Intelectuales y política, otra vez

Adolfo Garcé
(EL OBSERVADOR, Uruguay, 23/8/2014) La cuestión, tan vieja como apasionante, de los intelectuales y la política está de regreso(*). Brecha, haciéndose eco de un debate que viene ocupando un espacio especialmente relevante en Argentina, le dedicó varias páginas a este asunto en sus dos últimas ediciones. Me gustaría, desde aquí, aportar algunas reflexiones.
Repasemos, rápidamente, algunos hitos en la evolución de esta discusión. Intelectuales, desde luego, han existido siempre. Pero, como ha dicho Carlos Altamirano, “como sustantivo, el término ‘intelectual’, en singular, con su plural ‘intelectuales’, es relativamente nuevo”. Suele aceptarse que fue formulado a fines del siglo XIX en Francia cuando un grupo de escritores, científicos, periodistas y profesores, acompañando el resonante alegato de Émile Zola en “J’accuse”, cuestionaron severamente el procesamiento del capitán Alfred Dreyfus. A partir de ahí, la nueva etiqueta fue circulando hacia otros contextos y, poco a poco, convirtiéndose ella misma en objeto de análisis por parte de los estudiosos. Con Karl Mannheim como uno de sus puntos más altos, se fue desarrollando una sociología de los intelectuales. Y con la difusión de Los cuadernos de la cárcel, del comunista italiano Antonio Gramsci, una sofisticada reflexión de base marxista sobre los intelectuales y su papel en el cambio social. Más recientemente, autores tan diferentes como Michel Foucault y Norberto Bobbio dieron un nuevo aliento a esta temática.
Intelectual caricaturaEn particular, el foco de atención fue pasando del declinante poder de los intelectuales-generalistas a la creciente influencia política de los intelectuales-especialistas. Esta distinción de roles entre generalistas y especialistas o, al decir de Bobbio, entre “ideólogos” y “expertos”, a su vez, se ha desdibujando. Los ideólogos, solía decir el filósofo italiano, irrumpen en el debate público discutiendo sobre valores y fines últimos, asuntos reservados, al menos en teoría, a la política. Los expertos, en cambio, desempeñan un papel más modesto y subordinado. Se dedican a estudiar cuáles son los medios más racionales, es decir, más eficaces y eficientes, para alcanzar fines dados. La literatura actual sobre la dinámica del conocimiento especializado (por ejemplo, sobre comunidades epistémicas y advocacy coalitions), en cambio, asume con naturalidad que también los saberes de los expertos, lejos de girar en el vacío, se apoyan en cosmovisiones, valores y creencias. Esto implica que también los expertos tienden a ocupar el territorio tradicionalmente reservado a los partidos políticos y sus líderes, disputado inicialmente por los intelectuales-generalistas.
El alto funcionario público que hace pesar sus valores y experiencia en la formulación de una política; el experto en medioambiente que, desde su profundo compromiso con la agenda verde, formula y disemina alternativas para mejorar la calidad del agua; el politólogo que, desde su fe en la importancia de las instituciones, agita en los medios la importancia de ciertas reformas; el economista que recomienda bajar el gasto público pero también el que insiste en destinar más recursos a la innovación, la ciencia y la tecnología. Todos ellos, a su manera, actúan en parte como los ideólogos referidos por Bobbio: participan en el “mercado de las ideas” sin subordinarse al poder político, sin pretender ser funcionales a nadie, con la autonomía que, supongo, les hubiera gustado a Émile Zola y los “clercs”, en Francia, o a Carlos Quijano y la “generación crítica”, en Uruguay.
Afirmar que en las sociedades modernas, de hecho, se ha erosionado la distinción tradicional entre “ideólogos” y “expertos” no debería conducirnos a repetir el viejo error de confundir ideología y ciencia. Admitir que los cimientos en los que apoya su saber el experto están fabricados, al menos en parte, de valores y creencias no debería hacernos renunciar a la pretensión de objetividad que caracteriza al conocimiento científico. Desde luego, solamente desde el positivismo más ramplón de todos puede afirmarse que la ciencia, en general, y las ciencias sociales, en particular, son un conocimiento “descontaminado”, puro, libre de subjetividad. Pero frente a este desafío son posibles dos actitudes opuestas. La primera consiste en dejarse llevar alegremente por la corriente y renunciar, sin dar la batalla, a cualquier pretensión de objetividad y neutralidad. La segunda supone perseverar el anhelo de objetividad que distingue al científico, sabiendo de antemano que requiere un aprendizaje prolongado y que se toman riesgos importantes.
El segundo camino, evidentemente, es el más difícil, pero es el que vale la pena seguir recorriendo. Tiene, lo admito, mucho de quijotada. En ese sentido, no puedo dejar de evocar la reacción de Carlos Vaz Ferreira cuando, en Fermentario, “Leyendo a Unamuno”, decía: “Unamuno, que exalta el quijotismo y desprecia la razón, no comprendió el supremo quijotismo de la razón. El quijotismo sin ilusión es el más heroico de todos. Investigar y explicar sin término ni aun esperado; comprender para comprender más, sabiendo que cada comprensión hace pulular más incomprensiones; sabiéndolo de antemano, sin ilusión… y darse a ello, gozando y sufriendo, es el quijotismo supremo. Atacamos los molinos de viento ideológicos sin la ilusión de creerlos gigantes ni la de vencerlos…”.

