Viruta

Raúl caricaturaUNANIMIDAD. La diarquía no es, como erróneamente se ha dicho poniendo como ejemplo al régimen existente en Cuba, una forma virulenta de diarrea de etiología bolchevique (Mal de Kaganóvich), sino el gobierno de una yunta de mandatarios de cualquier bando o banda. No tiene, pues, nada que ver con los términos coloquiales “castroenteritis” y “gastrocastritis”, referidos a infecciones del tracto intestinal producidas, no por la ingestión de agua contaminada o alimentos en mal estado, sino por la falta de agua, alimentos y todo lo demás. En Cuba hay una diarquía (o sea, un gobierno de dos, como la Yunta de Andalucía), y uno de sus miembros está en dique seco -lo de seco es objeto de estudio- por trastornos abdominales, y quizás sea esta coincidencia el origen de la confusión lingüística. Por cierto, el diarca en funciones, Compañero Raúl, acaba de decir que él ha odiado siempre la unanimidad. Deposiciones verbales como ésta han contribuido a la confusión que nos ocupa.

Marcos Pérez Jiménez, presidente constitucional

Teódulo López Meléndez, Caracas.

2012-06-16_1La mirada se dirige preferiblemente a los espectadores y no al espectáculo. Haberles dicho unos cuantos lugares comunes alimenta la catarsis. Como si de un debate electoral se hubiese tratado se apunta a la victoria, lo que, obviamente, no considera algún resultado. Como si de unas primarias hubiese sido se toman preferencias por quien supuestamente estuvo mejor. El “oíste lo que le dijo” se enarbola entre risas nerviosas. Se exceden algunos al proclamar que fue el enfrentamiento entre civilización y barbarie, mientras otros establecen como vendetta conseguida haber interrumpido al especialista en “cortar” micrófonos en el remedo de Parlamento que maneja como pulpería de pueblo y, en consecuencia, haber hecho justicia a los diputados que no saben si algún día podrán hablar como se debe. Algunos se transfieren al boxeo y hablan del primer round con la elegancia que suele acompañar al desparpajo superfluo.

El país se aplicó a comentar durante el día el capítulo anterior de la telenovela. Es su hábito desde que este subgénero irrumpió para quedarse. Se omitió el cartel que suele acompañar a todo reality show, el que indica que no todo lo presentado se compagina con la realidad o que algunos hechos fueron cambiados para proteger a los inocentes. En el imaginario colectivo la palabra “diálogo” fue rápidamente cambiada por la palabra “debate”, cambio lingüístico no siempre apreciado por los escasos de vocabulario.

Aún así, hay que mirar al debate. Aquí no hay elecciones, a no ser las convocadas previamente para sustituir a los alcaldes de San Cristóbal y San Diego, presos políticos sobre los cuales el llamado a votar indica que seguirán presos, siendo la libertad una de las “condiciones” establecidas para retomar la rutina de un régimen dictatorial que avanza y de una oposición formal que desea que el tiempo pase para llegar a una nueva elección o a eso que llaman “salida constitucional”. El mundo celebra el inicio, dejando atrás todos los avances y eventuales pronunciamientos sobre la realidad del país. En la calle se cometen torpezas, como una huelga de hambre. Uno vuelve inevitablemente a los espectadores para concluir que los indicadores apuntan a que se sienten muy bien representados en la clase política mostrada en pantalla, mientras otros nos consolidamos en la tesis de que las posibilidades del país pasan por defenestrarla.

En medio de la confusión uno llega a recordar que el extraño lenguaje del régimen de ponerle femenino a toda palabra se aplica en un caso del Derecho Mercantil, donde bien se podría hablar de protesta y de protesto, siendo este último un documento para dejar constancia del no pago de un efecto de comercio. Mientras, sigue desaparecida la periodista Nairoby Pinto, en nuestra opinión un hecho de extrema gravedad.

