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José Miguel Insulza, Secretario General de la Organización de Estados Americanos (OEA) –foro supuestamente destinado a velar por la democracia en el Continente–, acaba de declarar en Bogotá que respeta y admira a Fidel Castro, a quien, por disparatado que parezca, le reconoce “legitimidad” por el medio siglo que el déspota cubano lleva ejerciendo, a sangre, cárcel y mordaza, el poder absoluto. Este funcionario y ex canciller chileno aficionado a las paradojas es el mismo que niega legitimidad al gobierno interino de Honduras, cuya actuación, aunque reprochable en el trato dado al mandatario destituido, se ajusta a lo que dispone la Constitución y está avalada por la totalidad del Parlamento Nacional, por la Corte Suprema de Justicia y hasta por el propio partido del presidente depuesto.
Insulza, como Zelaya, es un peón del eje castrochavista. Él y los presidentes representados en la OEA condenan a quienes han impedido que Zelaya, con la ayuda del Ejército –que no lo obedeció, afortunadamente– y con la complicidad política y la asistencia financiera de Hugo Chávez, modificara a su antojo la Constitución con vista a reelegirse e injertar en Honduras el “socialismo del siglo XXI”, o sea, el modelo “bolivariano” que caotiza a Venezuela. Casi todos esos presidentes representados por Insulza, que acusan al actual gobierno hondureño de quebrar la democracia y exigen la restitución de la presidencia a Zelaya, uno tras otro han peregrinado a Cuba en los últimos meses para besarle las pantuflas a Fidel Castro y las botas a su hermano Raúl. Uno de los más babosos fue precisamente el defenestrado.
Lo que ha sucedido en Honduras es que le han propinado un imprevisto y contundente puntapié al capo venezolano en el trasero de su pelele hondureño. Pocas veces, como ha ocurrido ahora en esa nación, los Ejércitos de América Latina han actuado a favor de la institucionalidad democrática. Veremos qué sigue pasando en ese pobre y desdichado país centroamericano, qué rumbo toma, qué sacrificios le impondrá el populismo fascista circundante mientras Obama y Europa se desperezan, si es que se desperezan. Deseo que pueda resistir, que sepa preservar y perfeccionar su democracia y logre imponerse al asedio a que lo está sometiendo la amalgama de ignorancia, estolidez e hipocresía de que se compone, en su mayor parte, la llamada opinión internacional.
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La violación a la Constitución y a las leyes que estaba perpetrando Zelaya era ya indisimulable
Soledad Morillo Belloso, Caracas.
Prefiero zambullirme en la incorrección política antes que caer en esta cursiambre retórica que nos ha llovido encima por estos días, cual chaparrón radioactivo, con ocasión de la crisis en Honduras. Así las cosas, preparen los deditos los que suelen inundar mi correo de insultos y nada gentiles recordatorios a mi progenitora.
A esta novela en plena puesta en escena bien le cabe el título “Barbas en remojo”. Eso, cuidarse las espaldas, es exactamente lo que ha hecho la rimbombante comunidad internacional (que es de gobiernos y no de pueblos). La ingesta de varios medicamentos anti nausea me hicieron falta para soportar lo que se escuchó en las diversas sesiones de los organismos internacionales. Privó en ellas el altruista concepto de “entre bomberos no nos pisamos la manguera”. No hubo silencio, ese silencio que atormenta nuestros oídos cuando personajes de las primitivas democracias nuestras hacen lo que se les da la gana. Ese silencio que ha ocurrido frente a casos como los de la persecución a la disidencia en Venezuela, el constante atropello a nuestros derechos civiles y políticos, la destrucción sistemática y sistémica del esqueleto institucional, la manipulación de los mandatos constitucionales, la conversión de las Fuerzas Armadas en instrumento de dominación, la barbarie cometida contra el alcalde Ledezma, la criminal situación penitenciaria y toda esa ristra de dramas que padecemos día tras día en este país. Para todo eso la comunidad internacional se ha quedado sin saliva.
Que Raúl Castro, tirano heredero de la corona en Cuba, se siente en esos aquelarres a pontificar sobre democracia y libertades es, cuanto menos, un ejercicio de teatro del absurdo. Las letras de Ionesco palidecen ante lo que hemos visto por estos días. Han llamado a hacerle un bloqueo económico a Honduras, apoyado precisamente por esos mismos países que se desgarran las vestiduras sobre el bloqueo a Cuba. ¿Eso con qué se come? La sarta de discursos empalagosos de varios de los presidentes presentes en esas reuniones realizadas en Managua, palabras pletóricas de pasionales argumentos constitucionalistas, hacen que los discursos de Cicerón queden como textos de relleno. Y Chávez, sin pudor alguno, condenando una acción de derrocamiento presidencial, con cara de corderito herido en una patica, como si él no hubiera roto un plato, como si las intentonas de 1992 que dejaron un reguero de sangre no hubieran sido sino una película de ficción de Spielberg. Y, peor aún, Chávez y otros caciques amenazando con acciones bélicas contra Honduras. Es guión de “Aunque usted no lo crea”. Y no podemos dejar de mencionar a Insulza, de quien todos estos presidentes han denostado y dicho sapos y culebras, y que ahora es considerado por ellos mismos como suerte de arcángel de la preclaridad democrática. Demasiado para este cuerpito que no llega ni a los cincuenta kilos.
