La historia y lo heroico, que en el marco de nuestra poesía habían aparecido por primera vez en las décimas del motete de Bayamo, reaparecen más de un siglo después de la mano de la marquesa Jústiz de Santa Ana (nacida en 1733 y fallecida hacia 1807), quien firmó —y probablemente también redactó— un memorial dirigido a Carlos III, documento en el cual, junto a otras nobles habaneras, protesta por la incompetencia de las tropas españolas, que fueron incapaces de impedir la toma de la ciudad por los ingleses en 1762. La marquesa transcribe este documento en décimas vigorosas que, bajo el título de “Dolorosa métrica espreción del sitio, y entrega de La Havana, dirigida a N. C. Monarca el señor Don Carlos Tercero, qe. Gue.”, describen y exaltan la resistencia que el “paysanage” habanero hizo al invasor, y reprochan, con sarcasmo criollo, a la armada real los “muchos consejos de Guerra, / faltando Guerra, y Consejo”. Y concluye la fervorosa marquesa con esta arenga al rey:
Fuerza es Señor suplicarte, q.e desembaynes la Espada contra esta enemiga armada, q.e atropella tu Estandarte: Dios concurra a prosperarte, para q.e a la Yglesia dés muchos triunfos esta vez; y entre tanto nada vario, de La Habana el Vecindario reside Leal a tus Pies.Con el telón de fondo de la ocupación de La Habana por la tropa inglesa al mando del Conde de Albemarle, Diego Campos narra en treintiocho décimas la humillación que los británicos infligieron al obispo Pedro Morell de Santa Cruz, desterrado a la Florida por negarse a darles el dinero de la Iglesia. Las décimas de Diego Campos, de quien nada se sabe y a quien Lezama supone un “auxiliar episcopal” de Morell de Santa Cruz, fueron dadas a conocer por primera vez, en el siglo XIX, por Antonio López Prieto en su Parnaso Cubano. Las ramplonas décimas de Diego Campos, de interés sólo testimonial, continúan la práctica, que en Cuba se haría tradición, de utilizar esta forma estrófica en la relación de hechos históricos.
Del presbítero Rafael Velázquez sólo se sabe que murió hacia 1791 y que de 1780 datan unas décimas suyas, zumbonas y ácidas, dirigidas contra los hipócritas que intentan colarse en el reino de los cielos habiendo sido falsos fieles en este mundo. También la preocupación trascendente movió a Agustín Fernández Arsila, contemporáneo de Velázquez, a componer décimas. En las ocho que nos dejó reflexiona con pesimismo, bajo el título de “Al esqueleto, que ponen todos los años en San Juan de Dios”, sobre el sentido de la vida y la muerte. Son décimas hechas con gracia que Lezama ve calderonianas. Sin dude está el Calderón de La vida es sueño en versos como “La vida del hombre es nada, / es humo que lleva el viento”, pero, asimismo, en el contrapunto de concepto y palabra: “cumplí con haberme muerto / la deuda de haber nacido”.
A Miguel González, habanero fallecido en 1799, le debemos unas décimas apologéticas dedicadas a Colón, escritas para recibir las cenizas del Almirante en la catedral de La Habana, y al presbítero santiaguero Félix Fernández de Veranes, quien introdujo la imprenta en Santiago de Cuba y la inauguró en 1792 imprimiendo un sermón suyo, autor de un extenso e interesante romance titulado “El Sueño” -uno de los mejores poemas del siglo XVIII cubano-, le debemos una única décima, bastante airosa, sobre el tema de la fugacidad de la vida:
La más brillante fortuna Que el mundo puede ofrecer Encontró Antonia al nacer En el seno de su cuna: Mas como no hay dicha alguna Durable en la vida escasa, La brillantez de su casa Y su juventud florida, Vió Antonia desparecida Como una sombra que pasa.