Me asalta la infancia. Recuerdo de pequeñín el jingle que sonaba incansable repitiendo “Marcos Pérez Jiménez, presidente constitucional”. La invocación a la Constitución es, desde cuando tengo memoria real porque la remota la tengo de esa costumbre que los venezolanos no practican de leer historia, una acción recurrente de la política, hasta para permitir a uno de los Monagas exclamar que ese era un librito que servía para todo. Uno recuerda a la presente evaporada y algunos conceptos básicos como las normas primarias que permiten una convivencia de un cuerpo social que sabe de la referencia a la hora de administrar los conflictos propios y necesarios de la política.

El país persiste en un punto peligroso. La economía sigue allí, con su carga de molestias y déficits. Los estudiantes, sobre los cuales las cifras espantosas prueban que jamás habían sido tan golpeados contando desde que Colón avizoró estas tierras, siguen allí, con errores propios de la juventud, pero incansables. La ratificación explícita del régimen sobre su encierro apunta a un gotero medio tapado a la hora de soltar una concesión de libertad o una ligerísima corrección del rumbo. El conflicto está intacto. El país no.

Una vuelta a la manzana

Manzana de GómezAsí quedará la Manzana de Gómez convertida en hotel.

En el corazón de La Habana, frente al Parque Central, hay un espacioso edificio de cinco plantas que ocupa toda la cuadra conocido como la Manzana de Gómez. Es uno de los edificios emblemáticos de la ciudad. En él, a mediados de la década de los 50 -yo tenía 18 años-, comenzó mi vida laboral: primero trabajé en la Consultoría Cantera, y meses más tarde me pasé a la Notaría del doctor Francisco Ozeguera Branly. En ambas oficinas fui mecanógrafo. Desde ese edificio presencié parte de la refriega entre los genízaros de Batista y los revolucionarios que asaltaron el Palacio Presidencial en 1957, y en él, años después, me casé en la Notaría del doctor Manuel Lamar. La Manzana de Gómez, cuya construcción comenzó en 1917 y terminó en 1920, se llama así porque su propietario era el magnate Andrés Gómez Mena, a quien vi siempre seguido de dos guardaespaldas cuando, anciano ya y cojo por un tiro que un inquilino suyo le dio en una pierna, se dirigía por las mañanas a las oficinas de su principal empresa -la Compañía Azucarera de su mismo nombre-, contiguas a la Notaría de Ozeguera. Todo esto me vino ahora a la cabeza porque acabo de leer en internet, en un portal oficialista, que la dictadura va a transformar la Manzana de Gómez en un hotel de lujo, o sea, para turistas ricos. Las obras de remodelación están a punto de iniciarse y se calcula que durarán dos años. El portal oficialista anuncia el proyecto con embullo propagandístico y, por supuesto, no dice que el mismo se llevará a cabo en una ciudad que se está cayendo a pedazos, en la que una parte importante de sus sufridos vecinos ocupa viviendas insalubres y ostensiblemente ruinosas. La prensa independiente -¿de qué males cubanos nos enteraríamos sin ella?- nos permite saber que no pasa día sin que en la capital de la isla se produzcan derrumbes, con resultado de muertos y heridos. No hace mucho dediqué aquí una entrada a este tema con motivo del desplome del histórico teatro Campoamor (a dos cuadras de la Manzana de Gómez), en el que murió un “sin techo” que allí se había refugiado. Invito a los lectores de este blog a ver en Youtube vídeos sobre las ruinas de La Habana. Ni Roma tiene tantas. Las de Roma son las del Imperio de los Césares. Las de La Habana son las de la casa de Juan el barbero y las del edificio de apartamentos donde sobrevivía Dominga la costurera.

Habana ruinasEdificio de viviendas en La Habana.

 

Los huecos del laberinto

Teódulo López Meléndez, Caracas.

