Mi madre murió, de 84 años, el 22 de enero de 1995, en su minúsculo piso de La Habana. Murió tres años después de haberme ido yo al destierro. Mi padre le había hecho creer que yo estaba de viaje y que en cualquier momento volvería, como siempre, con un beso y una sorpresa para ella. Una noche oyó mi nombre en la radio del exilio y le dijo a mi padre: “¡Qué casualidad, ése se llama igual que Manolito!”.
Cuando me despedí de mi madre, tuve miedo de que aquella despedida fuese la última, aunque en mi cabeza no cupiese la idea de no ver nunca más a esa mujer pequeña y enérgica, ya vencida por el tiempo y los achaques, que había sido mi eterna acompañante y mi más fervorosa protectora.
Curiosamente, al pensar en ella, el primer plano de mis recuerdos lo ocupan imágenes suyas de sus últimos años, escenas de una época en que se empeñó en retomar los estudios de piano que había abandonado de joven.
Después de mucho buscar en aquella ciudad donde escaseaba todo, mi padre encontró quien le vendiera un piano usado, pero en buenas condiciones. La entrada del piano en casa fue, sin duda, la última gran alegría que se llevó mi madre de este mundo, en que tan escasas alegrías tuvo.
Tres veces en la semana, a las cuatro de la tarde, muy acicalada y oliendo a un talco fino que le llevé de Europa, y con cuadernos al brazo como una colegiala, mamá se iba a las clases de música, que tomaba con un profesor casi vecino de ella, un pianista jubilado que había sido repasador del Ballet Nacional y Tropicana. A su regreso de las clases, una hora u hora y media después, casi siempre refunfuñando por la poca paciencia de su maestro, se sentaba al piano y se aplicaba —luchando por dominar sus dedos temblorosos, ya irremisiblemente indóciles— a aprender la lección del día. De vez en cuando ejecutaba trozos de canciones cubanas que había aprendido en su juventud y, cuando lograba una interpretación más o menos aceptable, su rostro se iluminaba con una sonrisa maliciosa que quería decir algo así como “todavía puedo, aún no estoy vencida”.
Una tarde fue a clase y regresó enseguida: su impaciente profesor había muerto de un infarto esa mañana. Entonces se dio a buscar otro maestro, pero ninguno de los que fue a ver quiso perder el tiempo con una vieja alucinada. Ya sin quien le diera clases, todos los días repasaba sola sus lecciones, hasta que sus viejos dedos nudosos la convencieron de que había vuelto demasiado tarde al teclado.
El día que llegué a casa y no vi el piano —mi padre, con la anuencia de mamá, lo había vendido— comprobé, una vez más, que la muerte tiene muchas maneras de anunciarse.