(*) Ver: “Intelectuales, política y poder: ¿qué hay de nuevo?”, Nueva Sociedad 245 (mayo-junio de 2013). Disponible en: http://www.nuso.org/revista.php

Lo biométrico como “polibiología”

Teódulo López Meléndez, Caracas.
TeóduloDesconocemos si existe la palabra “polibiología”. Seguramente no, pero lo biométrico nos autoriza a inventarla, pues todos los diccionarios nos dicen que es estudio estadístico de los fenómenos o procesos biológicos. De manera que llamar de tal manera a un método de control de consumo de alimentos (en latín captahuellas, en griego tarjeta de racionamiento) debe implicar una relación entre política y biología, algo así como un interés del Estado en examinar los procesos internos de los órganos de quienes habitamos en esta república desposeída.
Es el escape hacia adelante. Mientras el país se cae a pedazos en áreas vitales el régimen ratifica que el problema es el contrabando y una “guerra económica”, asuntos para los cuales recurre a métodos biométricos que bien pueden traducirse como abandono de toda racionalidad económica y persistencia en el “manual para activistas”.
Las advertencias han llovido desde todos los sectores, incluidos los afines al oficialismo, pero he aquí que de nuevo se nos plantea una “puesta a la orden” de los cargos del ejército de ministros con total sordera a las encuestas que muestran descenso creciente o a los análisis que señalan un agotamiento del tiempo para recurrir al pragmatismo.
El país, mientras tanto, traga grueso, traga sin masticar. Los “dirigentes” se resumen en profundidades como “queremos Maduro renuncie ante el pueblo”. Otros observamos cómo las redes sociales resultan inútiles para generar cualquier posibilidad de cambio, en un proceso regresivo de su antiguo esplendor de cuando la “primavera árabe” o desde los “indignados” europeos. El país chancea frente a cada nueva turbulencia y lo hace desde una patética inercia que nos hace preguntarnos si los análisis biométricos serán capaces de revisarle estómagos e intestinos.
Frente a tal estulticia uno admite la existencia de extraterrestres, pero también la discusión sobre si son o no inteligentes o vuelve a recurrir a una necesaria Antología del Absurdo sin que ninguno de nuestros excelentes humoristas declare asumir la tarea. O vuelve a reclamar la presencia de la inteligencia del interior del país asumiendo una rebelión contra una clase política parasitaria, sin olvidar que hemos oscilado en esa propuesta, oscilación seguramente originada en el hecho de que llamar la atención del país sobre su inercia ya se hace tarea vana.
Con inusitada frecuencia vuelca una gandola en estas carreteras nuestras y resulta saqueada. Lo primero es lo extraño, lo segundo no, lo que nos hace recurrir a una perversa imagen asimétrica (al fin y al cabo uno se contagia con la métrica) para pensar que si este país se vuelca saqueadores no faltarán.
Una visión retrospectiva de nuestra ya larga historia nos indica que servirle al país es una de las tareas más difíciles, puesto que el país hace tiempo tiene el hábito de renegar de quien quiere servirle. Momentos históricos, en alguna medida similares a éste, deben abundar, pero bajo un común denominador de pesadumbre: este país siempre ha sido una indefinición, entre otras variadas razones porque desconoce su pasado y carece absolutamente de memoria.
Dudamos si esperar por el “cambio de gabinete” para escribir esta expiación semanal, pero nos asalta el enroque como medida defensiva en el ajedrez -aunque esto sea en verdad una partida de damas chinas- y las sabias palabras del gran maestro cubano Capablanca cuando indicó que la vida era muy corta para pasársela jugando ajedrez.
Confiemos, pues, en la capacidad biométrica de suplantar insumos en hospitales y productos en las estanterías de los supermercados, dado que los alfiles (léase ministros) cabalgan sobre los peones y el Rey no se da por enterado de la eventualidad de un jaque. El día del envío de este artículo carece de interés. Al fin y al cabo las cuentas y mediciones sobre el cuerpo social hay que hacerlas con ábaco, como en la antigua Mesopotamia.