2012-06-16_1En 1957 Monseñor Arias Blanco emite al país una pastoral que sería leída en cada templo. No hay un llamado a derrocar a la dictadura de Marcos Pérez Jiménez. Lo que hay es una apelación a un cambio histórico que el ilustre prelado sustenta en la doctrina social de la Iglesia. Eran los tiempos de la migración rural a las ciudades, de la mala distribución de la riqueza y de una situación profundamente negativa para los trabajadores. Es así como aquella pastoral procura una respuesta que no se centra en un diálogo sino en una superación definitiva de aquel presente. Era un país naciente regido por un gobierno incapaz de entenderlo, desde sus formas dictatoriales y desde su inepcia conceptual.

La Conferencia Episcopal Venezolana emitió un documento sobre este otro presente con severas denuncias contra el régimen, con la ilación de lo que todos conocemos, con algunas críticas suaves a los sucesos de calle y con un llamado al diálogo enmarcado en una afirmación tajante que lo contradice: el “totalitarismo” está encarnado en el “plan de la patria”. Casi banal recordar que ese “plan” es ley y constituye el corazón mismo del actual régimen. En otras palabras, el diálogo sería sobre lo tangencial, aunque sea grave y doloroso, puesto que podremos considerar que quienes gobiernan no estarían dispuestos a arrancarse ese órgano vital. Por encima de las palabras duras no hay planteamiento alguno hacia una transición y menos hacia un cambio histórico como lo planteaba Arias Blanco. En otras palabras, para quienes comparan 1957 y 2014 desde el ángulo de la Iglesia, no hay nada en común.

En este cuadro uno recuerda la veteranía y sapiencia de la diplomacia vaticana. Como también debe hacer mención a UNASUR en sus esfuerzos de diálogo, puesto que es notorio que estos mis artículos de opinión irán a parar a un libro que escribo sobre este duro año 2014 con el único propósito de ayudar a entender a algún historiador ignoto que dentro de 50 años merodee por estos tiempos tormentosos.
La palabra “diálogo” tiene sus propias connotaciones y las reuniones sus propias reglas, tales como establecer número de delegados de cada parte, nombres, lugar de reunión y agenda. Contradictorio reunirse sin haber tenido la más mínima injerencia en los sucesos que se discuten y sin llamar a formar parte de la propia delegación a quienes desde la cárcel o desde la calle han sido sus protagonistas. No se hace porque se tiene una franquicia, que si bien es sólo electoral, bien sirve para revivir desde la falta de protagonismo y sirve como bombona de oxígeno para mantener con vida aparente a la clase dirigente sin perspectiva.

Sobre el presente seguramente habrá demoras, esguinces y contradicciones. Mientras, el acoso represivo sobre una zona de Caracas por más de seis horas es “resuelto” diciendo que se establecen siete u ocho puntos de control para evitar violentos y se llama a la población a no hacer caso de grupos minoritarios. Dije en Twitter que antes los alcaldes construían alcantarillas y ahora las tapan y que antes los alcaldes agradecían a sus electores mientras ahora los llaman “grupos minoritarios”. Me he permitido recordar mi constante afirmación de que las posibilidades de este país pasan por defenestrar a la clase dirigente.

En situaciones como la que vivimos el laberinto está lleno de huecos, no precisamente como respiraderos, más bien como efectos de una implacable polilla. Venezuela es un país sin memoria. Ya no recuerda que en los sucesos de los años pasados se nombró una Comisión de la Verdad que jamás se instaló y que hubiese impedido, por ejemplo, la prisión de Iván Simonovis. Ya nadie recuerda al único firmante que se precinó y que hoy preside CEDICE dentro de pocos días tendrá una sesión en Caracas con la presencia de Mario Vargas Llosa. No podemos especular con que ahora alguien se haga la señal de la cruz sobre sí, pues tal vez colegiríamos que Parolín es santo y que Francisco ya hace milagros.

