Cubanas y cubanos: Manuel Moreno Fraginals, un cubano del exilio moral

Hoy, en su blog El tono de la voz, Jorge Ferrer nos recuerda que el pasado viernes, día 9, se cumplieron siete años de la muerte de Manuel Moreno Fraginals. Motivado por este recordatorio, reproduzco aquí mi artículo “Un cubano del exilio moral”, publicado en la Revista Hispano Cubana (Nº 11, Madrid, 2001).

Una entrañable amistad me unió, durante no sé ya cuántos años, a Manolo Moreno Fraginals. La noticia de su muerte me llega casi a continuación del fallecimiento de mi padre y adensa la tristeza de estos días.

La última vez que vi a Moreno en Cuba fue en mi casa, en enero o febrero del 92, a punto de irme al exilio. Fue aquélla la única visita que me hizo en Infanta 15, y la hizo para darme respaldo moral y ofrecerme ayuda económica cuando, despojado de mi puesto de trabajo y vetado como escritor por el Gobierno de Castro, sin entradas ya para sostenerme en la isla, lidiaba con la burocracia de Inmigración, que se entretenía en no negarme ni concederme el “permiso de salida”.

En el exilio nos vimos en una sola ocasión y fue durante su última estada en España. Una tarde salimos de la Fundación Hispano Cubana, donde él había dictado una conferencia, y echamos a andar por la madrileña calle Génova rumbo a su hotel. Hicimos el trayecto hablando de Cuba. Compartí, y comparto, sus severas objeciones al régimen castrista, así como su pesimismo respecto al futuro inmediato de nuestro país.

La postura adoptada por Moreno, en sus últimos años, frente a la “revolución” hizo inevitable su salida definitiva de Cuba, que se produjo poco después de la mía. Fijó su residencia en Estados Unidos. El principal de los periódicos de Castro, en una tortuosa gacetilla necrológica que le dedicó cuatro días después de su fallecimiento, injuria a Moreno afirmando que “hizo humillantes concesiones intelectuales y políticas para ser aceptado” en Miami. Es una infamia. Moreno no había hecho concesiones en Cuba, por eso al final tuvo que irse, y tampoco las hizo en el exilio. Era un hombre de convicciones y de acrisolada honradez intelectual, de lo cual da fe su extensa obra de historiador y ensayista. ¿Y qué necesidad tenía de hacer concesiones para ser aceptado en Miami, si allí y en los círculos académicos del resto de Estados Unidos era conocido y altamente valorado desde hacía años?

Meses después de habernos convertido mi mujer y yo en los únicos exiliados cubanos en la ciudad de Cádiz, leí, en El Nuevo Herald (edición del 20 de abril de 1992), una entrevista que Andrés Oppenheimer le hizo a Moreno, estando éste todavía impartiendo clases en La Habana (serían sus últimas clases en Cuba antes de exiliarse). Con la honestidad y el rigor analítico que lo caracterizaban —pilares, con su envidiable erudición, de los renovadores aportes que hizo a la historiografía cubana—, en esa entrevista Moreno comenta la situación política y económica de la isla, incluyendo en sus comentarios algunos pronósticos que hoy, nueve años más tarde, son realidades a la vista de todos. Por ejemplo, a la pregunta de Oppenheimer de cómo iba a ser Cuba en el año 2000, Moreno responde: “No la veo como un lugar lleno de felicidad y prosperidad. Continuará siendo un país pobre… lleno de conflictos”. Pero añadió: “Un país pobre capitalista, aunque pueda adoptar formas de socialismo democrático…” Sin duda, pensaba que en el 2000 ya se hubiera producido el cambio de régimen.

He vuelto a leer esta entrevista y otra vez he sentido la tristeza que en ella destilan las palabras de Moreno. Para él, como para tantos que creímos ver —o queríamos creer— que en 1959 Cuba había encontrado la manera de transformar en realidades los ensueños martianos, e incluso los marxistas, el fiasco —en primer lugar ético— de la revolución cubana constituyó un desencanto demasiado doloroso para aceptarlo sin queja o protesta. El fraude en lo ético —el daño más grave que la revolución castrista ha infligido a Cuba, el más difícil de superar— es el que ha determinado que en la emigración cubana, además de exiliados políticos y económicos, haya también exiliados morales, sólo o eminentemente morales. Somos los que nos fuimos de la isla por asco. Moreno era, ¿quién puede ponerlo en duda?, un exiliado moral.

Hay un texto de Moreno que me parece revelador de su personalidad, de sus exigencias profesionales, de su formación marxista y de lo que, en el orden de la historiografía y, en general, del trabajo con las ideas, esperó de la revolución. Me refiero a su ensayo La historia como arma, fechado en octubre de 1966. Es un texto en que su entonces entusiasta apoyo al proceso revolucionario no le impide hacer observaciones críticas sobre el inexistente interés oficial por un acercamiento serio al pasado de la nación —un acercamiento que él sí realizó en su obra y que dio frutos como El ingenio, su trabajo de mayor envergadura y una de los libros capitales de la historiografía cubana del siglo XX—. Después de preguntar “¿qué hemos hecho por la creación de la nueva historia, del nuevo historiador?” y de responder que “Hay un clamor general por una historia nueva, por una forma distinta de ver el pasado, que no ha sido satisfecho en la etapa revolucionaria”, plantea que ha llegado el momento de “crear al historiador nuevo que nos entregue la historia nueva”. Pero hace una advertencia importantísima que denota la seriedad de su planteamiento: “Quizás si el peligro mayor esté en el seudomaterialismo histórico que emerge y florece en los períodos de transición como una forma de oportunismo intelectual y que confunde fácilmente a la juventud”. En este punto, Moreno es contundente: “Si no se llega a la raíz, la oposición a los mitos burgueses se transforma inicialmente en una actividad iconoclasta…” Para él no se trata de “Bajar de su templo a los dioses burgueses y poner en su lugar los nuevos dioses”, sino de “descubrir las leyes dialécticas de nuestra historia” partiendo de “imprescindibles investigaciones”. Y precisa: “obsérvese bien claramente que decimos descubrir y no aplicar; porque el otro gran fraude histórico consiste en tomar determinados esquemas materialistas, de la manera más simplista, y hacer con ellos un molde rígido donde depositar los datos”. Demasiado rigor intelectual, demasiada responsabilidad profesional para un régimen como el castrista, cuyo único interés, en relación con la historia, no ha sido sino el de manipularla en consonancia con sus fines políticos y propagandísticos, como se puso de relieve en el elocuente “caso CEA”, aquella purga efectuada por el Gobierno cubano, en 1996, en el Centro de Estudios sobre América —organismo adjunto al comité central del Partido Comunista— por no “coincidir”, con los oficiales, los criterios de los investigadores de dicho Centro.

Con su comportamiento ante el presente cubano, Moreno demostró que tener una concepción materialista de la historia no implica estar en disposición de ser vocero de la dictadura. Bastantes son, en cambio, los intelectuales no marxistas, incluso con creencias religiosas, que siguen sirviendo al castrismo en estos momentos, cuando ya no puede confundir a nadie.

La muerte sorprendió a Moreno mientras dirigía los trabajos preparatorios de una enciclopedia histórica cubana destinada a publicarse en Estados Unidos y España. Me vanaglorio de haber accedido a enrolarme en esta empresa y creo que ha sido un duro golpe para la historiografía cubana que Manolo Moreno Fraginals nos haya dejado subidos a los andamios, con la obra a medio hacer. Su recuerdo y su ejemplo no bastan: echamos de menos su vitalidad y su sabiduría.

Balada para un loco

Teódulo López Meléndez, Caracas.

“Media luna en la cabeza, las rayas de la camisa pintadas en la piel, dos medias suelas clavadas en los pies y una banderita de taxi libre levantada en cada mano”. Apenas he puesto “media luna en la cabeza” en sustitución de “medio melón en la cabeza”. Es claro para los tangófilos que hablo de “Balada para un loco”, la inolvidable pieza de Astor Piazzolla a la que el poeta Horacio Ferrer puso letra. Es posible que caminando por Buenos Aires lo haya visto en mi imaginación, tal como el poeta lo consideró, “mezcla rara de penúltimo linyera y de primer polizonte en el viaje a Venus”. Es posible que haya visto como los maniquíes le guiñaban, como lo semáforos le daban tres luces celestes y las naranjas del frutero de la esquina le tiraban azahares.

