Archivado en: Cuba
Hoy, en su blog El tono de la voz, Jorge Ferrer nos recuerda que el pasado viernes, día 9, se cumplieron siete años de la muerte de Manuel Moreno Fraginals. Motivado por este recordatorio, reproduzco aquí mi artículo “Un cubano del exilio moral”, publicado en la Revista Hispano Cubana (Nº 11, Madrid, 2001).
Una entrañable amistad me unió, durante no sé ya cuántos años, a Manolo Moreno Fraginals. La noticia de su muerte me llega casi a continuación del fallecimiento de mi padre y adensa la tristeza de estos días.
La última vez que vi a Moreno en Cuba fue en mi casa, en enero o febrero del 92, a punto de irme al exilio. Fue aquélla la única visita que me hizo en Infanta 15, y la hizo para darme respaldo moral y ofrecerme ayuda económica cuando, despojado de mi puesto de trabajo y vetado como escritor por el Gobierno de Castro, sin entradas ya para sostenerme en la isla, lidiaba con la burocracia de Inmigración, que se entretenía en no negarme ni concederme el “permiso de salida”.
En el exilio nos vimos en una sola ocasión y fue durante su última estada en España. Una tarde salimos de la Fundación Hispano Cubana, donde él había dictado una conferencia, y echamos a andar por la madrileña calle Génova rumbo a su hotel. Hicimos el trayecto hablando de Cuba. Compartí, y comparto, sus severas objeciones al régimen castrista, así como su pesimismo respecto al futuro inmediato de nuestro país.
La postura adoptada por Moreno, en sus últimos años, frente a la “revolución” hizo inevitable su salida definitiva de Cuba, que se produjo poco después de la mía. Fijó su residencia en Estados Unidos. El principal de los periódicos de Castro, en una tortuosa gacetilla necrológica que le dedicó cuatro días después de su fallecimiento, injuria a Moreno afirmando que “hizo humillantes concesiones intelectuales y políticas para ser aceptado” en Miami. Es una infamia. Moreno no había hecho concesiones en Cuba, por eso al final tuvo que irse, y tampoco las hizo en el exilio. Era un hombre de convicciones y de acrisolada honradez intelectual, de lo cual da fe su extensa obra de historiador y ensayista. ¿Y qué necesidad tenía de hacer concesiones para ser aceptado en Miami, si allí y en los círculos académicos del resto de Estados Unidos era conocido y altamente valorado desde hacía años?
Meses después de habernos convertido mi mujer y yo en los únicos exiliados cubanos en la ciudad de Cádiz, leí, en El Nuevo Herald (edición del 20 de abril de 1992), una entrevista que Andrés Oppenheimer le hizo a Moreno, estando éste todavía impartiendo clases en La Habana (serían sus últimas clases en Cuba antes de exiliarse). Con la honestidad y el rigor analítico que lo caracterizaban —pilares, con su envidiable erudición, de los renovadores aportes que hizo a la historiografía cubana—, en esa entrevista Moreno comenta la situación política y económica de la isla, incluyendo en sus comentarios algunos pronósticos que hoy, nueve años más tarde, son realidades a la vista de todos. Por ejemplo, a la pregunta de Oppenheimer de cómo iba a ser Cuba en el año 2000, Moreno responde: “No la veo como un lugar lleno de felicidad y prosperidad. Continuará siendo un país pobre… lleno de conflictos”. Pero añadió: “Un país pobre capitalista, aunque pueda adoptar formas de socialismo democrático…” Sin duda, pensaba que en el 2000 ya se hubiera producido el cambio de régimen.
He vuelto a leer esta entrevista y otra vez he sentido la tristeza que en ella destilan las palabras de Moreno. Para él, como para tantos que creímos ver —o queríamos creer— que en 1959 Cuba había encontrado la manera de transformar en realidades los ensueños martianos, e incluso los marxistas, el fiasco —en primer lugar ético— de la revolución cubana constituyó un desencanto demasiado doloroso para aceptarlo sin queja o protesta. El fraude en lo ético —el daño más grave que la revolución castrista ha infligido a Cuba, el más difícil de superar— es el que ha determinado que en la emigración cubana, además de exiliados políticos y económicos, haya también exiliados morales, sólo o eminentemente morales. Somos los que nos fuimos de la isla por asco. Moreno era, ¿quién puede ponerlo en duda?, un exiliado moral.
Hay un texto de Moreno que me parece revelador de su personalidad, de sus exigencias profesionales, de su formación marxista y de lo que, en el orden de la historiografía y, en general, del trabajo con las ideas, esperó de la revolución. Me refiero a su ensayo La historia como arma, fechado en octubre de 1966. Es un texto en que su entonces entusiasta apoyo al proceso revolucionario no le impide hacer observaciones críticas sobre el inexistente interés oficial por un acercamiento serio al pasado de la nación —un acercamiento que él sí realizó en su obra y que dio frutos como El ingenio, su trabajo de mayor envergadura y uno de los libros capitales de la historiografía cubana del siglo XX—. Después de preguntar “¿qué hemos hecho por la creación de la nueva historia, del nuevo historiador?” y de responder que “Hay un clamor general por una historia nueva, por una forma distinta de ver el pasado, que no ha sido satisfecho en la etapa revolucionaria”, plantea que ha llegado el momento de “crear al historiador nuevo que nos entregue la historia nueva”. Pero hace una advertencia importantísima que denota la seriedad de su planteamiento: “Quizás si el peligro mayor esté en el seudomaterialismo histórico que emerge y florece en los períodos de transición como una forma de oportunismo intelectual y que confunde fácilmente a la juventud”. En este punto, Moreno es contundente: “Si no se llega a la raíz, la oposición a los mitos burgueses se transforma inicialmente en una actividad iconoclasta…” Para él no se trata de “Bajar de su templo a los dioses burgueses y poner en su lugar los nuevos dioses”, sino de “descubrir las leyes dialécticas de nuestra historia” partiendo de “imprescindibles investigaciones”. Y precisa: “obsérvese bien claramente que decimos descubrir y no aplicar; porque el otro gran fraude histórico consiste en tomar determinados esquemas materialistas, de la manera más simplista, y hacer con ellos un molde rígido donde depositar los datos”. Demasiado rigor intelectual, demasiada responsabilidad profesional para un régimen como el castrista, cuyo único interés, en relación con la historia, no ha sido sino el de manipularla en consonancia con sus fines políticos y propagandísticos, como se puso de relieve en el elocuente “caso CEA”, aquella purga efectuada por el Gobierno cubano, en 1996, en el Centro de Estudios sobre América —organismo adjunto al comité central del Partido Comunista— por no “coincidir”, con los oficiales, los criterios de los investigadores de dicho Centro.
Con su comportamiento ante el presente cubano, Moreno demostró que tener una concepción materialista de la historia no implica estar en disposición de ser vocero de la dictadura. Bastantes son, en cambio, los intelectuales no marxistas, incluso con creencias religiosas, que siguen sirviendo al castrismo en estos momentos, cuando ya no puede confundir a nadie.
La muerte sorprendió a Moreno mientras dirigía los trabajos preparatorios de una enciclopedia histórica cubana destinada a publicarse en Estados Unidos y España. Me vanaglorio de haber accedido a enrolarme en esta empresa y creo que ha sido un duro golpe para la historiografía cubana que Manolo Moreno Fraginals nos haya dejado subidos a los andamios, con la obra a medio hacer. Su recuerdo y su ejemplo no bastan: echamos de menos su vitalidad y su sabiduría.