Cubanas y cubanos: Enrique Loynaz

Poco antes de las nueve de la noche del 29 de mayo de 1966, en un hospital de La Habana, murió un hombre de sesenta y dos años llamado Enrique Loynaz Muñoz. Momentos antes de expirar había dicho: “¡Qué triste es la sala de un hospital de noche!”. Murió como vivió: en el silencio y la penumbra.

Enrique Loynaz ha sido, y es, un nombre con significado sólo para los estudiosos de la poesía cubana; y ni siquiera éstos poseen, hasta el momento, una información satisfactoria sobre él y su obra. Quizás el único de nuestros literatos que tenía esa información era su amigo José María Chacón y Calvo, quien publicó en el periódico habanero El Mundo, el 5 de julio de 1966, un artículo en que reveló detalles de la biografía, la personalidad y la labor creadora de Loynaz.

Para mí este poeta era un enigma, y hasta cierto punto lo sigue siendo porque, si bien es cierto que gracias a su hermana Dulce María he conocido algo más acerca de él, no es menos cierto que lo que ahora sé me hace sospechar que aún queda mucho oculto tras la penumbra en que, por su voluntad y acaso también por su placer, vivió toda su vida.

La tarea de escribir un artículo sobre este raro contemporáneo a propósito de su natalicio, que me fue confiada por La Nueva Gaceta, se me presentó difícil por cuanto no había a mi alcance elementos suficientes para hacerlo. ¿Tendría que conformarme con los pocos datos que da Cintio Vitier en su antología Cincuenta años de poesía cubana y con los también escasos que ofrece el Diccionario de la literatura cubana? ¿Y con eso podría hacerse un artículo? Además, esa imagen que retrocede como de retrato al óleo anublado por el tiempo, esa figura evanescente, entre altiva y melancólica, con que me representaba a Enrique Loynaz, y aquellos ocho poemas suyos, bellísimos, que he leído y releído en la antología de Vitier, ¿merecían que se despachara este asunto así nomás, con una reiterativa y banal nota de efeméride? Desde luego que no. Siento respeto por este hombre que no quiso el proscenio ni la candileja que encandila, sino sólo lo íntimo y firme del acto de crear –que es el acto de creer–; que no quiso el espejeo ni el ruido, sino la sombra medular de la poesía, la esencia y lo genuino, que es desear lo heroico de la vida. Este respeto, que no podía estar exento de curiosidad, me llevó a indagar sobre él e intentar un conocimiento mayor de su escritura, y para ello recabé la asistencia de su hermana Dulce María Loynaz, una de las voces mayores con que cuenta la lírica contemporánea de nuestro idioma. A ella, al amor que siente por su hermano y a su disposición a divulgar la obra de él, debo la posibilidad de escribir esto que escribo, de publicar algunos poemas de los numerosísimos que dejó inéditos Enrique Loynaz y de mostrar dos fotografías del poeta que amarilleaban entre sus papeles.

Enrique Loynaz nació en La Habana, de familia ilustrada y mambisa, el 5 de abril de 1904. El padre, Enrique Loynaz del Castillo, alcanzó los grados de general en el Ejército Libertador, en el que estuvo a las órdenes de Antonio Maceo. En su propia casa venció el futuro poeta los estudios primarios y secundarios bajo la guía de maestros particulares, al igual que sus hermanos. De 1920 a 1921 viajó por Europa y América del Norte, y en 1928 se doctoró en Derecho en la Universidad de La Habana.

Cuenta Dulce María, en prólogo que escribió para una proyectada edición de las obras completas de su hermano, que, como ella, él comenzó a manifestar vocación por la literatura en la adolescencia, y que fueron Baudelaire, Verlaine y Rimbaud –sobre todo éste último– los dioses tutelares de su iniciación en la poesía. “Fue más tarde”, nos dice ella, “que aparecieron Juan Ramón y Lorca: ya habíamos trocado a los parnasianos y simbolistas por los manes de Rabindranath Tagore. La oscura y a la vez luminosa palabra de los bardos orientales nos tuvo mucho tiempo como en éxtasis.” Y más adelante subraya: “No creo que los insignes andaluces hayan influido en nosotros, a pesar de que ello se haya dicho en más de una ocasión”.