Es posible que Ferrer se haya inspirado en un personaje real. No logré verlo en mi realidad, pero lo asocio ahora –cuando de locura se trata- a ese personaje que recorre las avenidas de Barcelona y se interna en las ramblas completamente desnudo con un calzoncillo tatuado en la piel y el pene lleno de pearcings, al que logré ver para sorpresa de muchos catalanes que habían oído hablar del personaje y que nunca se lo habían topado. Pero volviendo a Buenos Aires lo cierto es que leí toda la poesía de Horacio Ferrer mientras recordaba a Rafael Caldera, otro amante del tango. Me lo contó el chofer que lo llevó: en uno de sus viajes el expresidente venezolano manifestó tímidamente un deseo: quería ir a la calle Corrientes, al número 348. Para un amante del tango eso era una petición absolutamente entendible. En ese número de esa calle transcurría otra pieza inmortal donde se producían “a media luz los besos, a media luz los dos”. La decepción de Don Rafael fue total; allí, en ese número mágico cantado, sólo había un garaje. Nunca le dije al presidente Caldera que conocía la anécdota; tal vez le hubiese argumentado que en los garajes también es posible estar a media luz.

No hay duda: las tardes de Buenos Aires tienen ese qué se yo. Ella me llevó en un largo recorrido a un arrabal, quería que viese la verdad de la ciudad, sus intimidades, el corazón de donde brotó el tango. Allí no había un montaje teatral, allí no se escenificaba una pieza de algún dramaturgo underground. Eran los vecinos bailando, con sus sombreros y sus pañuelos, era la naturalidad de Buenos Aires, era el espectáculo de la verdad. No me atreví a decirle, después de esas imágenes inolvidables que conservaré siempre en mi memoria, que quería ir a la calle Arenales a ver al loco del poeta Ferrer sacándose, para saludar, el medio melón de la cabeza. Al fin y al cabo ya le había dicho que mi preferido era Goyeneche, el polaco, el ya viejo con la voz oscurecida por el alcohol, el mismo que cantó “Balada para un loco” en el Teatro Colón acompañado por Piazzolla en una grabación memorable que conservo como un tesoro, provocando su mirada de reproche (la de ella).

Los locos no son únicamente los que inventó el poeta Ferrer. El loco de Ferrer era bello, era uno que veía la luna rodando por Callao y sentía bailando a su alrededor un corso de astronautas y niños y además se permitía mirar a Buenos Aires desde el nido de un gorrión. Las cosas eran más difíciles: transcurrían los días de la supuesta venta de armas argentinas a Venezuela, De la Rúa asomaba su candidatura presidencial, la entrevista con la imponente señora dueña de “La Nación” se convertía en un interrogatorio. No, no se trata de un loco bello tomado de la realidad o de la fantasía por un poeta. Ahora, en el presente, se trata de otro que ha decidido meterse “media luna” en la cabeza y canta, eso sí, en cada manifestación de su afán televisivo “ya sé que estoy piantao, piantao, piantao/ ¡Loco! ¡Loco! ¡Loco!/ como un acróbata demente saltaré/”. El loco de Ferrer saltaba “sobre el abismo de tu escote hasta sentir/ que enloquecí tu corazón de libertad/”. La realidad de esta América muestra a los que saltan hacia el abismo de la historia para enloquecer con privación de libertad.

No podemos ni debemos cambiar las letras de los tangos. Sin embargo, hoy amanecí con “Balada para un loco” en la memoria y provoca parafrasear: “Subite a mi ilusión super-revolucionaria/ vamos a correr por las cornisas/ con una golondrina en los cinco motores”. Y agregar: “La reserva me da un valsecito bailador”. Las palabras son secesión, media luna, ejército zuliano, perderemos al Zulia sólo guerra mediante, no nos quedaremos inmóviles ante la agresión a Bolivia. Debe agregarle al pueblo venezolano: “Quereme así, piantao, piantao, piantao…”

No tengo la menor duda: provoca campanarios con la risa.

Felicitación y protesta

El gobierno de Cuba, encabezado ahora por Raúl Castro, nuevamente ha demostrado no tener la menor intención de cambiar el régimen tiránico que desde hace medio siglo arruina el país y pisotea los más elementales derechos de los cubanos. Fiel a su índole estalinista, el gobierno de los Castro ha vuelto a negarle a un ciudadano el derecho de viajar al extranjero. La víctima, en este caso, es la joven filóloga Yoani Sánchez, quien desde La Habana, desafiando todos los riesgos, mantiene activo su blog Generación Y, en el que comenta, con independencia de criterio e inteligente mesura, la difícil vida cotidiana en el sultanato castrista. Los dueños del Estado policíaco más longevo de Latinoamérica -Estado donde los ciudadanos son tratados como prisioneros- han impedido a Yoani Sánchez viajar a Madrid para recoger el Premio Ortega y Gasset, en la categoría de periodismo digital, que le ha concedido el diario El País. Desde Las Palmas de Gran Canaria felicito a Yoani Sánchez por su civismo, por su valentía, por su trabajo y por su premio, y protesto por el atropello de que ha sido víctima a manos de la dictadura que todos los cubanos, incluso los que se proclaman revolucionarios, padecemos.

(Por cierto, El País, que ahora lamenta que el gobierno cubano impidiera viajar a Yoani Sánchez, no hace mucho me rechazó un artículo en que yo denunciaba el caso, idéntico, de la doctora Hilda Molina. Dicho artículo, titulado “Secuestro en La Habana”, se puede leer en este blog.)

Las cartas sobre la mesa

Cuando suscribí la Declaración de Intelectuales Cubanos, en 1991, me echaron de la Unión de Periodistas y de la Unión de Escritores, y cuando firmé el Proyecto de Programa Socialista Democrático, en 1992, me privaron de mi puesto de trabajo en Radio Enciclopedia. A la luz de lo que a continuación expondré, es de suponer que mis acezantes perseguidores soñaran con echarme también de la Academia Cubana de la Lengua, de la que, a propuesta de Dulce María Loynaz, yo era miembro desde abril de 1990; pero entonces Dulce María dirigía la Academia y la poetisa no se habría prestado a semejante usurpación de los fueros académicos: bien conocidos eran su enérgico carácter y su independencia de criterio, así como el abismo ideológico y ético que la separaba del régimen. Para mí está claro que mi expulsión de la Academia quedó pendiente, a la espera de un buen momento para ejecutarla. Y al fin llegó el ansiado momento. Fue cuando Dulce María, nonagenaria y enferma de muerte, pasó al limbo de la dirección honorífica y su puesto fue ocupado por el viejo profesor Salvador Bueno, personalidad opuesta a la de su antecesora y al que los jóvenes poetas habían colgado el remoquete de Salvador Pésimo.

A mediados de 1996, pocos meses después del fallecimiento de mi mujer —llevaba yo casi cinco años fuera de Cuba—, recibí, en la residencia universitaria donde viví en Las Palmas de Gran Canaria, una carta de Bueno fechada el 25 de junio de ese año. Después de darme el pésame, me dice, haciendo gala de su peculiar sintaxis: “Debo hablarte de la Academia Cubana de la Lengua de la que soy ahora Director. Hace más de dos años que no tenemos noticias tuyas. Según el Art. 18 de los Estatutos vigentes el académico que no haga solicitud de licencia en ese tiempo hay que reconocer que no desea continuar como miembro de esta corporación. Pero pienso también y también nuestros otros colegas que tú puedes convenir de la Real Academia Española que tú figures como miembro correspondiente de ella en Islas Canarias. Piensa sobre el particular. Deseo que me comuniques tu decisión, cualquiera que sea”. Con fecha 11 de agosto le respondí: “En relación con la licencia académica a que te refieres en tu carta te confieso que no la he solicitado porque ignoraba que debía hacerlo. Mi deseo es continuar siendo miembro de la Academia Cubana de la Lengua”.