Lo digo porque es difícil hablarle a un país sin memoria. Este país suele arrebatarse de ira por dos días cuando al tercero ya no recuerda la causa de su ira y los protagonistas de las engañifas comienzan a tejer las nuevas. No hay respuestas sobre las preguntas de fondo, porque el avenir suele estar lleno de imprevistos. Baste recordar que hay que construir una nueva opción para el futuro desde el cual se cambia al presente, que debe procurarse un cambio histórico y que las restauraciones no conducen sino a una revolución repetida.

Si ese desconocido historiador para el cual armo el expediente no logra entender seguramente la explicación se encontrará en que nació en el exterior hijo de venezolanos que emigraron mientras una clase dirigente vivía de la alharaca y de los simulacros.

¿A cuántos nudos van hoy las islas…?

(EFE, 8/4/2014) Los seguidores de la NASA en Internet han elegido, por segundo año consecutivo, una imagen de las Islas Canarias como foto del año entre las miles captadas por varios satélites, una instantánea en la que parece que el archipiélago navega sobre el agua, dejando tras de sí una estela en el mar. El Observatorio de la Tierra de la agencia espacial estadounidense ha hecho público hoy el resultado final del segundo torneo que organiza para que internautas de todo el planeta escojan su imagen del año.

Canarias foto NASA

BOCETO DE LAS ISLAS

¿A cuántos nudos van hoy las islas
a las islas? Los grises de la piedra
(grises compactos de los acantilados)
chorrean océano y celajes y a Levante
emergen, se sumergen, emergen
porque las islas cabecean en pleamar
atadas al viento que las va narrando
-o, con los cabos sueltos, en la niebla
que matinalmente las susurra.
A las islas hay que bajar o subir
cuando izan o arrían la soledad en los faros.
Y hay que saber entrar y oírles
esa manera suya de ser desmesuradas
y sonoras en su transparencia.
A una isla se llega tal vez cuando se toca
su intensidad de brizna contra el viento.

MDM

(Memorias para el invierno, 1995.)

Entrevista en El Correo de Andalucía

NOCTURNIDAD POÉTICA

El Festival Iberoamericano de Poesía de Cádiz ofreció el pasado 21 de marzo el recital “Poesía y disidencia”, a cargo de los poetas cubanos Manuel Díaz Martínez y José Pérez Olivares. Este último ha sido recientemente galardonado con el IV Premio Iberoamericano de Poesía Hermanos Machado.

Pérez Olivares y Díaz Martínez en Cádiz.

Pérez Olivares y Díaz Martínez en Cádiz.

Emilio J. Gallardo Saborido/Jesús Gómez de Tejada
EL CORREO DE ANDALUCÍA (Suplemento Cultural ALADAR) 2/4/2014.

Desde hace ya algunos años, contamos en España (como residentes y nacionalizados) con dos de las voces poéticas más potentes y portentosas de la poesía cubana contemporánea: Manuel Díaz Martínez (Santa Clara, 1936) y José Pérez Olivares (Santiago de Cuba, 1949). Conversamos con ellos a raíz del atractivo Festival Iberoamericano de Poesía, que ha tenido lugar en Cádiz durante los días 20-22 de marzo, y junto al rumor tutelar de la noche del Atlántico.

¿Qué ha supuesto para vosotros esta nueva patria de acogida?

MD: Para mí ha sido, francamente, eso mismo que acabas de decir: una nueva patria. Cádiz fue mi primer contacto con España como exiliado. La vida de mi mujer y la mía en este país no puede decirse que hayan sido azarosas. Conozco historias de los primeros años de acomodamiento de muchos exiliados cubanos en España o en otros países que son verdaderamente siniestras. Nosotros tuvimos suerte. Ha sido una experiencia incluso enriquecedora, a pesar de los problemas. Uno en el exilio se incorpora a nuevas realidades, nuevas experiencias; son vidas, también son vidas.

JP: Prefiero emplear el término “nacionalidad”. Llevo 11 años viviendo en España. Adquirir una nueva nacionalidad supone una especie de aprendizaje que me ha obligado a asimilar mi condición de emigrante desde otro ángulo. Tengo que sobreponer la nueva condición a todo lo vivido y eso supone un proceso de adaptación.