Entrevista

Manuel Díaz Martínez o el fervor de la poesía

Armando Añel
(NEOCLUBPRESS.COM, Miami, 7/7/2014) Poeta medular, cronista agudo de la realidad insular y su exilio, Manuel Díaz artínez (Santa Clara, 1936) es una de las figuras cimeras de la cultura cubana contemporánea. Lo conocí en Madrid a principios de la pasada década, esporádicamente pues su residencia estaba y está fijada en Canarias y solo iba de visita, pero siempre me impresionó su humanidad y calidez, su fino sentido del humor, tan distantes de la arrogancia -y hasta el desprecio- con que suelen pavonearse las “personalidades” del gremio cultural cubano. Recientemente, Alejandro Fonseca, Omar Santana y otros escritores y artistas conversamos sobre la posibilidad de que el poeta se trasladara a Miami para protagonizar uno de los Jovenaje que celebramos cada cierto tiempo. Pero hubiese sido un viaje demasiado largo, y lo desaconsejaron sus médicos. A raíz de ese cruce de correos -no voy a esconderme para felicitarme-, tuve la feliz idea de proponerle esta entrevista.
Armando Añel. “Entonces yo ignoraba / que el azar existe / y no sabe esperar”, dice usted en uno de sus poemas. ¿En qué medida cree que ha incidido el azar en su vida?
Manuel Díaz Martínez. El azar está presente en todas las circunstancias de la vida. Constantemente nos incita a tomar decisiones. Y cada decisión desencadena nuevos azares, que son nuevas disyuntivas. Pero el azar no siempre nos permite escoger. Creo que he tenido mejor suerte cuando él, me parece, ha decidido por mí. Dicho esto, confieso que le quedaré eternamente agradecido a quien me explique qué es el azar.
AA. Para la poesía cubana, Lezama Lima es un símbolo de exuberancia verbal. Usted, creo yo, de intimidad o coloquialismo. ¿Es lo mismo seducir que conmover en poesía? ¿Cree que Lezama fue un seductor y usted, opuestamente, un poeta que busca conmover lo íntimo? ¿Estaré generalizando?
MDM. Se puede seducir sin conmover, y a la inversa. Pero, en el terreno del arte, lo que conmueve seduce. Yo empecé escribiendo versos seducido por Gustavo Adolfo Bécquer, un maestro en el arte de conmover, y de conmover de la manera más diáfana y sencilla que permite la gramática de la poesía. Poco después, atraído por los barrocos españoles -a los que también Lezama rindió culto, él más que yo-, me enamoré de los jeroglíficos tropológicos, hasta que descubrí que las mejores metáforas, las que me permitían expresar lo que me interesa, me las daba la vida cotidiana. Desde entonces me he esforzado, no siempre con el éxito apetecido, en hablar de la vida con su propio lenguaje, por decirlo de alguna manera. Aunque disfruto de todo buen poema, sean cuales sean su marca y hechura, agradezco que el poema me conmueva.
AA. ¿Cuál es su opinión sobre la poesía cubana contemporánea? ¿Lee poesía del siglo XXI o se ha quedado con los clásicos?
MDM. Siempre he leído con interés a mis contemporáneos, pero últimamente, quizás por esa nostalgia imperativa que llega con los años, vuelvo con más frecuencia a los clásicos, antiguos y modernos, particularmente a los que reconozco como mis maestros. Casi no salgo de ellos. Le he dedicado poco tiempo a la poesía cubana última y por lo mismo no estoy en condiciones de emitir una opinión sobre ella.
AA. Recientemente, María Elena Cruz Varela expresaba en Miami que, en lugar de perder un país, los exiliados ganamos un mundo. ¿Usted se siente perdedor o ganador en este sentido?
MDM. Ganador, sin duda. El mundo es más que un país, aunque esta obviedad suene a herejía en los oídos del aldeano vanidoso de que hablaba José Martí. Martí, evidentemente, pensaba el mundo como un humanista, no como un aduanero.