Es en el semanario habanero El Fígaro donde en 1923 se publican por vez primera, presentados por Chacón y Calvo, poemas de Enrique Loynaz. Un año más tarde, en la revista España, de Madrid, Juan Ramón Jiménez dio a conocer otros poemas de Loynaz, pertenecientes a un cuaderno que éste le enviara. Unas cuantas composiciones más del poeta aparecerían en la antología de Félix Lizaso y José Antonio Fernández de Castro La poesía moderna en Cuba (1882-1925), de 1926, y en la de Vitier Cincuenta años de poesía cubana (1902-1952), de 1953. Eso es todo lo que se ha publicado de Enrique Loynaz, quien dejó engavetada una abundante obra en verso distribuida en siete colecciones. Un libro místico, La canción de la sombra, Faros lejanos y Canciones virginales son libros escritos entre 1920 y 1924; Poemas del amor y del vino, el que más apreciaba él, es de 1925; Miscelánea (versos de narración y entretenimiento) y Después de la vida son los últimos. A lo que parece, desde Después de la vida, concluido en 1945, Enrique Loynaz no escribió más versos.

Su herencia literaria incluye también varios ensayos, una conferencia acerca de la poesía de José Martí y algunos poemas en prosa que, según indicios, hacían parte de un libro cuyos otros textos es probable que se hayan extraviado, si es que no se encuentran en los fondos de la biblioteca de Chacón y Calvo.

Octavio Paz ha dicho que Unamuno es el poeta romántico que la poesía española del siglo XIX no tuvo. Ese agudo juicio de Paz me sugiere que podría decirse algo similar respecto a Enrique Loynaz y la poesía cubana decimonónica. Bien situado estaría Loynaz entre Zenea y Casal: es el eslabón que faltó entre uno y otro. Creador de más luz, más sombra y más enconada lucha entre la tradición y la osadía que todos los poetas nuestros que median entre románticos y modernistas, aquél habría sido el sitio más fértil para su poesía, en el cual ésta hubiera jugado un papel sincronizado con la evolución del lenguaje poético occidental en esa etapa. Pero la vida situó a Loynaz en la primera mitad del siglo XX para que fuese un extemporáneo sorprendido entre los últimos destellos modernistas y el vanguardismo, el intimismo y la poesía pura. Y ahí se mantuvo, oscilando pero sin desplazarse, ahondando olímpicamente su marginalidad y quedándose, en resumidas cuentas, como el último y más puro representante literario, entre nosotros, del art nuveau.

La poesía de Loynaz que conozco se realiza en un ceñido contrapunto de luz y sombra, de presencias y ausencias presentidas, de realidades concretas y alucinaciones. La vida interna de sus poemas brota de este juego de entrelazamientos, el cual, por un lado, nos provoca una sensación de ingravidez y de ensueño y, por otro, nos enfrenta a un palpable mundo de objetos que son tomados como símbolos o referencias para exteriorizar concepciones metafísicas y experiencias sensoriales y sentimentales. Sobre este juego se sostiene el carácter de metáforas únicas de los poemas de Loynaz. Ello denuncia, además de la impronta de Poe, las lecturas que de los simbolistas hizo el poeta en su juventud, las que decidieron el rumbo fundamental de su expresión.

Visibles huellas dejaron simbolistas y parnasianos en Loynaz, autor de un verso que habrían podido disputarse Verlaine y Mallarmé: “¡No tus ojos, sino la luz de tu alma en mi alma!”. Pero en su poesía también he hallado rezagos románticos, y concretamente de nuestros románticos de la “reacción del buen gusto”. Aquí podría citar a Mendive. ¿No recuerdan a Mendive –y no por lo de la gota de rocío, sino por la delicadeza preciosista de la imagen y la ingenuidad de la mirada– estos versos de Loynaz: “Luz de pequeña luna / reflejada en la gota / de rocío que brilla / sobre las felices rosas / en la tibia corola”?

No toda la poesía de Loynaz que he leído es igual. Parece que su voluntad de expresión atravesó etapas diversas, en cada una de las cuales predominó un acento distinto. Por ejemplo, en los versos agrupados bajo el título de Poemas del amor y del vino señorea la sensualidad (“…hundirse entre su pulpa verdimalva…”, “Uvas iridiscentes con sabor / a luz, a niebla, a vuelo…”, “Mi corazón hoy nada en tus pupilas / de estrellas derretidas…”). Hay poemas de esta etapa en que el regodeo es visual, como sucede en el titulado “Entre los lirios”, verdadero delirio en blanco: “Su cabello parece blanquear vagamente, / son más blancas sus manos blancas, / ¡como lirios manchados de vino, son más blancos!…, etcétera”. Mas en los textos de la última etapa lo que domina es un amable humor reflexivo, expresado en un lenguaje coloquial, en ocasiones situado dentro del prosaísmo.

