Manuel Díaz Martínez


De mi archivo: “Carta a Agustín Acosta. (En el Cincuentenario de sus Primeros Versos)” (1)
9 Julio 2008, 9:05 pm
Archivado en: Cuba

Jorge Mañach

Mi querido Agustín:

Mucho sentí no poder asistir al gran homenaje que te ofreció el Ateneo de Matanzas por tus bodas de oro con las Musas, al mismo tiempo que esa benemérita institución conmemoraba el octogésimo aniversario de su fundación, es decir, de sus servicios a la cultura en la Atenas de Cuba. Ya te dije por radiograma la razón de mi ausencia: tenía que atender a la reunión que esa misma noche dominical celebraba, con sus oyentes invisibles, la Universidad del Aire. Pero yo estaba allá, con tantos otros amigos tuyos, en espíritu, y por las mismas ondas de nuestro programa radial hice que navegara mi saludo “a la gran voz poética de Cuba”.

No me acaba eso de llenar la querencia de adhesión, y por eso te escribo esta carta pública. Al disponerme a escribírtela, me ha venido el recuerdo de aquéllas –muchas, por cierto– que nos cruzamos en otras épocas de nuestra vida, de nuestras vidas, cuando teníamos aún amistad flamante o, en todo caso, diligente para la comunicación; cuando nos sentíamos, por muy “cubanas razones”, ávidos de calmarnos impaciencias y angustias; cuando nos sentíamos los dos un poco solos, pero juntos a pesar de la física distancia.

¡Y qué hermosas eran aquellas cartas tuyas, Agustín!… Las conservo casi todas, para cuando te llegue la hora –que ojalá tarde aún mucho– de la posteridad absoluta: esa hora en que a la gloria colmada se le empiezan a recoger sus intimidades, y se hace, entre amigos, cosecha de cartas ilustres. Ahora, a solas con mi tesoro de las tuyas, no he podido resistir la tentación de volverlas a leer. Lo primero que de nuevo admiro es tu firma enorme, espaciada, con sus dos AA monumentales y henchidas, y, por debajo del nombre y apellido finamente enlazados, una rúbrica sumamente sencilla, a pesar de ser de notario, pero que tú debías de trazar con la pluma muy ladeada y abierta, pues lo que dejaba sobre el papel era una verdadera pincelada. Tu nombre, ya entonces un gallardete en nuestras letras, parecía navegar sobre un pequeño mar de tinta. Las letras avanzaban rápidas y seguras, a todo velamen, codiciosas de horizontes, y la rúbrica se llenaba hacia atrás, como la estela de gloria que ya ibas dejando.

Cuando me escribiste esa primera carta, ya, en efecto, eras famoso en nuestro ámbito, y resonante fuera. Tu “prehistoria” de versos había empezado, por lo visto, hacía muchos años, puesto que ahora celebran el cincuentenario de ese comienzo –lo cual, tal vez, no deja de ser un poco indiscreto, porque a uno no le deben recordar tan categóricamente los años cuando ya la suma de ellos se va haciendo melancólica, y porque, además, no se nos deben mentar a los escritores los pecados de la mocedad. Todos sabemos que tu verdadera historia de poeta comienza en 1915, con Ala, aquel primer libro de título tan justo.

También conservo –yo, que ya voy podando de libros segundones mi biblioteca– un ejemplar, que supongo de la primera edición. La había publicado aquella Biblioteca Studium, que todos recordamos casi con ternura: aquella que tenía por emblema –en dibujo de García Cabrera, o tal vez de Jaime Valls– un búho posado sobre un libro abierto. Un búho, no un cisne. Accidental simbolismo, porque tú irrumpías en nuestro aire poético, no con el ala decorativa, pero sin trémolo ni altura, del primer Modernismo, sino con la crepuscular y celeste del segundo momento, que recordaba un poco a las lechuzas de Minerva.

¡Ala! Maravilla de nobles intentos,
de ensueño y de gloria, de paz y de altura…
El ala no teme la cruz de los vientos,
el ala nos abre la senda futura.

Así, más que cantar, clamaban tus primeros versos. No recordaban abates ni marquesas ni versallescos jardines; no se fugaban, con modernismo sólo verbal, a los predios de la nostalgia. Aunque en su afán de universalidad quisieran conservar todas esas notas del registro poético de la época, y hasta no pocas del buen romanticismo viejo, el acento se te iba sobre todo a lo aquilino, y era la tuya una poesía de esperanza y de promesa en que ya se veía temblar un poco la ira y asomar la protesta.