Manuel de Zequeira y Arango
Con Manuel de Zequeira y Arango, nacido en La Habana en 1764 y fallecido en la misma ciudad ochentidós años más tarde, el verso en la isla finiquita sus balbuceos y encuentra la primera voz a tomar en cuenta en la poesía cubana. Zequeira no es un poeta de ocasión, sino un autor de obra sostenida y cuidada y de estilo propio. Es, por así decirlo, un profesional. A él le debemos algunas de las décimas más personales y sorprendentes que se han escrito en Cuba. Estalla en las suyas el irreverente humor criollo, que hace del disparate y el desparpajo las principales armas de su voluntad transgresora. En un poema sin título, que es un rosario de despropósitos y anacronismos, Zequeira reduce el mundo al absurdo. Vean cómo empieza este poema:
Yo ví por mis propios ojos (Dicen muchos en confianza) En una escuela de danza Bailar por alto los cojos: Hubo ciegos con anteojos Que saltaban sobre zancos, Y sentados en los bancos Para dar mas lucimientos Tocaban los instrumentos Los tullidos y los mancos. (…) Entonces dicen que fué Cuando con presteza zuma Salió huyendo Motezuma Sobre el Arca de Noé: A este tiempo Berzabe’ Con chinelas y tontillo, En Mantua asaltó un castillo, Y entre otras cosas que callo, Dió una carrera á caballo Sobre el filo de un cachillo.
Pero el poema donde el disparate, desatándose en un escenario onírico, llega a lo surrealista es el titulado “La ronda (Verificada la noche del 15 de enero de 1808)”. Con humor sospechoso, en que parece asomarse una larvada censura —Lezama dice que en este poema “se esboza un sentimiento de protesta”—, Zequeira se describe a sí mismo y narra, en clave fantasmagórica, una ronda de inspección de las que, por ser coronel de milicia, rutinariamente hacía por las murallas que guardaban La Habana. El poema comienza con estas dos elocuentes décimas:
Yo aquel súbdito obediente Que en grado superlativo, Soy militar á lo vivo Y esqueleto á lo viviente: Yo aquel átomo paciente Que de nada se lamenta, Describiré la tormenta Que con suerte muy contraria, Yendo de ronda ordinaria Sufri en noche turbulenta. -
A las tres de la mañana Con viento septentrional Salí desde el principal A correr mi tramontana: Un farol como campana Conducía un granadero, Y con el soplo severo Que el norte consigo atrajo, Andaban como badajo, El farol y el farolero.

José Jacinto Milanés
En el siglo XIX, en el marco del Romanticismo, en Cuba la décima se sitúa en un alto nivel de perfección formal. A ese nivel la llevan autores de excepcional calidad, de óptima formación literaria, duchos en el arte de la versificación, como José Jacinto Milanés y Tristán de Jesús Medina, y otros de menor relieve, como Ramón de Palma Romay, José Joaquín Palma y José Gonzalo Roldán, y quien con el tiempo devendría paradigma de decimista popular, el mítico Juan Cristóbal Nápoles Fajardo, más conocido por su pseudónimo de El Cucalambé.
El matancero Milanés, en composiciones como las tituladas “Su alma” y, sobre todo, en glosas de marcado acento cubano, como “La muchacha bailadora”, “La caza y la sorpresa”, “Amor y esperanza”, “El sinsonte y el tocoloro”, “Amor que aguarda”, “La ninfa sola” y “Adiós al tiple”, incorpora, a la sencillez y emotividad habituales de su idioma poético, elementos léxicos locales que impregnan de sabor popular sus cuidadas décimas. Otro tanto hace, en su ligera glosa “Canción del guajiro del Cauto”, el bayamés Tristán de Jesús Medina, que tanta fama alcanzó como orador sacro en la España del XIX, a juzgar por lo que de él cuenta Marcelino Menéndez y Pelayo en la Historia de los heterodoxos españoles.
