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Jorge Mañach
Triunfaría –por un largo y valeroso tramo al menos– la voluntad de redimir, casi siempre frustránea, pero nunca inútil. Eso sería ya hacia las postrimerías del gobierno de Machado, cuando te incorporaste a la cruzada del Nacionalismo y de los coroneles –entre ellos ese noble coronel Mendieta, a quien tan fielmente has querido siempre. Entretanto, vino tu fuerte poema “La Zafra”, lleno de airadas “razones cubanas”, como el rechinar de las viejas carretas. Y no deja de ser curioso que, un año antes, no te percataras de cómo esa pelea había que librarla, y se estaba librando, en otros terrenos preparatorios, señaladamente en el de la cultura. Por entonces, en 1925, me escribías acerca de mi conferencia “La Crisis de la Alta Cultura en Cuba” y concertabas en tu carta, con algunos elogios cariñosos, muy severos reproches por el acento demasiado negativo hacia lo actual, hacia lo contemporáneo, que en aquel trabajo guerreaba. Eso, decías, “como cubano me duele, como poeta de hoy me entristece, porque veo que nuestra labor no tiene estímulo de los más altos espíritus llamados a comprenderla”.
A mi contestación, no arrepentida, respondiste con otra carta admirable. No creo que se haya hecho por nadie una apología más férvida, más puntual en su concisión, ni más generosa, de las letras republicanas que la de esa hermosa carta tuya, en la que algún día se descubrirá un documento precioso para nuestra historia literaria. “Nosotros no vamos a mejorar ninguna época –me decías–; nosotros vamos a hacer una época nuestra; nosotros no vamos a caminar sobre las paralelas que por terrenos abruptos pusieron nuestros antepasados. Nosotros vamos a implantar paralelas sobre las cumbres, si es posible…” Y explicabas nuestra divergencia crítica arguyendo: “Tu cultura es metódica, preparada, busca un fin. La mía no tiene método, porque no busca fin alguno… Simpatizando con el desorden natural de las revoluciones, no es herida por ellas, y tiende a la benevolencia, a la disculpa, al estímulo…”
Más que dos “culturas” eran, Agustín, dos temperamentos y acaso una leve diferencia de años lo que andaba de por medio. Dos modos, también, de sentir o de concebir esa “revolución” de que ya hablábamos. Yo la quería regida y nutrida desde lo hondo, desde la conciencia y la letra misma. Tú, como buen poeta, te contentabas con el penacho ardiente y la simple metáfora histórica. Por ti hablaba un poco todavía el estreno triunfal de la República, aquella gran ilusión; por mí, el sentimiento defraudado con que amanecimos a las turbias y torvas realidades de ella los que habíamos nacido a la vuelta del siglo.
Pero “La Zafra” a todos nos dió la razón. Al colonialismo y servidumbre de campos y hombres que tú denunciabas en tus versos de machetero lírico, a la gran angustia de nación por hacer, que se airaba en tus ardientes estrofas, ¿no correspondía aquella mi inconformidad con una cultura republicana que cada vez parecía desmedrarse más, perder más el acento abnegado y batallador de nuestros próceres?… Cada cual por su lado, íbamos preparando la protesta integral con que Cuba pronto se encendería. Aquella segunda carta tuya terminaba con estas palabras de sombrío humorismo: “Y mucho ojo por las noches, cuando llegues a tu casa. La sombra es propicia para la “alta cultura de los asesinos”. Acababan de matar a Sagaró.
Pasaron tres años. Tu carta siguiente está fechada un 20 de mayo, y después de esa data insertas un “¿eh?” irónico. Se estaba librando entonces, como para afilar armas, o para distraernos algo de la tremenda pesadumbre cívica, la batalla vanguardista. Tu carta se inicia con una estampa deliciosa de una visita de Juan Marinello. Y después, esta andanada:
“Todos somos en el fondo un poco de lo que no queremos ser. Así por ejemplo: “¿no se da Jorge Mañach espiritualmente a la música de los más bellos versos antes que a la fanfarria gangá de las metáforas vanguardistas? ¿Quién me convence a mí de que tan fino paladar saborea las leches agrias, cuando no tiene necesidad de bacilos búlgaros? Avanzar es ir adelante en el camino que ya uno previamente se ha trazado. Vanguardia quiere decir salto, sorpresa, botín. Avanza el que sabe adónde va. La vanguardia es casi siempre carne de cañón. La bandera va siempre en el centro, porque no puede exponerse al ultraje del enemigo”… Así te situabas estéticamente, y adelantándote a un posible vituperio me decías: “¿Reacción? Claro que sí. En el sentido de no dejarse llevar, para evitar la locura de transigir”.