Días después recibí la segunda carta de Bueno, fechada el 31 de julio: “Ayer, día 30, recibí tu carta. Me parece que no fui suficientemente explícito en la mía. Para ser miembro de la Academia Cubana de la Lengua es necesario residir en La Habana. Si vives en Holguín o en Matanzas, puedes ser miembro correspondiente. Alejandro está como miembro correspondiente en México, Santiago Castelo, es miembro correspondiente en España. Por lo tanto, puedes ser miembro correspondiente en Las Palmas, si te parece bien. (Las cursivas son mías.) O también puedes lograr que la Real Academia Española te designe miembro correspondiente en Las Palmas. Espero que me haya explicado bien”. El 29 de septiembre le contesté: “respondiendo tu carta del 31 de julio, lo que hago con cierta demora porque tuve que viajar a Italia, te comunico que estoy de acuerdo con ser miembro correspondiente de la Academia Cubana de la Lengua en Las Palmas de Gran Canaria. Te ruego que me envíes un documento oficial de la Academia en que ésta certifique mi condición de miembro correspondiente”.

El viejo Salvador, atrapado en la chapuza que lo obligaban a hacer –no creo que por su cuenta se hubiera atrevido a hacer semejante cosa-, el 2 de diciembre me escribe una carta en la que, oscilando entre la arterioesclerosis y el cinismo, me dice: “No he recibido aún respuesta a la segunda carta que te envié. En ella te sugería cuáles eran las vías que podías escoger en relación con tu condición de académico. No podías mantenerte como académico de número de la Academia Cubana de la Lengua en cuanto no vives en La Habana ni en sus cercanías para poder asistir a sus sesiones. Tampoco como cubano podías ser miembro de nuestra Institución como correspondiente ya que no resides en el territorio nacional”. (Las cursivas son mías.) Y a seguidas, escudándose en la masa de académicos –Fuenteovejuna, señor–, invoca una sesión de la Academia que supuestamente se realizó el 28 de noviembre de aquel año, en la que, según su versión, tuvieron, “lamentablemente”, que aplicarme los Estatutos. De acuerdo con confidencias que me hizo un académico de toda mi confianza, cuyo nombre me reservo para no crearle problemas, la tal sesión no se celebró por falta de quórum.

En respuesta, le escribí a Bueno el 20 de enero de 1997: “En primer lugar, me aseguras que no has recibido mi respuesta a tu carta del 31 de julio. Mi respuesta a esa carta tuya la he enviado dos veces a tu dirección: la primera, el 29 de septiembre del 96; la segunda, acompañada de otra carta, el 23 de diciembre del mismo año. Aquí te van copias de ambas. / En segundo lugar, me dices (cito textualmente): “Tampoco como cubano podías ser miembro de nuestra Institución como correspondiente ya que no resides en el territorio nacional”. Sin embargo, en tu carta del 31 de julio del 96 me dijiste (cito también textualmente): “Alejandro está como miembro correspondiente en México. [...] Por lo tanto, tú puedes ser miembro correspondiente en Las Palmas, si te parece bien”. Aquí hay una contradicción que te ruego me expliques. / En la primera carta que me remitiste, la del 25 de junio del 96, en la que por primera vez me hablaste del Art. 18 de los Estatutos, me dices: “Hace más de dos años que no tenemos noticias tuyas”. Todos los miembros de la Academia Cubana de la Lengua saben dónde estoy, desde cuándo y por qué. No me parece necesario que yo les explique la causa que desde hace cinco años me impide asistir a las sesiones académicas. Por tanto, pido a la Academia, a través de ti, que me conceda la licencia que permite el párrafo de los Estatutos que dice: “Los académicos que por causa justificada no puedan temporalmente asistir a las sesiones de la Academia, podrán solicitar se les considere en situación de licencia por el tiempo que fuere menester”.

La última carta que recibí de Salvador Bueno, en respuesta a la mía anterior, tiene fecha 30 de abril de 1997, y es ésta: “En tu carta de 20 de enero de 1997 te refieres a mi carta fechada el 2 de diciembre, de 1996. En dicha carta me refiero al acuerdo unánime (cursivas mías) de los académicos, reunidos el 28 de noviembre del 1996, de aplicarte el artículo 18 de nuestros estatutos de 1971, ahora vigentes. Parece que no te enteraste bien del contenido de dicha carta. Desde mi primera carta te hablé de dicho Artículo 18, que, según tus palabras, ignorabas. En enero, cuando recibiste mi última carta recurres a los Estatutos seis meses después de haberte hablado de ellos. Individualmente algunos de tus amigos podían saber por donde andabas, pero en la Academia Cubana en ningún momento, desde 1992 a 1996, se recibió ninguna comunicación tuya sobre el organismo o institución de la cual formabas parte”.

Seguramente el lector ha notado que el distraído profesor Bueno pasa de largo frente a su contradicción, mirando hacia otra parte. No valieron las señas que le hice para que me la explicara.

El 10 de junio de 1997 decido poner punto final a este dilatado juego del gato maula con el mísero ratón y envío a la Academia la siguiente carta:

Señores académicos, el nuevo Director de la Academia, profesor Salvador Bueno, me ha comunicado que el 28 de noviembre próximo pasado ustedes acordaron por unanimidad, apoyados en el Artículo 18 de los Estatutos, separarme de esa corporación.

Si yo desconociera lo que está aconteciendo en nuestro país, me resultarían incomprensibles el celo canónico y la inflexibilidad con que ustedes, conocedores de la situación en que me encuentro, han procedido a aplicarme los Estatutos. Ni siquiera les debo la cortesía, elemental entre colegas, de alertarme acerca de la solicitud de licencia que, en casos como el mío, exige el citado Artículo 18. El señor Salvador Bueno me recordó este trámite cuando el plazo para que yo efectuara la solicitud se había extinguido.

Desde que, a mediados de 1996, recibí la primera carta del señor Bueno tuve la sospecha, casi la certidumbre, de que se había puesto en marcha un procedimiento para sacarme de la Academia. En 1991, el régimen me echó de la UPEC y de la UNEAC (por cierto, con la rúbrica de algunos de ustedes), y en 1992, transgrediendo su propia legislación, me despojó de mi puesto de trabajo. Sólo le faltaba echarme de la Academia, lo cual le resultaba difícil por el carácter autónomo de ésta. Ahora, con la colaboración necesaria de ustedes, lo ha conseguido.

Aunque ser miembro o no de esa Academia, sobre todo hoy, es tema que no me quita el sueño -comprenderán, señores que en mis circunstancias he perdido demasiadas cosas muchísimo más importantes para mí que el status de académico-, me tomo la molestia de hacerles saber que no acepto como baja reglamentaria lo que a todas luces es una expulsión de índole política. Aparte de esa desmesurada rigidez de lictores inapelables que han asumido ustedes en mi caso -de por sí más que sospechosa-, los titubeos y las flagrantes contradicciones que saltan a la vista en las cartas que me ha dirigido el señor Bueno bastan para comprender que la sanción que me han aplicado responde a un imperativo ajeno a la naturaleza y a los fines de la Academia.

La Real Academia Española, que durante décadas les conservó sus sillones a académicos que emigraron por motivos similares a los míos —dando con ello un ejemplo de dignidad y decoro que ustedes no han sido capaces de imitar—, está enterada por mí de este bochornoso asunto.

Para terminar, subrayo que no abogo por mi reingreso en la Academia Cubana. No deseo que ustedes revoquen el acuerdo mediante el cual me expulsaron. Ni me interesa ni me apetece compartir con ustedes absolutamente nada.

La Real Academia Española me hizo saber, a través de mi buen amigo el lingüista Valentín García Yebra, ex Secretario de esa corporación, que en junta de gobierno atendió mi caso y acordó que, habiendo sido yo nombrado académico correspondiente de la RAE, el cambio de mi situación con respecto a la Academia Cubana no tenía por qué modificar mi relación con la Española.

A continuación, las cartas intercambiadas entre la RAE y yo a propósito de la exclusión de mi nombre de la lista de académicos publicada en la más reciente edición del Diccionario; cartas que se explican por sí solas y que constituyen, por el momento, el último capítulo de esta historia.

Las Palmas de Gran Canaria,
22 de Octubre de 2001

Sr. D. Víctor García de la Concha,
Real Academia Española de la Lengua,
Madrid.

Estimado señor Director,

me dirijo a usted con el ruego de que se me explique el motivo por el cual mi nombre no figura en la lista de Miembros Correspondientes de la RAE que aparece en la más reciente edición del Diccionario.