De izquierda a derecha: MDM, Egito Gonçalves y José Agustín Goytisolo. (Foto en Turín, Italia, 1990.)

De izquierda a derecha: MDM, Egito Gonçalves y José Agustín Goytisolo. (Foto en Turín, Italia, 1990.)


AA. Usted dirigió la revista Encuentro de la Cultura Cubana siendo miembro del consejo editorial de la Revista Hispano Cubana, ambas editadas en Madrid pero distantes en cuanto a feeling político (a grandes rasgos consideradas la una de “izquierda” y la otra de “derecha”). ¿Cómo lo compaginó? ¿Qué credibilidad le merecen estas figuras retóricas “izquierda” y “derecha”? ¿Es usted lo que algunos llaman un “mediador”?
MDM. Estas publicaciones coincidían en lo medular: la lucha sin concesiones contra el castrismo y por la transición democrática. Anticastristas de todos los matices, cubanos y no cubanos, han hallado en ellas espacio para expresarse a su gusto, y algunos han colaborado en ambas, como yo. Encuentro y la Hispano Cubana tenían, afortunadamente, perfiles editoriales distintos, pero no estaban distanciadas, sino todo lo contrario: constituían una sinergia frente a la dictadura. Esto es fácilmente comprobable si se revisan las colecciones de las dos revistas. Lo demás es anecdótico. A mí no me resultaba incoherente dirigir una de ellas y pertenecer al consejo editorial de la otra porque, además de que no eran antagónicas, desde que empezaron a salirme canas en la barba no soy ni de izquierda ni de derecha, sino militante fervoroso del PSC (Partido del Sentido Común). Por cierto, un partido que en todas las épocas ha tenido escasos miembros y en el que es harto difícil mantener la militancia.
 AA. En 1967, usted obtuvo el Premio de Poesía “Julián del Casal” de la Unión de Escritores y Artistas de Cuba por su poemario Vivir es eso. En la distancia, ¿volvería a concursar en un certamen patrocinado por el régimen, o a participar en un evento en Cuba con el castrismo en el poder? ¿Qué opinión le merece el llamado “intercambio cultural”(*)?
 MDM. Si entonces yo hubiera pensado del gobierno cubano lo que pienso hoy, no habría enviado mi libro a ningún concurso oficial. Ese premio me enorgullece porque me lo otorgó, unánimemente, un jurado compuesto por Nicolás Guillén, Eliseo Diego, Gabriel Celaya, José Ángel Valente y Enrique Lihn. Rompí con el régimen castrista hace más de veinte años, cuando aún yo vivía en Cuba, y desde entonces él y yo somos incompatibles. Cuando yo estaba en el avión que me trajo al exilio, me prometí no volver a la isla mientras el castrismo la tiranizara. Y no pienso romper mi autopromesa. En cuanto al “intercambio cultural”, lo entenderé cuando vea que deja de ser one way, es decir, cuando la vía tenga dos carriles: uno hacia acá y otro hacia allá. Y sin semáforos.
 AA. ¿Cuáles son sus planes en lo inmediato? ¿Tiene en proceso algún libro?
 MDM. Mis planes son: seguir acompañando a mis hijas todo el tiempo que se me permita; echarle unos cuantos textos más a mi nuevo libro de poemas, en el que ahora trabajo; publicar la segunda edición, ampliada, de mi libro de recuerdos Sólo un leve rasguño en la solapa; y deambular otra vez, si mis piernas lo consienten, por el París que compartí hace medio siglo con mis amigos Nivaria Tejera, Severo Sarduy y Rolando Ferrer.

