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Desde que comencé a escribir, hace medio siglo, hasta que me radiqué en España, en 1992, mis conocimientos de la II República y la Guerra Civil procedían de las versiones acuñadas por intelectuales españoles del bando republicano, algunos de ellos refugiados en Cuba. Con varios –marxistas unos, anarquistas otros– mantuve amistad.
Bajo el dominio de tales versiones, divulgadas por la prensa nacional y repetidas por los comunistas cubanos –con los cuales me fui identificando hasta ser uno de ellos–, idealicé la II República al extremo de envidiar a los españoles por haber tenido una democracia que en Cuba no habíamos podido conseguir. Azaña, la Pasionaria y Líster resplandecían en mi retablo político, y yo estaba seguro de que, de haber tenido edad para ello, habría imitado a los compatriotas míos que se alistaron en las Brigadas Internacionales. Además, ¿cómo no iba a encandilarme un régimen respaldado por Antonio Machado y Miguel Hernández, León Felipe y Juan Ramón Jiménez, García Lorca y Unamuno, Vallejo y Hemingway…?
Ya en España, descubrí otras fuentes de información que me iluminaron acciones y actores que yo ignoraba, o conocía mal, y que problematizaron la maniquea visión de la República y la Guerra Civil que me traje de Cuba. Ninguno de aquellos viejos exiliados españoles que conocí en la isla me dijo que la ilegalidad, el terror y la censura de prensa no cesaron nunca en la República, ni me habló de la quema de iglesias y conventos, ni del fusilamiento a mansalva de religiosos, ni de las truculentas checas, ni de la masacre sistemática de Paracuellos dirigida por los comunistas, ni del pucherazo electorero del Frente Popular, ni de la colaboración de los agentes de Stalin con el Gobierno, ni de las sangrientas tentativas de derrocar la República (por ejemplo, el levantamiento armado de octubre de 1934 en Asturias) por parte de sedicentes republicanos ayunos de voluntad democrática, como Largo Caballero (“el Lenin español”, que buscaba la guerra porque pensaba ganarla), Companys e Indalecio Prieto, entre otros.
Para salir del sopor de la historieta sectaria izquierdista y conocer la verdad de esa inmensa tragedia española recomiendo la lectura de los siguientes libros:
- Alfredo Semprún: El crimen que desató la guerra civil. De cómo un comando socialista secuestró y asesinó a Calvo Sotelo, líder de la derecha española. Libros Libres, Madrid, 2005.
- Stanley G. Payne: 40 preguntas fundamentales sobre la Guerra Civil. La Esfera de los Libros, Madrid, 2006.
- Josep Plá: La segunda República Española. Una crónica, 1931-1936. Ediciones Destino, Barcelona, 2006.
- Justino Sinova: La prensa en la Segunda República, historia de una libertad frustrada. Debate, Barcelona, 2006.
- Félix Schlayer: Matanzas en el Madrid republicano. Paseos, checas, Paracuellos… Áltera, Barcelona, 2006.
- Vicente Alejandro Guillamón: El caos de la II República. Libros Libres, Madrid, 2006.
- Pío Moa: Los mitos de la Guerra Civil. La Esfera de los Libros, Madrid, 2003;
- –1934: Comienza la Guerra Civil. El PSOE y la Esquerra emprenden la contienda. Áltera, Barcelona, 2004;
- –Los crímenes de la Guerra Civil y otras polémicas. La Esfera de los Libros, Madrid, 2004;
- –1936: El asalto final a la República. Áltera, Barcelona, 2005;
- –La República que acabó en guerra civil. La marcha al desastre en imágenes. Áltera, Barcelona, 2006.
- César Vidal: Checas de Madrid. Las cárceles republicanas al descubierto. Belacqva/Carroggio Ediciones, Barcelona, 2003;
- –Paracuellos-Katyn. Un ensayo sobre el genocidio de la izquierda. Random House Mondadori, Barcelona, 2006.
- José María Chacón y Calvo: Diario íntimo de la revolución española. Instituto de Literatura y Lingüística, La Habana, 2006.
- Pío Baroja: Miserias de la guerra (novela-testimonio). Editorial Caro Raggio, Madrid, 2006.
Si después de leer estos libros, que son una ínfima parte de los escritos sobre el tema, usted no queda mentalmente tullido y tiritando de horror, puede vanagloriarse de tener una psiquis de hierro.