Se advierten también en su poesía diversos vectores temáticos. El sentido y el aura de sus poemas de juventud parecen ser exclusivamente frutos de sus pulsiones eróticas, en tanto que en los versos finales hay una franca tendencia a la contemplación filosófica y religiosa. Todo esto no hace sino evidenciar que estamos ante una personalidad complicada, en la que –y esto puede ser tema para otras meditaciones– halla lugar esa mixtura de erotismo y religiosidad que aparece en poetas místicos, como Fray Luis de León, Teresa de Ávila y Sor Juana Inés de la Cruz.

En este último período escribió una serie de comentarios de corte proverbial y muy desolados, en los que percibo un esfuerzo por resumir su experiencia de la vida. En uno de ellos pregunta: “¿Una ansiedad carnal es acaso el presentimiento de la muerte o la obsesión de vivir?”; en otro comenta: “Veo claramente sus señas lejanas pero no poseo otro lenguaje que el de los hombres”; y en otro confiesa: “Mucho tiempo después de haberlo bebido empecé a darme cuenta del sabor de mi vino”. Cierra la serie previniéndonos: “La soledad es un licor muy fino… y muy amargo a veces. Es difícil llegar a la soledad pero no es fácil salir de ella”.

María Villar Buceta, que fue amiga suya, escribió un poema-retrato de Enrique Loynaz en que da claves estéticas y psicológicas del poeta. Ella lo define como “Sacerdote de la belleza, / exultador de lo irreal” y lo ve “Uniendo en cópulas monstruosas / lo anímico y lo inanimado”, con lo cual prueba que había leído con esmero los poemas de su amigo. En su caracterización de Enrique Loynaz, María Villar Buceta no deja cabo suelto y lo presenta “Celoso de su ministerio / de arte y voluptuosidad”. Así he llegado a concebirlo yo.

Entre los documentos inéditos de Loynaz que me facilitó Dulce María, se encuentran siete largas hojas de papel de copia rosado, escritas a máquina a un espacio, que contienen una conferencia titulada Palabras sobre el poeta José Martí, escrita en 1930 y que no fue ni siquiera pronunciada. Es un texto cuyo valor radica en la manera como el joven poeta que era Loynaz entonces ve la unidad existente entre Martí, hombre de acción revolucionaria, y Martí, artífice de una poética revolucionaria. “La obra literaria de Martí”, dice Loynaz al principio de este texto, “como trataremos de explicar más adelante, no es menos revolucionaria que sus demás obras, que todas las perspectivas de su propia vida. Revolución, desde luego, bien diferente, pero de la misma certidumbre emocional”. Y añade a renglón seguido: “José Martí, agitador revolucionario político, es el mismo y no necesita justificar a José Martí, poeta de lirismo revolucionario”.

Vio Loynaz que Martí peleó contra el dominio colonial, en el campo de la expresión poética, una batalla tan encarnizada como la que peleó en los terrenos de la política y la guerra. “José Martí Poeta Revolucionario”, enfatiza Loynaz con lucidez, “libró aquel siglo suyo llamado de las luces, de las luces artificiales de su vana literatura, de los tremendos alaridos en que se debatían, hasta el horror, aquellos insoportables poetas españoles de la última mitad del siglo pasado”. Y más adelante remata: “José Martí fue quien habló por primera vez con la voz de nuestro siglo, quien supo escribir poesías para ser recitadas a media voz, quien interrumpió la ordenación antipoética de los líricos narrativos, quien pronunció la clara palabra indeterminada”.

Loynaz ofrece en este texto algunos elementos de su propia poética, que no están expuestos de manera programática, sino implícitos en su exposición del fenómeno vida-poesía, poesía-conducta, en el caso de Martí; y pienso que el concepto básico de esa poética es el de la realización del hombre en la historia mediante el acto creador (poético) concebido como acción directa o como acción de la palabra reveladora. Tal idea la hallo condensada en esta sentencia de Loynaz sobre Martí: “Su vida –repito– fue siempre una obra de poesía y su muerte, la revelación de un gran poema”.

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Versión corregida de la publicada, con el título de “Luz y sombra de Enrique Loynaz”, en La Nueva Gaceta, Nº 3, La Habana, 1985.