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Con la lectura de este texto presenté ayer, en el Club de Prensa Canaria, en la ciudad de Las Palmas de Gran Canaria, el libro Los últimos de Cuba, del periodista palmero Carlos Fuentes.
Soy un emigrante cubano que llegó a Canarias hace diez y seis años. Entre Canarias y Cuba, el éxodo ha cambiado de dirección: ahora somos los cubanos los que nos vamos, los que venimos.
Vine desandando el camino que hace un siglo o más recorrieron mi bisabuela paterna, nacida en La Gomera, y mi abuelo materno, nacido en Tenerife. Ellos estaban entre los 50.000 canarios que se asentaron en América. Mi mujer y mi padre también fueron emigrantes: nacieron en Cuba y murieron en Las Palmas. Mis hijas también lo son. Nosotros somos parte de los casi tres millones de cubanos que se han ido de la isla en los últimos cincuenta años. Conozco, pues, en carne propia el drama que siempre es, con mayor o menor intensidad, toda emigración inevitable, sea cual sea su motivo. Drama secular, con una historia sobrecogedora y sin término a la vista, que, como constatamos a diario, demasiadas veces se convierte en tragedia irremisible, bien en una frontera de Norteamérica, bien en una patera africana en mares de nuestro entorno, bien en una balsa cubana en el Estrecho de la Florida.
Entre las primeras cosas que supe de Canarias cuando llegué es que en estas islas sigue latiendo el recuerdo de los que, abandonando lo que amaban –familia, amigos, paisaje, tradiciones–, un día ya lejano, empujados por la miseria y el hambre, se fueron a América con la esperanza de encontrar allá horizontes que no vislumbraban aquí, y no volvieron. De algunos nunca más se supo.
De esta catástrofe social nos habla el avezado periodista palmero Carlos Fuentes en su libro Los últimos de Cuba, que se ha sumado a la colección “La quinta columna”, de Ediciones Idea. El libro lleva prólogo de mi compatriota el narrador Pedro Juan Gutiérrez, con quien comparto el criterio de que, en los quince reportajes que componen este volumen bellamente editado, el autor “se convierte en un antropólogo, en un explorador social”; aunque –recalco– llenando de vida el texto, permitiendo que las imágenes, los acontecimientos y los personajes hablen más que él, como se espera de un reportero que conoce su oficio –oficio próximo literariamente al del novelista, pero en el cual la ficción es traición–. Se supone que el reportero es un narrador de realidades, y Carlos Fuentes se muestra respetuoso de esta norma, en apariencia de fácil cumplimiento y, sin embargo, ardua y riesgosa y, por lo mismo, no siempre acatada.
Para descubrir una verdad en la Cuba actual, sea cual fuere –en este caso la relacionada con los protagonistas que quedan del gran éxodo canario de la primera mitad del siglo XX–, hay que hacer lo que hizo Fuentes: ir a la isla, conversar con la gente, recoger testimonios, ver cuanto se pueda. Los últimos de Cuba es un libro rico en datos políticos, económicos y culturales que permiten conocer el magma socio-histórico en que desplegaron su vida los canarios en la Antilla Mayor; pero lo que para mí es más interesante de esta colección de reportajes, lo que le da sentido, lo que aporta de novedoso a la historiografía existente sobre este tema, es el acercamiento a la historia personal de los protagonistas, algo que Carlos Fuentes consigue entrevistando a quienes aún viven para contarla.
He recordado a mi padre mientras me enteraba de las peripecias y vicisitudes de los “últimos de Cuba” entrevistados por Fuentes. A mi memoria vinieron las anécdotas que el viejo me contaba de los temporeros canarios que conoció en los ingenios de azúcar donde trabajó de joven. Él fue testigo de las ilusiones y la abnegación de aquellos hombres que iban a Cuba a vérselas con las faenas más duras de la zafra, contribuyendo con su esfuerzo al desarrollo del país. Unos volvían a Canarias con los ahorros. Otros fundaban familia y se quedaban, se “aplatanaban”. Allá, en el cóctel social cubano, los llamamos isleños. “Gente que no le tenía miedo al trabajo”, aseguraba mi padre.
Algunos de aquellos infelices transterrados lograron convertir en realidad los sueños con que llegaron a la isla. Prosperaron: se hicieron propietarios de tierras y de empresas y durante décadas de intensísima labor incrementaron su patrimonio, para bien de ellos y de la sociedad en que se habían insertado, hasta que fueron expropiados por la revolución de Castro y volvieron a emigrar, la mayoría a Venezuela. Emigración más aciaga, si cabe, porque ya no eran jóvenes cuando les quitaron lo ganado.
Carlos Fuentes ha hecho un libro útil, que es lo mejor que puede decirse de un libro. Un libro útil para conocer más de los vínculos humanos que unen a Canarias y Cuba. Un libro que es un capítulo de la larga historia de las migraciones, a las que debemos desastres personales, pero también el mestizaje y la transculturación, que son factores de progreso.
Ojalá nuestro autor se anime a hacer un libro similar dedicado a la emigración cubana afincada en este archipiélago. Podría titularlo Los primeros de Canarias.