En una carta de noviembre de ese mismo año, a propósito de mi “Indagación del Choteo”, definías con menos reticencia tu pensamiento estético: “…Observo aquella transparencia que parece ser el distintivo de cuanto, fuera de toda escuela, llega algún día a tenerse como clásico. Porque lo clásico es de todos los tiempos. No hay escuela clásica. El fin de todas las escuelas, una vez depuradas, alquitaradas de sus mostos más agrios, es, sin duda, el clasicismo. Clásica es la escuela llamada así en todo aquello que por su propia naturaleza perdure; clásico es el romanticismo en lo más puro del sentimiento desbordado, y clásico es el modernismo, en las más finas obras del siglo pasado y de principios de este siglo. Todos esos aportes de las escuelas al núcleo permanente e inmortal del clasicismo marcan una época en ese gran conjunto, forman un todo idéntico a sí mismo; es lo que queda del Arte. Y todo ello, desde luego, pregona su diáfana sencillez, su inmortal transparencia. Sólo lo transparente es inmortal”.
Terminabas esa carta diciéndome: “Voy a meterme en la torre de Babel, desde la cual estoy escribiendo BABILONIA. Sólo me queda por escribir la última parte, o sea aquélla que combate al imperialismo yanqui, sin ninguna suerte de retornos. Belo y Semíramis me amparan. Mas si cuando el poema sea ya una realidad está –¡todavía!– en el poder este megalómano que sufre Cuba, entonces, querido Jorge, doblarán por mí las campanas de todas las catedrales de América; tú mismo te harás una tonsura graciosa y brillante, y con la sobrepelliz del más fino hilo que haya en los almacenes de Fin de Siglo, al pie de un altar, rezarás por mí el memento de los difuntos…”
De ese poema, “Babilonia” –que nunca, según creo, llegaste a publicar– me mandabas, en mayo de 1929, unos fragmentos. Poesía de gran treno profético, de tempestuoso aliento:
Vendrán los días negros. Los magos vieron soles
negros en cielos rojos. La más sabia sibila
quedó muda, y ya nadie esperará más horas
que éstas de torres truncas y templos destrozados.
Y los días negros, en efecto, no tardaron ya en venir. Le escribiste, recuerdo, una carta valiente y viril a Machado, pidiéndole que renunciase, para bien de Cuba. Te persiguieron. Te metieron en la cárcel. En mi oficinita de “Fin de Siglo”, donde yo trabajaba entonces como jefe de publicidad, no te hice urdir ninguna sobrepelliz, porque estaba muy ocupado, al margen de los anuncios, en urdir proclamas del ABC.
Y ya, después, a todos nos cogió la tempestad revolucionaria, y nos dispersó. Ya no tuve más cartas tuyas. Estuvimos más cerca físicamente y, sin embargo, más distantes –hasta cuando fuimos senadores los dos, y yo, con el rabo del ojo, te veía, en tu escaño, indiferente a las inanidades usuales del debate, escribiendo… Quizás eran los primeros pasos métricos de “Los camellos distantes”…
Perdóname, querido Agustín, si me he tomado esta venia de despedazar tus cartas, de revelar, indiscretamente, aquello a que sólo tu posteridad tiene derecho. Pero en el acto del Ateneo de Matanzas, Chacón, Vitier, Rodríguez Rivero habrán hecho ya los elogios debidos de la gran voz poética que diste a la República. Yo he querido unir al tributo estos recuerdos personales, que son un poco del trasfondo de tu poesía, y un pedazo de nuestras vidas paralelas. Tanto como de tus versos, muchos fuimos entonces a disfrutar de tus cartas bellísimas, que tantas veces nos hicieron pensar en el gran prosista que le estabas hurtando a Cuba; de tu enorme simpatía criolla, estilizada en el más fino humorismo; del regalo constante, aun a distancia, de una amistad que hasta ponerse “brava” sabía con el más generoso talante; del ejemplo, en fin, de tu gallardía ciudadana… También eso es parte, y acaso la mejor, de los cincuenta años de presencia espiritual que te estamos conmemorando.
Te abraza fraternalmente, J. M.
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Revista Bohemia, La Habana, 1955.