(*) Se alude al llamado “intercambio cultural” entre Cuba y Estados Unidos, que en la práctica consiste en que los intelectuales cubanos que residen en la isla, incluso los oficialistas, vayan a Estados Unidos y actúen allí en tanto que a los residentes en esta nación la dictadura les impide, con raras excepciones, entrar en la isla.

SOBRE EL AUTOR DE LA ENTREVISTA:

ARMANDO AÑEL (La Habana, 1966). Ghost Writer, fue periodista independiente en Cuba. En 1999 recibió el Primer Premio de Ensayo de la fundación alemana Friedrich Naumann. Ha sido columnista de periódicos como Tiempos del Mundo, Libertad Digital y Diario las Américas, y editor de revistas como Perfiles, Encuentro de la Cultura Cubana, Islas y, actualmente, Herencia Cultural Cubana. Ha publicado las novelas Apocalipsis, La resurrección y Erótica, la compilación de relatos Cuentos de camino, el poemario Juegos de rol y las biografías Instituto Edison: Escuela de vida y Jerónimo Esteve Abril, apuntes y testimonios. Vive en Miami.

Nota al pie

AsteriscoEn España, azotada por la corrupción -la de sus tribus políticas en primer término-, es comprensible que predicadores de labia milagrera estén capitalizando la frustración y la ira de los ciudadanos, y que éstos, por desesperación, fatiga o ingenuidad -o por un cóctel de tales elementos-, los estén apoderando. La Historia muestra que este fenómeno es recurrente. En nuestros días contemplamos dos ejemplos clásicos: la Cuba de Castro y la Venezuela de Chávez. Casos demostrativos de que los países donde este fenómeno acontece salen del Purgatorio para entrar en el Infierno. Al Paraíso no se arriba jamás porque, al menos en la Tierra, no existe, nadie lo ha visto, por más que la mitología comunista se empeñara en que admitiésemos que resplandecía en la URSS y sus satélites. Lo que sí existe en nuestro planeta -de ello hay experiencias atendibles- es la posibilidad de cuidar la democracia para que no deje de ser, mientras no aparezca algo realmente mejor, la más soportable de las frustraciones políticas a las que nos ha conducido la condición humana.