Adelantándole las gracias por la atención que preste a esta carta, le envío un cordial saludo.

Manuel Díaz Martínez

***

Sr. D. Manuel Díaz Martínez,
Los Ayacuchos, 27, 3º Izqda
35012 Las Palmas de Gran Canaria

8 de noviembre de 2001

Muy señor mío:

En relación con su solicitud, debo comunicarle que han sido las propias Academias americanas las encargadas de preparar la información que debía aparecer en el Diccionario, y que nosotros no hemos hecho más que recoger. No obstante, lamentamos el error que ha hecho posible su desaparición de la lista que nos han remitido, y esperamos poder resolverlo en próximas ediciones.

Domingo Ynduráin

***

Las Palmas de Gran Canaria,
20.XI.2001

Sr. D. Domingo Ynduráin,
Secretario de la
Real Academia Española,
Madrid.

Estimado señor Ynduráin,

le doy las gracias por la respuesta a la carta que el pasado 22 de octubre remití al Director de la RAE.

Adjunta a la presente le envío copia de un fragmento de mi libro de memorias Sólo un leve rasguño en la solapa. Cuando usted lea este texto, comprenderá que la desaparición de mi nombre de la lista enviada por la Academia Cubana no se debe a un “error”. De este asunto informé, en su momento, a mi muy admirado y querido amigo D. Valentín García Yebra, quien a su vez lo trasmitió, con la documentación que le dejé, a la RAE. Lo que se me informó entonces desde la RAE, a través del propio García Yebra, es lo que digo en el último párrafo del texto cuya copia le estoy mandando. De modo que entiendo que la RAE me reconoce como Miembro Correspondiente Hispanoamericano, independientemente de que la AC me incluya o no en sus listas. Si estoy equivocado, le agradeceré que me lo diga.

A la espera de su respuesta, aprovecho la ocasión para saludarlo.

Manuel Díaz Martínez

No hubo respuesta.

De mi archivo: “Para una imagen de José Ortega y Gasset”

Gastón Baquero

Al apagarse en Madrid, a los setenta y dos años de edad, la voz de José Ortega y Gasset, el mundo culto ha perdido una de sus máximas galas contemporáneas. Esa muerte, para España, vale tanto como la pérdida de un cetro, porque José Ortega y Gasset, al quedar inscripto entre “los doce pares de la inteligencia europea”, inscribía a España y al mundo hispánico en las primeras líneas del saber universal.

Cuando se miraba hacia allí, luego de la muerte de Unamuno, el ánimo ansioso de confirmar la perduración de la grandeza, espumaba de entre todas las tragedias, crisis históricas, inactualidades, el nombre de Ortega y Gasset. Era como una señal luminosa en medio de lo oscuro. La prodigiosa exultación de su inteligencia desbordaba lo español, y avanzaba hacia lo universal con el viejo paso de los conquistadores. Otros sabios hubo y hay; otros nombres venerables en las ciencias, en las letras, en las artes, quedan y quedarán a España; pero el resplandor de Ortega, su universalidad, su puesto entre los creadores de dimensión mundial, representaban un trono y un imperio.

Esa proyección de una personalidad española en el escenario de la cultura mundial revela por sí misma el impacto que esa figura producía. Hoy, por razones de complejidad evidente, los tiempos no se inclinan a lo hispánico, y la manifestación del espíritu creador bajo idioma español, conlleva limitaciones incalculables a la hora del enjuiciamiento certero, a la hora de la justicia. El idioma español se ha quedado como en un rincón de la historia, en espera de tiempos mejores, o resignado con el uso doméstico y natural; pero no vienen a él los grandes centros de la cultura, de la ciencia, de las artes. Para conquistar fama allende las fronteras del orbe hispánico, no queda sino recibir el bautismo de la traducción al inglés, al alemán o en último término al francés, pues las dos primeras de estas lenguas poseen el imperio de la consagración, y la tercera es, todavía, una concesión hecha por el mundo anglosajón al postergado mundo latino. Siempre necesitó de la traducción el escritor; pero desde el punto en que se produjo el ocaso de las naciones latinas, con la inevitable decadencia cultural, los escritores limitados a un idioma como el español han de moverse, o dentro de España, o con circulación de paralíticos por pueblos hispanoamericanos que apenas leen, y apenas se interesan por los problemas, actitudes y proyecciones del mundo intelectual. Frente a esa escena desoladora, emerge con más sólido brillo la victoria de Ortega y Gasset sobre la indiferencia europea. Escribiendo un español extraordinario, vehículo puro de las esencias espirituales de la raza hispánica, vaso de sus virtudes y sus defectos, consiguió imponer una personalidad mundial, hacerse de un nombre y de una repercusión considerable. Se le tradujo porque ya resultaba impostergable su difusión por tierras alemanas, inglesas, norteamericanas.

¿Y en qué consistía esa obra a la que concedemos tanta significación y relieve? Consistía, ante todo, en una exposición prodigiosa de inteligencia, en un deslumbrador derroche de talento. José Ortega y Gasset daba vida a una de las sensibilidades más depurada, alertas, laboriosas que el mundo actual ha conocido.Se levantó, en la España de principio de siglo con la erguida prestancia de un pararrayos. Y desde el momento en que comenzó a poner en letras sus pensamientos, sus observaciones, sus puntos de vista, ya no fué posible olvidar por un instante aquella figura neta, rotunda, del pensador arrojado. ¿Cuál iba a ser su especialidad? Los hombres que le precedieron en la misión de enseñar y en la más delicada e insólita de pensar, abrazaron una especialidad, una zona o parcela del saber a la cual dominaban como un domador su foca. La especialidad de Ortega iba a consistir en no tener especialidad. Miró en torno, recién cumplidos sus veinte años, y se azoró de la anemia espiritual española. Los hombres del 98, pese a la energía de Unamuno, a la dinámica visual e irónica de Baroja, a la serenidad de Azorín, a los rebuscamientos literarios de Valle, conservaban un molesto sabor a dolientes. Vivían como petrificados en la contemplación del desplome histórico de España; gesticulaban, iban y venían, echaban a voleo programas y proclamas, pero en el fondo vivían como hipnotizados por el estupor de España. El más audaz de los viajeros, Unamuno, se echó de cabeza entre la niebla y la confusión, con el grito de un titán suicida. La tendencia secreta a volverse hacia el pasado, como si el pasado fuese una respuesta para el porvenir, inquietaba a los jóvenes provistos de cabezas claras. Entre esos jóvenes, el señor de señores, el precoz emperador, era José Ortega y Gasset.

El desagrado y repudio de lo circundante determina en el estudioso ejemplar –aparece ya en 1902 con leyenda y halo de talento espectacular–, la decisión de incidir sobre el ambiente, sobre la circunstancia, a fin de modificarlo para modificar los hechos y los hombres. Debe observarse con detenimiento la reacción de Ortega frente al ambiente español que va de 1900 a 1914, porque en el alto calor provocado en su alma por las flaquezas, depresiones y pesimismos patrios, está el horno de su gran aventura, el trampolín desde donde se arroja hasta el fondo de la excitación, el llamamiento y el estruendoso despertar. Ama a su patria en forma arrasadora; porque la ama tanto, no gusta de la fisonomía que presenta. Su gesto de reproche inicial –desde sus primeros artículos, antes de llegar al libro, ya se nota la irritación del amante cuando contempla en mala figura al ser amado–, no ha de abandonarlo jamás. Lo primero que le saca de quicio es la acumulación enorme de mentiras, patrañas, interpretaciones caprichosas, clisés y lugares comunes. España está como queriendo engañarse a sí misma por boca de escritores, poetas, pintores mediocres, dramaturgos falsos. Hay un miedo a la verdad, que empavorece. Y ese joven meditativo, vocado a pensar y repensar las cosas, siente como a sus labios suben las heces de sus sufrimientos y preocupaciones bajo forma de amor apasionado a la verdad. Tiene de la juventud genuina la fiebre de lo veraz. “Yo he buscado en torno –dice–, con mirada suplicante de náufrago, los hombres a quienes importase la verdad, la pura verdad, lo que las cosas son por sí mismas, y apenas he hallado alguno. Lo he buscado cerca y lejos, entre los artistas y entre los labradores, entre los ingenuos y los “sabios”. Como Ibn-Batuta, he tomado el palo del peregrino y hecho vía por el mundo en busca, como él, de los santos de la Tierra, de los hombres de alma especular y serena que reciben la pura reflexión del ser de las cosas. ¡Y he hallado tan pocos, que me ahogo!”