En las ocho décimas que componen el poema “El cisne”, el habanero José Gonzalo Roldán, aún desplegando en su texto una sensibilidad romántica, nos permite apreciar vislumbres anticipadores de esa fabulación hedonista que sería la manera de mirar el mundo —más bien de rechazar la realidad— propia del Modernismo. En este sentido es un síntoma precursor la selección del cisne “de alas de nieve” como cifra de la belleza. Recuérdese, además, que Nieve será el título del libro más modernista de Julián del Casal. Ya en la primera décima de su poema, Roldán nos hace pensar así:
Sobre el cristal de una fuente Sin guijas y sin espumas, Tiende sus nevadas plumas El Cisne tranquilamente: Erguido el cuello luciente Se va impulsando tan leve, Que apenas el agua mueve; Y con gracioso donaire A la voluntad del aire Deja sus alas de nieve.
Por su parte, el también bayamés José Joaquín Palma volvería a tratar lo heroico, pero ahora con la vibración emocional a la romántica, en sus rotundas décimas a Carlos Manuel de Céspedes, que todos los cubanos de mi generación recitaríamos desde niños.
Ven, musa de los pesares, Ven con el viento que zumba A sollozar en la tumba Melancólicos cantares: ¿Oyes? los patrios palmares Con susurro lastimero Lloran al mártir severo, Que allá en nuestro suelo hermoso, Fue soldado valeroso Y excelente caballero. -
¡Timbre de la patria mía! ¡Su nombre limpio y brillante Cuba lo guarda arrogante En paginas de hidalguía! ¿Quién podrá olvidar el día Que en nuestros campos desiertos Dio vida a un pueblo de muertos, Firmando su mano airada Con la punta de la espada Nuestra carta de libertos?…
La décima genuinamente popular contó, en la Cuba del XIX, con cultores pletóricos de gracia, pero sobre todos descuellan Francisco Pobeda, conocido en su tiempo por su seudónimo de El Trovador Cubano, y Juan Cristóbal Nápoles Fajardo, El Cucalambé.
Pobeda, que se presentaba como “mísero coplero” y declaraba preferir la espinela, oponiéndola al “estilo altisonante”, se ufanaba de ser el iniciador de la corriente criollista, en la que, como en todo nacionalismo literario, la embellecida descripcion de los elementos pintorescos del paisaje y el paisanaje locales ocupa el centro. Aunque cultivó mucho el romance, y con no poco tino, no hay duda de que es en la décima donde logra dar lo mejor de su expresión.
De forma muy natural funde Nápoles Fajardo el siboneyismo de Fornaris y el criollismo de Pobeda en una versificación desenvuelta, servida por la sagacidad de una mirada minuciosa, a la que no escapan detalles amorosamente seleccionados, y por la afinación de un oído muy musical que proporciona al verso cucalambeano una eufonía incomparable. El Cucalambé es un virtuoso trovero para quien el paisaje de la isla es la principal fuente de inspiración. Una de sus décimas ya clásicas, la que da comienzo a su poema “El amante rendido”, es una estampa vital en la que queda apresada y resumida, como en un emblema, la imagen del país:
Por la orilla floreciente Que baña el río de Yara, Donde dulce, fresca y clara Se desliza la corriente, Donde brilla el sol ardiente De nuestra abrasada zona Y un cielo hermoso corona La selva, el monte y el prado, Iba un guajiro montado En una yegua trotona.

Agustín Acosta
En la primera mitad del siglo XX, paralelamente al auge del repentismo tradicional, la décima conocerá en Cuba el afán renovador de postmodernistas como Agustín Acosta, vanguardistas como Manuel Navarro Luna, puristas como Eugenio Florit y Ramón Guirao y trascendentalistas como José Lezama Lima. Los neopopulistas —el más representativo de los cuales es Jesús Orta Ruiz, el Indio Naborí—, serán el enlace de lo popular con lo culto en la décima cubana de este siglo.