El país desalmado

Teódulo López Meléndez, Caracas.
TeóduloEl trágico accidente aéreo que costó la vida al candidato presidencial de los socialistas brasileños Daniel Campos nos mostró a un país. La conmoción fue total, desde la gente en la calle hasta los más conspicuos líderes políticos, desde el gobierno hasta sus adversarios. La campaña electoral fue suspendida de inmediato y la presidenta declaraba duelo nacional.En suma, un país. Uno recuerda a los ilustres venezolanos fallecidos sin que un acuerdo de duelo haya sido emitido e, incluso, hasta las celebraciones poco disimuladas por la muerte de un adversario o los deseos de fallecimiento para otros. Esto es, un país que transcurre su drama desalmadamente.
Nos hemos echado a perder como país. Hemos sustituido la humanidad propia de un conglomerado que se sabe tal por una especie de incordia incontrolada. La siembra artificial del odio entre venezolanos, la caracterización de una falsa lucha de clases y la conversión de la política en batalla sin escrúpulos pesará a largo y hará difícil el reencuentro de la unidad nacional y el retorno a un juego político civilizado.
Cierto, el mundo no anda bien. Las matanzas indiscriminadas y las guerras civiles con ribetes religiosos, la inestabilidad del Oriente Medio, el irrespeto por la vida de mujeres y niños no combatientes, son características que signan al año en curso. En el escenario de nuestro continente vemos los intentos de pacificación de Colombia, de una Colombia con más de medio siglo de violencia, un esfuerzo que conllevaría a proclamar a nuestra América como libre de combates intestinos y no sin pesar la incomprensión fatal de un sector de sus actores políticos.
El mundo sigue en su drama: lo viejo no se muere y lo nuevo no termina de nacer o, si se quiere, los conflictos asemejan a un vertiginoso regresar de épocas históricas indeseables. En Venezuela hemos tenido violencia y muerte sin que haya degenerado en un conflicto total, uno que, sin embargo, no podemos borrar del escenario por arte de magia. Los síntomas son de descomposición social. Baste mirar a la criminalidad con los cuerpos que aparecen descuartizados o lanzados a autopistas y ríos. Se mata sin necesidad alguna al objetivo del delincuente de apoderarse de los bienes ajenos, pero también -se constata en la obviedad de las noticias- por encargo, por eso que llaman sicariato.
Los índices que nos colocan en los primeros lugares de la criminalidad mundial muestran una ruptura de todo freno que incluye desprecio total por la vida humana. Se han roto los diques. Han caído las paredes de los embalses.
Sin embargo, lo que los venezolanos llamamos con la generalidad “inseguridad” es sólo un aspecto del drama. Lo más profundo es que no vemos futuro aceptable, lo que fuerza a la emigración, al desconsuelo o al encierro preventivo. Los venezolanos solo recibimos mentiras, acrobacias, desparpajo, distracciones, obra bufa. Los actores de nuestra vida pública muestran rutilante incapacidad para abrir vías a las posibilidades, a perspectivas que hagan de la gran enfermedad nacional llamada pesimismo una curable o desterrable.
Los venezolanos se mueven en el lamento, en el lanzar su disconformidad como forma de alivio, sin que se apresten al rescate de un entorno civilizado dentro de lo fáctico de un mundo revuelto. Siguen ahogándose en paradigmas agotados, en formas políticas del pasado, en la construcción de liderazgos superfluos.
Por supuesto que el país tiene tiempo mal, no es una novedad, la novedad -si es que la palabra cabe- es que sus pesares se acentúan y comprueban que los países no tienen fondo cuando van en barrena dado que siempre puede ser peor. Es obvio que la principal responsabilidad la tienen quienes ejercen el poder, más aún cuando se dedican al pregón de una felicidad inexistente o al abuso permanente de la propaganda para tapar su ineptitud. Es también obvio que la responsabilidad es de toda una clase dirigente sin respuestas. Cuando eso sucede corresponde al cuerpo social asumirse, pero este parece desencajado y maltrecho como para aprestarse a tal tarea.