La soledad es parte de la condición del emigrante y del poeta. En ese sentido, ¿qué pensáis de la poesía como diálogo con vosotros mismos y con los otros?

MD: El poeta cuando escribe está estableciendo un diálogo, que empieza consigo mismo y termina abriéndose hacia los demás. El poeta está hecho, entre otras cosas, de otros poetas, de otros hombres, de otros diálogos. En definitiva, la escritura de un poema presupone un deseo de comunicación, no sólo de catarsis. Aunque existe una voluntad de belleza, creo que lo fundamental es la voluntad de ser libre, de expresarse con absoluta franqueza, buscando el diálogo con el lector, que es quien lo termina cuando lo lee. El lector es el coautor de todos los poemas.

JP: En mi caso, escribo para mí. La necesidad de escribir me obliga ante todo a desprenderme de ese texto que está ahí exigiéndome que le preste atención. Escribir no significa hacerlo exclusivamente para uno mismo, sino desde uno. Si el texto no satisface al autor, es muy difícil que llegue a los demás. El poema, una vez que sale de la mano del escritor, se hace independiente.

MD: Soy de los que piensan que un texto es más rico cuanto más lecturas provoque.

JP: Exacto.

¿La poesía actúa entonces como un bálsamo sanador ante el futuro?

MD: Me gustaría que fuera así porque sería una acción positiva en relación con las necesidades del hombre de tener fe en que su vida puede ser mejor, en que este mundo será más habitable en algún momento. Si un poema provoca esa esperanza, esa nueva perspectiva más halagadora de estar en el mundo, debe ser siempre muy bienvenido y saludado.

JP: Creo que el poeta y el hombre son un poco diferentes. Como hombre cotidiano soy más pesimista, sin embargo como poeta mi visión se alarga. Es como cuando un coche cambia de luces cortas a largas. Siento un gran respeto por el hecho de escribir. Creo en la inspiración. Hay un momento clave en el que uno conecta con esa inspiración y aparece la luz del texto poético realizado. Eso no ocurre todos los días. Cuando se asume la conciencia del escritor, se entra en otra dimensión.

MD: Escribir un poema, pintar un cuadro, componer una sinfonía son actos trascedentes. No es como hacer cualquier otra tarea manual. Son actos trascendentes que van buscando una conexión con el espíritu del receptor. Los artistas en general nos planteamos la creación así. En caso contrario, en lugar de creación, estaríamos hablando de artesanía.

JP: Es imposible ser poeta las veinticuatro horas. Uno tiene sus momentos de iluminación, momentos en los que el ritual poético se puede llevar a cabo. Si ese ritual se convierte en un hecho demasiado cotidiano, pierde significado. Por eso digo que creo en la inspiración, que es la que hace que el hombre cotidiano se transforme inmediatamente en el poeta y pueda entonces iluminar esa zona de la palabra que es la que usamos todos los días. Todo hecho creador no puede ser eterno, tiene su momento.

Manuel, en uno de sus versos contradice a Bécquer cuando afirma que sin poeta no hay poesía.

MD: Efectivamente. La poesía en definitiva es una creación humana. No está en la naturaleza. Esta te ofrece su espectáculo grandioso, que puede ser muy estimulante y muy terrorífico, pero es el hombre quien, con esos elementos, hace el arte. Cuando hablo de la naturaleza, me refiero también a la sociedad. Si el mundo no contara con la mirada del hombre, sería como si no existiera. No habría conciencia de él. La conciencia es el hombre y la palabra la hemos inventado nosotros para poder expresar esa conciencia.

La conversación, animada, aún se extiende por un buen rato más. Las cercanas olas y las reflexiones de estos dos viejos amigos baten insistentemente en nuestros oídos recordándonos que estamos hechos de palabras y tiempo.