Aquí está el retrato de Ortega pintado por él mismo. Fué un hombre que persiguió con tenacidad de alucinado el huidizo perfil de la Verdad. Su guerra al capricho, al juego mental fiado en intuiciones, a las pretendidas “verdades históricas y científicas” que no se apoyaban en ciencia histórica y en ciencia verdadera, le muestran a lo largo de su obra como un hombre propenso a regañar, desilusionar y hasta a poner en ridículo a los presuntuosos. Nada de verbalismo hay en él; no se le puede engañar con largas tiradas de versos, ni con parrafadas huecas, ni con gestos destinados a configurar de “personaje” a un Pacheco. Ortega pide cuentas en forma precisa, sin escapatoria ni rejuego. Los que no saben, y dicen que saben, e intentan confundir más a los confundidos y enmarañar más los caminos de la verdad, tienen en Ortega un flagelo. No injuria, pero enseña. Combate, ante todo, el resultado inexorable de la ausencia de verdad, que es el chauvinismo, que es la patriotería. Señala los errores y atrasos de España con más rigor y dureza que nadie. Su patria la tiene en el corazón, mas no como pétalo, sino como espina. Donde veía la superioridad, reconocíala sin el menor aldeanismo; si España resultaba inferior a una nación cualquiera en esto o en lo otro, Ortega lo proclamaba, y seguía adelante. “Lo siento mucho”, afirmó en una ocasión, “pero yo no puedo fundar mi patriotismo en una deshonestidad”.

Por honestidad, se hizo el campeón irreductible, fanático sacerdotal de la verdad. Y para llevar ésta a los ojos y a los sentimientos de un pueblo y de una raza largamente engañados, no halló mejor medio que el de hacer desfilar ante esos ojos el espectáculo de la ciencia. Comenzó por mover en el escenario de su teatro grandioso la propia figura de España, tomándola desde su representación ultraesencial: Don Quijote. Su libro “Meditaciones del Quijote”, que muchos tienen por su obra capital, es un estupendo análisis de la última verdad española, de la ultimidad y mismidad de lo español. Luego, una vez en pie la imagen genérica del alma patria, Ortega comienza su labor pedagógica, se presenta como un modesto pedagogo del mirar, como un hombre que va a contentarse con la humilde tarea de enseñar a ver lo que ocurre en derredor de uno. Ha observado que las desdichas espirituales de España provienen de que el español no quiere en modo alguno tener perspectiva, abrirse al mundo, sino que se consuela o se fatiga teniendo prejuicios, terquedades, caprichos, invenciones y el profesor se sienta a contemplar el mundo en torno, e invita a las gentes a acompañarle en ese menester de trivial apariencia. Y en cuanto se le acepta que comience a ver en compañía lo que acontece hombre afuera, ya está el acompañante cogido en una trampa magnífica, entre los hilos de una araña de acero: estudio tras estudio, Ortega va tejiendo los tomos de “El Espectador”, que en última instancia no son otra cosa que manuales para ir brujuleando en busca de la verdad. lecciones sobre el arte de mirar. Ortega se propone, con “El Espectador”, luchar contra las deformaciones visuales y mentales que el hombre realiza adrede, para no ver destruida una ilusión o un capricho que él ha tomado como modelo y trasunto veraz de un objeto o de una idea. Esa labor pedagógica la lleva a cabo artísticamente. Como si quisiera predicar con el ejemplo, él, que habla de precisión, conocimiento a fondo, obediencia a la realidad y a la verdad, comienza por escribir con un estilo que es expresivo de la verdad idiomática española. Y como al mismo tiempo es un alto profesor quien habla, utiliza las formas más sutiles de atraer la atención y de penetrar en el ánimo de quien le leyere. Es famoso por la abundancia de metáforas, por los giros exactos que emplea a fin de ofrecer símiles, sinónimos, comparaciones idóneas para explicar una proposición. Algún crítico se ha atrevido a reprocharle “ciertas cosas chabacanas”, porque Ortega, hombre de letras muy viriles, no se arredra ante ningún vocablo ni ante evocación o símil de ningún género. Gracias a esto, la plástica de sus metáforas, la riqueza y rotundidad de sus párrafos, provienen casi siempre del empleo diestramente dosificado de expresiones elevadas y de términos comunes. “Viniendo de la Hélade –citemos para recordar un solo caso–, la entrada en la Edad Media nos parece el ingreso en un horno. No se ve claro; la energía vital no se consume en luz derramada sobre el universo; se concentra en calor dentro de la persona. El germano vive de su alma y de su vitalidad. El espíritu es cosa a la que va poco a poco llegando, merced a aprendizaje y adquisición. Relativamente –recuérdese que sólo hablamos de relatividades–no le es nativo. Necesita beberlo en las ubres de Grecia”.

Pero el estilo eminentemente gráfico, descriptivo de Ortega –un ensayo publicado sobre esta materia, en la Revista de Occidente, por un J. Lillo Rodelgo que olía a pseudónimo a la legua, se titula: “José Ortega y Gasset: la manera veneciana de sus paisajes–, no es sino una consecuencia de su amor a la verdad. Ese estilo pictórico va dirigido a persuadir sobre la exposición de pensamientos que el autor se propone. Quiere enseñar a ver, adiestrar en el ejercicio de algo tenido por tan sencillo y habitual que no necesita aprenderse, pero que en realidad es la preocupación mayor de los filósofos y pensadores genuinos de todas las épocas: ver con precisión, con netitud, sin telarañas ni cortinas de humo precautoriamente alzadas a fin de no ver lo que no nos conviene, o a fin de hacer del mundo circundante un objeto cortado a nuestra personal imagen y semejanza. Ortega se empeñó en una cátedra de objetividad, porque vió al español –y por ende al hispanoamericano–, enfermo de subjetividad, de sensiblería ñoña y desnaturalizante. ¡Mirad cómo son las cosas, pero miradlas desde las cosas, no desde vuestra imaginación ni desde vuestros prejuicios!, parecía clamar a cada instante. Y para realizar en forma más enérgica, persuasiva y sincera su misión de pedagogo de la mirada, Ortega apoyaba su método de análisis, sus recetas para reconocer la realidad, en un pensamiento filosófico propio.

El pensamiento filosófico de Ortega y Gasset –es bueno advertirlo cuantas veces surja este tema, de tantas espinas y de tantas pugnacidades–, no está expuesto en forma sistemática en sus libros, sino, como él acostumbraba a decir, está insinuado, desde en su ensayo titulado “Adán en el paraíso”, hasta su aparición “formal” en “Meditaciones del Quijote”, y su aplicación como tal pensamiento filosófico a una tesis en “El tema de nuestro tiempo”. La manifestación sistemática, concluyente, de ese pensamiento, iba reservándola Ortega de libro en libro para futuros “mamotretos de los cuales ando parturiento”. Afírmase que quedan inéditos sus libros capitales, para desarrollar su filosofía. La evolución de ésta, que tendió siempre a una superación, tanto del idealismo como del realismo, pasó por las etapas de perspectivismo, raciovitalismo, existencialismo –no confundible en modo alguno con lo que se viene denominando así literariamente–, y por fin historismo, donde desembocaban las tesis y postulados de Ortega a lomos de lo que llamaba la razón histórica, médula de su pensamiento. Fué él, irrebatiblemente, de los primeros en proclamar la convicción de que la vida humana tiene su realidad radical en la propia existencia y existir de la vida, y en esa existencia radica un proceso que vitalmente adopta forma de razón y sentido de radical realidad, para lo histórico como para lo desnudamente vital.