Un tono distinto introduce en la décima el matancero Agustín Acosta, Poeta Nacional de Cuba antes de que este extraño título se traspasara a Nicolás Guillén. Acosta, que traía del modernismo una afición a lo fastuoso, es, en su etapa postmodernista, el poeta cubano que mayor sencillez alcanza en el verso y el más dado, en ese período, a la exaltación de los símbolos nacionales. Moviéndose en esta dirección, impone una tropología y un acento personales a la décima, hasta entonces desconocidos, claramente visibles en las tituladas “Pórtico”, de las que mostraré éstas dos:
Musa patria: pon a tono con la autóctona belleza la anacrónica realeza de tu manto y de tu trono. No es el perpetuo abandono de tu púrpura elegida: es la emoción sorprendida que, en esa púrpura santa, borda una estrella que canta la afirmación de la vida. (…) Las lluvias primaverales, después de un áspero invierno, pintaron de verde tierno los nuevos cañaverales. El agua torció raudales por los declives del suelo; la lluvia en límpido velo cayó en largas hebras finas como cañas cristalinas de las colonias del cielo.
El habanero Ramón Guirao, que murió en 1949 y dejó una obra escasa y singular, es el autor de un poema titulado “Sexteto”, en el que, con un lenguaje nuevo y raras asociaciones —es evidente en él el paladeo de la palabra por su solo valor fonético, como en la jitanjáfora de Brull—, introduce un giro inesperado en la cadencia y la sonoridad de la décima. Veamos la que dedica a la guitarra‑tres:
Boca, lágrima, madera, cuerda de acero y espina al dedo que no te afina clavándose en tu cadera. Amante de larga espera, espera larga de amante. Jacinto, nata, flamante galope de cal y plata, diapasón de agua escarlata para mi sangre quemante.

Eugenio Florit
Con su libro Trópico, publicado en La Habana, en 1930, por la Revista de Avance, Eugenio Florit lleva al ámbito de la décima el rigor de lo que Juan Ramón Jiménez llamó, refiriéndose a la poesía de este autor, su “lirismo recto y lento”, definido por el propio Juan Ramón como “fijeza deleitable intelectual”. La décima en Florit adquiere la calidad de una joya trabajada con esmero. Me viene a la mente ahora la frase “enigmas de cristal”, con que Valéry definió la poesía de Mallarmé. Espejeo verbal y apresamiento de sensaciones en un lenguaje facetado y neto hacen de las décimas de Trópico el punto de partida de otras aventuras poéticas, en la línea de la desnudez y el juego, dentro de la poesía cubana contemporánea. Del poema de Florit titulado “Mar” es esta luminosa décima:
Mar, con el oro metido por decorar tus arenas; ilusión de ser apenas por dardos estremecido. Viven en cálido nido aves de tu laz, inquietas por un juego de saetas ilusionadas de cielo, profundas en el desvelo de llevar muertes secretas.

Severo Sarduy
Pasando por las décimas de Lezama, que son espinelas “infieles” en las que métrica y ritmo parecen estar supeditados a la asmática respiración del poeta (“Querido Juan Ramón, / en ti, solo, pulcro y buscando / la estrella nueva cantando…”), y por las deliciosas “Décimas a un tomeguín”, de Roberto Fernández Retamar —evidentemente marcadas por Florit—, las perfectas que Nicolás Guillén dedicó a Manuel Navarro Luna y las conmovedoras que éste escribió a la muerte de su madre (Elegía a Doña Martina), llegamos a esa explosión de malicia verbal, sensualidad y cubanía de las diez décimas que componen la Corona de las frutas, de Severo Sarduy, con una de las cuales terminaré este insuficiente recuento de las venturas de la décima en Cuba:
Por la hoja del caimito van dos colores trepando: blanco y verde. No sé cuándo ni dónde nació este mito. Salta el sinsonte contrito y se reposa en la aldaba de ese cenit, donde alaba un azul más que celeste. Y declama en sol: ¡Con éste se acabó lo que se daba!