Por eso decías:

Yo no soy como todos. Mis tristezas
son las hondas tristezas del que llora
la inclinación servil de las cabezas
que fueron bautizadas por la aurora.

¡Cuántas cabezas de ésas, Agustín, hemos visto doblarse desde entonces! Los que vinimos un poco después de ti, mucho te quisimos por esa gallardía con que tu canto sonoro se alzaba. Te la quisimos, y te quisimos el verso, hasta cuando, a la verdad, la sonoridad nos estorbaba un poco.

Precisamente en aquella primera carta tuya que conservo te quejabas un poco de esa reserva. Acababas de publicar tu segundo tomo de versos, Hermanita. Yo no recuerdo bien lo que sobre él escribí; pero lo colijo de tu carta. El libro nos había gustado mucho; hasta nos había gustado más que Ala, (con todo y lo bueno que había sido ese plumón celestial) acaso porque había menos oratoria en él. Aquélla era una época en que le teníamos, tú lo recuerdas, fobia a todo lo que llevase demasiada carga verbal. Empezábamos a sentir que la mejor tradición de nuestra cultura,, y la mejor vocación de nuestra república, se nos estaban quedando anegadas bajo una perenne catarata de palabras. Queríamos más sustancia, más continencia, más rigor, más entraña en todos sentidos. Y al celebrarte yo eso de tu nuevo libro, en que el tema de madrigal aseguraba un tono de intimidad, me escribías en defensa de tu sonoridad pasada.

Parece, sin embargo, que en mi ambición respecto de ti, que eras ya la primera voz poética de Cuba, yo tampoco me resignaba a que se te desmadejase en íntimos deliquios el batir del ala. Con un poeta de tamaño talento había que ser exigente. Y tú me escribías, todavía “de usted”: “Hermanita le dejó la nostalgia de los mundos que Ala prometía revelar. Usted deseaba terminar el alfabeto de que Ala fue el alfa inquieto. Pues bien: esa obra existe, perdida por mis gavetas, en las cuales el pasado está durmiendo su divino cansancio. Existe, pero no puede salir, en esta hora del Arte, tal como está: galas viejas la visten: terciopelos de antes, en cuyas piedras sobrepuestas el sol brilla con demasiada fuerza; encajes que velaron la aurora finisecular; perversión algo cruda; lunas de los tablados de Arlequín. ¡Ah! Aquella locura, querido Mañach, ya pasó. Me duele no ser sonoro, porque me gustaban tanto los clarines”.

Y después añadías, en defensa de Hermanita, defensa que a la vez yo no necesitaba: “es una obra que señala en mi vida una etapa sentimental sosegada y seria: no es el romanticismo loco, ni el mundanismo: es otro sentimiento más callado, más sereno: una contribución que el poeta aporta a la crítica de mañana, si a ella se hace merecedor. Porque ya tuvo su época y su libro. Ahora, desde la cumbre de mis treinta y cinco años, me toca una de estas cosas: volar, o rodar hacia la falda de esa cumbre. Y no todos, querido Mañach, podemos ser Dante”.

¡La cumbre de tus treinta y cinco años!… Con qué leve sonrisa, en tu cara siempre un poco volteriana, debes de leer ahora, Agustín, la melancolía de esa frase. De las dos alternativas que entonces precisabas, ya sabíamos que habías de optar por la primera: volar aún más alto y más recio. Tuviste tentaciones de quedarte al ras de tu tierra aldeana, en paz notarial. No pudiste. Andanzas cívicas que mucho prometían te sonsacaron el candor de poeta y de hombre bueno, es decir, ingenuo. Y te engañaron. En la carta posterior que conservo, a propósito de la necesidad de ir denunciando falsías y de “decapitar conceptos”, me escribías: “Si usted quiere una espada, le ofrezco la que se me quedó virgen en esta gran comedia de veteranos y patriotas”.

Sin embargo, con esa carta me mandabas copia de un comentario muy generoso que habías escrito para un periódico sobre mi primer libro, Glosario. En un párrafo de aquel artículo que tenía forma de diálogo, decía por ti un tal Fernández: “Siempre los redentores fueron crucificados; pero los tiempos de hoy –perdone usted esta idea tan nueva– no son aquellos tiempos. El redentor de hoy, el reformador, tiene apóstoles que son a la vez lanceros, y no se conforman con desalojar del templo a los mercaderes de la deshonesta baratería, sino que prenden fuego al templo, no sin antes haber echado a vuelo las campanas para que acuda la gente y vea el espectáculo maravilloso”. El escepticismo y la gana de pelea andaban en ti a la greña, Agustín.