Pero en tanto aparecen esos libros póstumos, mensajeros de la suprema meditación de Ortega, no ha de juzgarse su pensamiento con excesivo rigor, ni aun es razonable condenarle o adherírsele sin más. Un pensamiento filosófico propio –¡cosa tremebundo y singular si las hay!– no puede apreciarse desde lo fragmentario, y menos desde lo insinuado, por obvia que sea la insinuación. Ortega reservó para la cátedra las explicaciones amplias y jugosas de su pensamiento; al libro iba llevando reflejos, anticipos de las explicaciones muy lúcidas y cabales que poseía, mientras aplazaba su publicación concreta y explícita para unas calendas que ahora cristalizó la muerte. Mientras llega esa sazón de estudiarle en cuerpo entero como a filósofo productor de un pensamiento personal, nadie puede disminuirle el homenaje debido a su inteligencia, a su misión de educador, a su concepto del deber. Ortega dejó, en libros como “La rebelión de las masas”, insuperables modelos de observación. Sobre esta conclusión suya, o sobre aquella deducción que de los hechos obtiene, podrá el lector, a lo que dé su preparación y su criterio, coincidir o rechazar; pero lo que resulta imposible hacer con Ortega es permanecerle indiferente. Apasionante y atractivo como un buen hechicero, escribe las cosas más profundas con aire y perfume de leyenda, de fábula. El prodigio de su instrumento literario fue afinándose con los tiempos, y a la hora en que se sentara a escribir páginas como las que forman el prólogo a “Veinte años de caza mayor” (1942), la lengua que estampa está hecha de diamante y de pura vida. Sugiere tantas ideas, reflexiones, mundos nuevos, que su labor, en el peor de los casos, cuando choque con la mente más cerrada o con el juicio más opuesto, produce una cosecha espléndida. De Ortega se sale, siempre, enriquecido, con los alimentos del alma crecidos hasta un grado de tensión y de jugo que pocos autores son capaces de despertar. Por mucho que se rechace de sus ideas, de sus actitudes ante ciertos problemas, hay dentro de él algo que nada ni nadie puede obnubilar: su capacidad para limpiar la mente de pesos muertos y de lugares comunes. Ortega es un vivificador. Quien no haya pasado por sus manos no sabe lo que puede dar de sí. Luego de leerle, cada hombre ha recibido un baño interior, y está en ánimos de saltar, como un atleta pindárico, hacia los reinos de su propio ser.

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Revista Carteles, La Habana, 1955.

Los relámpagos de Saturno

Teódulo López Meléndez, Caracas.

La sonda espacial de la NASA y de la Agencia Espacial Europea revela que en Saturno se producen relámpagos diez mil veces más poderosos de los que conocemos en la Tierra, o es que la sonda imperialista equivocó el camino y se aposentó sobre Venezuela. Antes se nos había anunciado el descubrimiento, en una lejana galaxia, de un planeta que gira alrededor de dos soles, como en el film “La guerra de las galaxias”. Esto me ha hecho recordar a un viejo amigo que se dedica a descubrir planetas extrasolares, el astrónomo Geoffrey W. Marcy, de la universidad de Berckeley. Apenas publicada mi novela Selinunte encontré en la prensa una noticia de pocas líneas, y a una columna, donde se decía del descubrimiento de un planeta exactamente igual al que yo describía en mi texto. Guardé el recorte por meses hasta que una amiga dijo que debía escribirle a Marcy a California. Así lo hice, no sin reticencia y sin esperar respuesta, y nació un interesante intercambio de correspondencia. El brillante científico y el oscuro escritor intercambiamos criterios sobre los misterios de la literatura y de la ciencia y hasta llegó a comentarse la posibilidad de que el planeta fuera bautizado con el nombre de mi novela y de las ruinas que la inspiraron, las de la ciudad griega aposentada en las costas de Sicilia. Tengo tiempo que no me comunico con “Jeff” Marcy, apenas sé de él en las noticias donde aparece de cuando en vez anunciando sus descubrimientos y no creo que deba perturbarlo con las preguntas insólitas que ahora me asaltan: ¿La sonda Cassini-Huygens equivocó su rumbo? ¿Los relámpagos que sus sensores detectan se producen en Saturno o en Venezuela?

No, no me voy a comunicar con el astrónomo. Marcy no tiene respuestas para las tormentas venezolanas y no debe saber nada de la política local. Al fin y al cabo para la gran prensa norteamericana Venezuela no existe, a no ser por equivocación. Además, si apartara un poco de tiempo de sus investigaciones y entrara a hacer sus enrevesados cálculos para darme una respuesta podría contestarme que la explicación es que Venezuela está en Saturno. Esto ya lo sabemos sin necesidad de recurrir a consulta con uno de los astrónomos más famosos de estos tiempos.

El relámpago es un resplandor producido por una descarga eléctrica. Es, en el fondo, lo mismo que un rayo, es un potencial eléctrico, una descarga de tanta energía que la única manera que tiene de manifestarse es en la luz. En nuestro país, gracias a las nuevas normas del “gobierno revolucionario”, la descarga se traduce en una profunda oscuridad, en un apagón. No obstante, la potencialidad del estallido está aquí, aunque a la inversa de lo que sucede en Saturno. La carga potencial que arrastramos es diez mil veces superior a lo que estamos acostumbrados. Quizás deberíamos –para continuar con la astrofísica– hablar más bien del estallido de un “hueco negro”, de alguna estrella enana, de la succión que alguna estrella hace de su gemela (pues ahora los científicos parecen pensar que las estrellas siempre fueron morochas y se devoraron y se devoran entre sí). ¿Dónde está el sol gemelo de cuyos rayos se calentó este país llamado Venezuela? Fue devorado por Saturno, ahora no el planeta de los relámpagos, sino Saturnus, el dios pagano griego heredado por los romanos y, entre nosotros, de dios de la agricultura y de la cosecha pasado por la “revolución” a ser dios de la estatización, de la intervención de fincas productivas, de la falta de alimentos, dios de la inflación, lo que obligaría al gran Goya a repintar su cuadro y ahora reproducir al monstruo hambriento devorándose a un país.

Goya se quedó solo en la llamada “quinta del sordo”. Era un viejo solitario y huraño, ya no veía sino los colores sombríos, no pintaba otra cosa que personajes siniestros, sórdidos, violencia y fantasmas detrás de Saturno devorando a sus hijos. Pero he aquí una noticia perdida en el interior de algún periódico español: los estudiantes del Centro Superior de Diseño de Moda de Madrid han llevado a la pasarela nuevos bocetos donde la alegría de los jóvenes ha transformado en nueva vida las imágenes desgarradoras de los fusilamientos del 2 de mayo, donde las mujeres se mueven seductoras como renacidas Majas Desnudas que aspiran a cambiar la faz de la oscuridad, donde Saturnus se reduce a las páginas de un libro para los estudiantes que se pierden en las maravillas de la cultura grecolatina.
Debemos cambiar la oscuridad en luz. Debemos hacer que el estallido de lo negro vuelva a ser fecundidad. Lucio Quinto Cincinatto araba mientras las tropas de ecuos y volscos rodeaban Roma. En 16 días organizó al ejército, venció al enemigo, entregó el poder al Senado y volvió a su arado. La carga explosiva que se siente en la Venezuela de este momento amerita recordar que el estallido inesperado de la luz basta para domeñar lo lóbrego, para transformar la energía e indicarle a la república el camino. Transitarlo tomará años, pero lo importante será estar en el camino. Las descargas son de luz, de nacimiento y manifestación de energía, tienen un precio en un caos que busca organizarse y que no está libre de tropiezos. Espurio Melio (de aquí viene la palabra espurio) traicionó al Senado y hubo que llamar de nuevo a Cincinatto, pero eso forma parte de otra historia, de una que los venezolanos, actuando como ciudadanos, deberemos escribir.

Breve reseña de una gran bronca

En el conflicto que dio por resultado el colapso de Orígenes —publicación que ha llegado a ser emblema de una época de la cultura cubana y de una actitud intelectual de signo ético— se vieron envueltos cuatro de los representantes más notorios de la generación del 27: Aleixandre, Guillén, Cernuda y Salinas.

