Sueños y cuentos de Josefina Plá

Josefina Plá –poetisa, cuentista, ensayista, ceramista, pintora– nació en Isla de Lobos, Fuerteventura, en 1903. Niña aún abandonó la isla, a la que nunca volvió. En 1927 se trasladó de España a Paraguay y en Asunción, donde murió en 1999, hizo toda su obra literaria, una obra abundante, singular y compleja, de preocupaciones existenciales y fuerte implicación social, que apenas tuvo eco en el ámbito latinoamericano y que por largos años ha sido ignorada en la Península y en Canarias. Que el diccionario Larousse equivoque la fecha y el sitio de nacimiento de Josefina Plá es síntoma del vacío que, fuera de las fronteras paraguayas, ha rodeado a esta autora.

Hace años que la ensayista y crítica literaria Ángeles Mateo del Pino, profesora titular de Literatura Hispanoamericana de la Universidad de Las Palmas de Gran Canaria, está empeñada en la tarea de llenar este inicuo vacío. Aparte de haber dedicado su tesis de grado a Josefina Plá –a quien en varias ocasiones visitó en su casa de la capital paraguaya, estableciendo con ella una fructuosa relación de amistad y trabajo– y de haber ofrecido conferencias sobre su obra escrita, Mateo del Pino ha entregado a las prensas canarias dos extensas antologías de la escritora. La primera, Latido y tortura, reúne 103 poemas y apareció en 1995; la segunda, publicada en el 2000 bajo el título de Sueños para contar, cuentos para soñar, en sus 282 páginas agrupa 30 cuentos y narraciones cortas. Ambas –son los primeros libros de Josefina Plá que se imprimen en España– han sido editadas por el Servicio de Publicaciones del Cabildo Insular de Fuerteventura e incluyen sendos prólogos –la segunda ofrece, además, una extensa bibliografía– en que la profesora Mateo del Pino nos brinda la oportunidad de conocer la singladura vital y literaria de Josefina Plá y nos orienta, con observaciones pertinentes y juicios reveladores –frutos del amor y la seriedad con que ha realizado su tarea de investigación y análisis–, en la copiosa obra lírica y narrativa de esta autora.

Pocos cuentos de Josefina Plá conocieron, en su día, la letra impresa, y sólo la conocieron en revistas y periódicos, en su mayoría de Paraguay y Argentina. Casi todos sus cuentos publicados –dejó muchos inéditos– vieron la luz años después de haber sido escritos, bien en ediciones costeadas por la autora –posiblemente de escasa circulación–, bien en antologías colectivas o en recopilaciones parciales de su obra. A ello se refiere la propia escritora cuando con modestia y resignación, pero también con una pizca de comprensible amargura, nos dice: “…publicados a su hora, esos cuentos se habrían ubicado en su corriente. Hoy, su publicación tiene para mí (¿y cómo no habría de tenerla para otros?) un valor más bien documental”. No obstante, leídos ahora sin obviar el contexto sociocultural paraguayo ni el período en que fueron concebidos (entre las décadas de los 20 y los 70 del siglo pasado), no podemos dejar de aceptarlos como un aporte enriquecedor a la tendencia más crítica y realista dentro de la gran corriente del criollismo hispanoamericano, esa narrativa llamada “de la tierra”, nacional en su mirada y ecuménica en su mensaje, que fue, en el tiempo, la segunda gran contribución de América Latina, después del Modernismo, a la literatura del mundo. Coincido con Mateo del Pino cuando afirma que a Josefina Plá “la calidad literaria y el valor histórico” de su cuentística “le aseguran un lugar destacado en el panorama de las letras”. La lectura de Sueños para contar, cuentos para soñar nos induce a incluir el nombre de Josefina Plá en la lista donde destacan los de sus contemporáneos Rómulo Gallegos, José Eustasio Rivera, Jorge Icaza, Baldomero Lillo, Mariano Azuela, Jorge Amado y Augusto Roa Bastos, entre otros con tanto talento como ella pero con mejor fortuna.

En lo que respecta al significado de esta escritora en el ámbito intelectual de su país adoptivo, Mateo del Pino es tajante: “Debemos enfatizar que no puede entenderse la literatura paraguaya contemporánea si no hacemos hincapié en la figura y obra de Josefina Plá”, y advierte que, en el aporte de ésta a las letras de Paraguay, tiene peso específico la narrativa, aun siendo, en comparación con la poesía y el ensayo, el género menos atendido por la autora.

La selección hecha por Mateo del Pino es un muestreo en que la antologista no sólo ha tomado en cuenta la calidad formal de los cuentos, sino, también, los diversos registros estilísticos y la variada temática que conforman la narrativa de Josefina Plá. Esto nos permite tener una visión de conjunto de una obra cuyo desarrollo abarca medio siglo y en la cual se aprecian etapas disímiles.

Como señala el poeta chileno Javier Bello en un penetrante comentario sobre esta antología, los cuentos de Josefina Plá revelan “fina pero agudamente [...] el perfil social de un pueblo [y] pueden leerse como una historia negra —y a veces roja— de las humillaciones e injusticias que padecen aquéllos que han faltado a reglas e imposiciones sociales implacables”. Sin duda, en los cuentos de esta escritora raigal y corajudamente comprometida –comprometida no con el programa de un partido, ni con una determinada ideología política, sino con una ética básica del comportamiento humano–, se reflejan, a veces con la nitidez del populismo crítico, a veces con las sinuosidades esperpénticas de un espejo deformante, las lacras (marginación de la mujer, segregación del indio, explotación y desamparo del roto, patriarcalismo de la clase dominadora…) de la sociedad paraguaya que le tocó vivir, y a la que se integró plenamente, y las vicisitudes y convulsiones de la historia del Paraguay del siglo XX, marcada por las consecuencias de dos devastadoras guerras fronterizas, dos guerras civiles y un rosario de tiranías castrenses.

Entre las mejores narraciones de Josefina Plá de las antologadas por Mateo del Pino -otras son “El espejo”, “Cayetana”, “Prometeo”, “El canasto” y “Sisé”- está “La mano en la tierra”, fechada en 1952. En ella, un hidalgo ibero que, en el rincón del paisaje americano que colonizó, agoniza rodeado de su mujer india y de sus vástagos mestizos, al cabo de toda una vida poblando esa tierra comprende que, en ella, no ha dejado de ser un extranjero y que su simiente foránea no pudo anular la fuerza de aquella geografía. En esta hermosa saga de la mutua conquista que fue la colonización española de América –y que, a la postre, de una manera u otra, es toda colonización–, la hija del hidalgo moribundo –“con sus typois limpios, su flor en la trenza, sus diligentes pies descalzos”– le dice a éste: “–¿Cómo os sentís, señor padre?…” “El castellano”, subraya la narradora, “en sus labios tiene un acento deslizado y suave, algo así como de otra provincia desconocida de Castilla”.

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