Todo comenzó por un texto de Juan Ramón Jiménez incluido en una serie de prosas suyas reunidas bajo el título general de “Crítica paralela”. En dicho texto se ataca de manera soez a Aleixandre y se encajan sendos puyazos a los tres restantes. Lezama, sin contar con la anuencia del otro editor, José Rodríguez Feo, publicó en Orígenes (Nº 34, 1953) la diatriba juanramoniana porque, según le argumentó a Rodríguez Feo, “no podía rechazar una colaboración de su amigo y maestro, sea cual fuese su contenido”. En una ocasión en que hablamos de este asunto, Lezama me dijo que él no quiso cargar con la responsabilidad histórica de censurar a un poeta de la talla de Juan Ramón, aun considerando que era excesiva la réplica de éste a lo dicho por Aleixandre sobre su poesía. Rodríguez Feo ha escrito al respecto lo siguiente: “Le dije [a Lezama] que comprendía el dilema en que se había encontrado, y que sólo le pedía por favor que insertase (en el Nº 35) una nota aclarando que el texto se había publicado sin mi conocimiento por encontrarme fuera de Cuba. Nunca pensé que era una enormidad lo que pretendía, y le dije que estaba seguro de que la nota no afectaría en lo más mínimo su amistad con Juan Ramón Jiménez y salvaría mi responsabilidad ante mis amigos. Lezama se negó rotundamente a complacerme y entonces le dije que no me quedaba otra alternativa que hacer el próximo número sin su participación”.

La ruptura entre ambos directores se consumó y Lezama la anunció –ya “en su carácter de editor director” único– en el Nº 35 de la revista:

ADVERTENCIA

Por su propia decisión, y con carácter irrevocable, el señor José Rodríguez Feo ha dejado de pertenecer a la revista Orígenes. El motivo alegado era su inconformidad con la publicación del artículo del señor Juan Ramón Jiménez, insertado en el número anterior. Reunidos con el señor José Lezama Lima, en su carácter de editor director, los señores Ángel Gaztelu, Fina García Marruz, Cintio Vitier, Eliseo Diego, Julián Orbón, Octavio Smith, Lorenzo García Vega, pareciéndoles correctísima la publicación del texto de Juan Ramón Jiménez, ya que se trataba de una figura histórica, por muchos motivos respetable, y en extremo responsable en sus opiniones, estando, desde luego, las personas aludidas en libertad de contestar, si lo tenían a bien, desde las mismas páginas de Orígenes. Eso era lo correcto y eso fue lo que se hizo. Lamentando la decisión del señor José Rodríguez Feo, nos vemos obligados a cumplimentarla, al mismo tiempo que Orígenes continúa su marcha y su destino.

A partir de la ruptura, comenzaron a salir dos Orígenes: la de Rodríguez Feo y la de Lezama. Pero duraron poco. Lezama no pudo costear por mucho tiempo la suya, ni con la ayuda de otros miembros del grupo, y Rodríguez Feo se dio pronto a hacer una nueva revista con Virgilio Piñera: la agresiva Ciclón.

Jorge Guillén terció en el conflicto con una carta de fecha 9 de diciembre de 1954 enviada a Cintio Vitier, que copio de la revista italiana Strumenti Critici (enero de 1988), donde la publicó por primera vez el poeta, investigador y profesor español Pablo Luis Ávila:

W. 9.12.54. Mi querido Cintio Vitier: …Seamos claros y breves. Usted me asegura que ustedes [Lezama y sus colaboradores] han procedido de buena fe conforme a un criterio que les parece justo. Yo así lo creo. No pongo en entredicho su “intención”. Por eso no “me enfado”. ¿Qué más quisie (sic) el sembrador de discordias? (Me refiero al demonio). Ahora bien… El señor Rodríguez Feo piensa que aquellas páginas de J.R.J. no debían figurar en Orígenes. Este es el criterio que yo estimo justo. Un director de revista no debe permanecer neutral, pasivo, irresponsable en ninguna ocasión; y no otra cosa me muestra la vida literaria del mundo entero. Lo más frecuente es que los directores intervengan demasiado —hasta en el estilo de los colaboradores… Yo tengo que agradecer, y mucho, al señor Rodríguez Feo que haya manifestado públicamente su insolidaridad con aquellos textos, de tan evidente bajeza, sobre todo en los insultos a la persona física de un ilustre contemporáneo (Aleixandre). (Nada semejante había sucedido desde los tiempos de Juan Ruiz de Alarcón).

Deploro que todo ello haya originado un cisma. En ese incidente yo no podría ser actor. Ni sé nada de esa historia ni me concierne. Cualquier intervención equivaldría en mi caso a una intrusión.

¿Está claro? Disiento del punto de vista en que usted y sus amigos se colocan, pero no dudo de la buena fe que ha inspirado su conducta. Salude a Lezama Lima, y dígale que no creo en la “ética estética”.

Mis respetos a su señora [la poetisa Fina García Marruz], y para usted un abrazo de su amigo y admirador

Jorge Guillén.

Una opinión que no comparto

En su blog La Reina de la Noche, la escritora Isis Wirth sostiene que es una “chicharronería” de Virgilio Piñera comparar a Fidel Castro con Napoleón Bonaparte –paralelo que Virgilio hace en su crónica “La inundación”, de 1959, reproducida en mi blog días atrás–. No comparto la opinión de Isis Wirth. Virgilio, con quien mantuve una estrecha amistad que duró veinte años, no era dado a “chicharronear”, sino todo lo contrario. Aunque era un hombre amable, su franqueza podía ser hiriente. Su obra no es la de un escritor acomodaticio ni timorato, y si padeció el rechazo oficial, con injurias añadidas, y murió marginado no fue precisamente por adular al poder. Recordemos su protesta, en las reuniones de Fidel Castro con los intelectuales cubanos en 1961, contra la probabilidad de que el gobierno dirigiera la cultura. Fueron él y Mario Parajón los únicos que, en aquellas asambleas, abiertamente y cara a cara con Castro manifestaron temor a que eso ocurriese. Es conocido el tenso diálogo entre Virgilio y Castro sobre este tema. Teniendo en cuenta lo ya dicho, sabiendo cómo Virgilio respetaba su trabajo y cómo defendía la independencia del escritor, y conociendo su devoción por la historia y la cultura francesas, estoy convencido de que su comparación de Fidel Castro con Napoleón no es la bufonada de un oportunista, sino una forma sincera, aunque muy discutible, de enaltecer a la máxima figura de la guerrilla triunfante, un encomio nacido de la exaltación revolucionaria propia de aquellos días. Exaltación que afectó, como se sabe, a la inmensa mayoría de los cubanos, él incluido.

La política de las ideas y la democracia como estancia

Teódulo López Meléndez, Caracas.

La política no puede funcionar sin ideas. En buena parte es una ciencia de las ideas, como lo asoman Fitoussy y Rosanvallon. Así, la política no puede ser una acción que busca el poder y no más. Ni una administración desconsiderada de la normalidad. La política sin ideas es una actividad bastarda. La política, en consecuencia, es invención. Cuando deja de serlo sobreviene el cansancio y se asoman las espaldas de los elementos sociales. La organización social del hombre no nació como la vida ni crece como las plantas. La política que carece de empuje proveedor de consistencia es una futilidad. Dado que las formas políticas son invención del hombre no puede desgajarse de la política la capacidad renovadora. Bien se dice que el pueblo no existe, lo crea la política. De esta manera hay que decir que la principal actividad de lo político es dar sentido y toda democracia pasa a ser un proceso ininterrumpido de transformación.

De esta manera la política y la democracia, es decir, la acción y sus resultados, no pueden ser otra cosa que inserción constante de nuevas opciones o, dicho en otras palabras, ampliación permanente de la libertad. Tenemos, pues, que volver a leer lo político sacándolo del cansancio, del aburrimiento y, sobre todo, de un conservadurismo que brota ante las ideas y ante la esencia misma de lo político y de la democracia, puesto que todo lo establecido siempre resiste las ideas innovadoras.

En La nueva era de las desigualdades, Jean Paul Fitoussy y Pierre Rosanvallon, nos recuerdan que es a través de la política que se constituye el vínculo social. Si no enfrentamos este proceso creativo la política pasa a ser inepta para explicar las desigualdades que crecieron paralelas a la libertad y se convierte en algo deleznable para el común de la gente que nunca podrá entender lo que es ejercicio de la ciudadanía. Continuar pensando que la democracia es como es, que la justicia se administra como se administra, que las instituciones son como son y no pueden ser de otra manera, equivale a un corsé al pensamiento y a la esencia misma de los conceptos política y democracia.

Otra cosa que debemos aceptar es la política como conflicto y los conflictos como expresión del animus político. Y a la democracia como capaz de administrar los conflictos mediante una renovación permanente. Una cosa son las instituciones básicas, aptas para administrar el control de estabilización, y otra la permanente manifestación de ideas que amplían los espacios hasta una libertad transformadora. Está claro que las llamadas instituciones y los intermediarios sociales ya no responden a las exigencias de los tiempos y, por tanto, hay que buscar nuevos mecanismos.

Sin ideas insuflando ciudadanía no puede haber ciudadanos. Esos no ciudadanos generarán formas perversas de poder. Habría que estar atentos a las formas no convencionales de organización social que se manifiestan en estos tiempos y verificar el alimento libre que reciben, así como el abono para que florezcan. Nunca fueron multitudes las que produjeron las ideas.

De mi archivo: “La inundación” (y 2)

Virgilio Piñera

En La Habana había tanta expectación por ver a los barbudos como aquélla de los siboneyes cuando el desembarco de Colón. ¿Qué es un barbudo? –se preguntaban los habaneros con la misma curiosidad con que un romano de la decadencia se preguntaba: ¿qué es un bárbaro? El día dos de enero La Habana esperaba a sus barbudos, pero a diferencia de la atribulada Roma los esperaba con los brazos abiertos.

¿Qué es un barbudo? habrá siempre que insistir sobre la pregunta. Y la respuesta nos pasma de asombro. Un barbudo –Fidel Castro– no es ni más ni menos que Napoleón durante la campaña de Italia. ¿Y quiénes son Raúl Castro, Camilo Cienfuegos, Ifigenio Almeijeiras, Che Guevara si no pura y simplemente Ney, Oudinot, Lannes, Massena, Soult…? En un siglo de guerras nucleares, los grandes capitanes no son concebibles. Sin embargo, Fidel Castro y sus lugartenientes, aunque parezcan anacrónicos, resultan tan reales y efectivos como la bomba atómica. Fidel, desembarcando en las playas de Oriente es Napoleón mismo desembarcando en el golfo Juan, es decir, el águila, “volando de campanario en campanario hasta París”.

Al mismo tiempo, los barbudos concentran sobre ellos la atención mundial. Para empezar, relegan el yulbrinismo a un plano muy secundario. Abundancia capilar, condottieri, César Borgia, Renacimiento… A propósito de esto: edades del mundo y cuadros de grandes pintores deambulaban por las calles habaneras. Los tiempos bíblicos con Jesús y sus doce apóstoles, juntos o desperdigados, podremos verlos en la esquina del Hilton. Hay también Botticelli, Ticiano, Andrea del Sarto, Piero de la Francesca, Rembrandt y Durero… He visto en San Lázaro e Infanta a uno de los músicos del “Concierto Campestre” de Giorgione; un barbudo que frisa en la cincuentena puede ser perfectamente el autorretrato de Leonardo y ese otro “barbudo” lampiño de apenas quince abriles el de Rafael. Y todo esto al estado puro, sin afectación, con maneras encantadoras y sin nada de la insolencia del “Miles Gloriosus”.

Como era de esperar, esta inundación trajo la otra. Visto la circunstancia en que se produce (y de hecho se produce con cada cambio de gobierno) yo la llamaría la “inundación patética”. Me refiero a los burócratas –posesionados o sin posesionar. Patetismo en los que tratan de retener su cargo; patetismo en los que luchan por encajarse. Común denominador de ambas falanges: guerra de nervios. De paso diré que uno de los “Doce trabajos de Hércules” de la Revolución será el exterminio del monstruo de la Burocracia. Porque sucede que todos esperan todo del presupuesto nacional. Esta guerra de nervios se significa por intrigas, por bajezas, por lo que en lenguaje popular se denomina “empujadera”, y también por humillación, por fracasos y por terrores ante el desempleo.

En sus aguas revueltas la gran inundación burocrática trae la fauna más variada: peces grandes y chicos, pulpos; pirañas devoradoras y ávidos tiburones. También tipos que nos recuerdan personajes célebres: el “Judío Errante”, “Falstaff”, “Tartufo”, “El Buscón”, “El Lazarillo de Tormes”; Juanas de Arco a granel, Madame de Maintenon a medio la docena, Saras Berhnardt a tres por un centavo y Marylines Monroe regaladas. Este el aspecto cómico. El trágico se da en diálogos como el siguiente: “¿Desde cuándo viene usted al Ministerio? Pues vengo desde el primero de febrero”. “¡Qué diré yo entonces, que vengo desde el 10 de enero!” “¿Tiene esperanzas? No crea, las estoy perdiendo: todos los días lo mismo, es decir: “vuelva mañana, lo suyo camina…”

¿Y qué decir de las caras? Reflejan atroces sufrimientos. Ese mismo sufrimiento de quien estando en un barco a punto de hundirse, no cuenta entre los elegidos a ocupar un espacio en los botes. Un viejo burócrata acostumbra pararse horas enteras debajo del arco de una escalera. Como el arco es demasiado bajo, el pobre viejo debe mantenerse encorvado, y esta posición parece la definición de la culpabilidad. Se comprenderá que altas razones de estrategia lo fuerzan: frente al arco de la escalera se ve una puertecita por la que saldrá, en el momento oportuno (Dios mío, ¿cuándo es el momento oportuno?) el personaje que tiene en sus manos (o que el pobre viejo se figura que está en ellas) su salvación. También escucho cuando una jovencita dice con cara despavorida a una amiga: “Te juro que hoy es el último día que piso este Ministerio”. Y todo este juramento y otros mil para volver al día siguiente, a las mismas sonrisas serviles, a las mismas puertas, a las misma desesperación. Este ejército encogido, este ejército con el arma precaria de la imploración defiende una causa, que las más de las veces, está perdida de antemano. Y detrás de todo esto: de la pulcritud de las ropas, lograda, Dios sabe a qué precio; de la falsa sensación de seguridad; de la obstinación de no darse por vencido, está el Hambre, el desamparo, la frustración y a veces, hasta el suicidio.

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En estos días del triunfo revolucionario –mitad paradisíacos, mitad infernales– no podían faltar en la gran inundación los escritores. Me sorprendió grandemente que en vez de una gota de agua aportaran Nilos y Amazonas… No podía dar crédito a mis ojos. ¡Cómo! ¿Donde yo contaba diez o doce habría que contar doscientos, acaso quinientos o quién sabe si mil? La inundación ilustrada (o la ilustración inundada, léase como se quiera) anegó en su mar de tinta las planas de los periódicos: en estos días se ha hecho más “literatura” en Cuba que en una década, ¡qué digo! que en cincuenta años de República. No hay que aclarar que estos escritores son poetas de la Revolución o prosistas de ella, y la clandestinidad de sus escritos (salvo contadas excepciones) data del primero de enero. Y como es de esperar, también son ellos los que más ruido hacen, los que más exigen y los que más poder tienen. Este tipo de escritor, que de hecho es toda una fauna singular, lo es de pasada. Su verdadera personalidad habría que buscarla en el periodista o en el profesor. Dedicación máxima a lo uno o lo otro, y mínima al ejercicio de la literatura. En tal sentido hemos visto, en estos días de inundación, hechos memorables. En una asamblea tenida en la Sociedad Lyceum llevaron la voz cantante, poniendo de manifiesto que en Cuba significa la misma cosa el escritor con obra hecha que el escritor sin ella; que la audacia es factor decisivo sobre la calidad; que ser escritor y nada más que escritor, es la negación de todo crédito, y que los empeñados en serlo tendrán la más amarga de las muertes: la muerte civil. Y tanto el verdadero escritor no significa nada en nuestro país que en una Mesa Redonda, promoteada (el adjetivo es atroz, pero hay que estar a tono) por el Canal Doce, sus integrantes eran: un profesor, una profesora y cuatro periodistas. El tema a discutir: Defensa de la Cultura. Revelador, ¿no es cierto? ¿Así que ningún escritor? ¿Pero ni uno solo? Sin embargo, como tenemos fe en esta Revolución pensamos que ella no es niveladora de un plano único, y que las cosas, en el literario se pondrán en su punto. El buen escritor es, por lo menos, tan eficaz para la Revolución como el soldado, el obrero o el campesino. Sépase, pues, de una vez por todas.
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Revista Ciclón, vol. 4, Nº 1, La Habana, 1959.

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