La verdad, dicha así, sin ambages ni colorinches, es que a la institucionalidad hondureña el tal Zelaya la puso entre la espada y la pared. La serie de acciones barbáricas de este cacique centroamericano del siglo XXI puso el caldo tan ‘morao’ que se empichó, para decirlo en lenguaje coloquial. Para la semana pasada ya era más que evidente la agenda que Zelaya se traía entre manos, convenientemente asesorado por Chávez y con la ayudita de Castro, Correa, Ortega, Morales y otros próceres tribales. Le recomendaron: haga la consulta pública, diga que no es vinculante. Movilice sus fuerzas asalariadas para que vayan a expresarse. Con el resultado positivo, el agua estará derramada. Bastará invocar el principio de vox populi, vox Dei. Para las elecciones del 29 de noviembre, la cuarta urna irá, por mandato popular. Se elegirá un Presidente. Pero se le dará camino libre a una Asamblea Constituyente, que será elegida siguiendo las pautas del famoso kino utilizado en Venezuela en 1999 (un instrumento de la mayor vagabundería electoral que pueda recordarse en nuestro país, sobre el cual la OEA no dijo ni “ñé”). Esa honorable Constituyente hará trizas todo, y generará un nuevo cartapacio de reglas, y, zas, habrá necesidad de legitimar todos los poderes de nuevo. La nueva Constitución hondureña permitirá la reelección. Zelaya se presenta como candidato en esas megaelecciones, y gana. Muerto el perro se acabó la rabia. Así se perpetra el asesinato legal de la democracia.
Tardíamente, los hondureños entendieron cómo se estaba batiendo el cobre. ¿Es tonto que no se hayan “apercatado” antes? Sí, lo es. En estas democracias nuestras donde la ingenuidad es evidencia del primitivismo, somos idiotas. Somos los perfectos idiotas. Vivimos de ilusiones románticas, creyendo que con el favor de Dios las cosas se enderezarán por sí solas. Con razón los franceses cuando se refieren a nuestros países usan la frase “son exóticos”.
La violación a la Constitución y a las leyes que estaba perpetrando Zelaya era ya simplemente indisimulable. Pero él, en su cacicazgo del siglo XXI que tan buenos réditos le ha producido a Chávez y otros personajes de estas latitudes, entendió rápidamente que los tiempos del Derecho no son los tiempos de la Política. El Derecho tiene lapsos, procedimientos, montañas de papel. La Política conoce de atajos. Entonces, Zelaya entendió que tenía que proceder de inmediato. Que si lo hacía, para cuando los estamentos del Derecho procedieran, ya sería tarde, y él ya habría dado todo sus zarpazos. Sabía que había perdido todo apoyo político, incluso de su mismo partido, que lo abandonó y se le convirtió en opositor a sus pretensiones. Se jugó entonces la carta de montar a los militares en su agenda. Pero la criada le salió respondona. Los militares se le voltearon y ahí Zelaya no le quedó de otra que caer en el tan común y manido expediente de la victimización, ese pobrecitismo que tan fecundo resulta en estas tierras nuestras donde seguimos comprando espejitos.
La situación no es ni fácil ni libre de peligros. Si la comunidad internacional restablece a Zelaya, los hondureños pueden caer en un conflicto de incalculables proporciones. Hablamos de guerra civil, de escribir esta historia con tinta de obituarios. Caben varias preguntas: ¿Se puede reconocer la legitimidad de Zelaya pero desconocer la legitimidad de los otros poderes públicos en Honduras? ¿Dónde estarán la OEA, el SICA, el Grupo de Río y los presidentes cuando Zelaya comience con la razzia? Si hay condiciones irrenunciables planteadas para el regreso de Zelaya, ¿cuáles son las exigencias para Zelaya? Sospecho que luego van a lavarse las manos, como hicieron con nosotros y ante infinidad de situaciones en otros países.
Micheletti declaró a la cadena Caracol que no será candidato en las próximas elecciones. Atinada decisión que ha debido ser anunciada desde el primer minuto. También debería anunciarse un adelanto de las elecciones. Es decir, decirle a los hondureños y al mundo que ellos entienden claramente la crisis y que han constituido un gobierno transicional. Los caciques asechan por todas las esquinas, y hay que ganarle tiempo al tiempo. Voy más allá, creo que el Parlamento, el Tribunal Electoral y la Corte Suprema de Honduras deben determinar que esas elecciones sean supervisadas (desde adentro y no desde la comodidad de la barandita) por todos los organismos internacionales, incluso esos que hoy andan de golpes de pecho. Ah, y yo incluiría al Príncipe de Asturias y a cuanto premio Nobel exista en el combo de “cuidadores”. Que los grandes pongan su prestigio en el asador.
Eso pienso. Aunque me acusen de políticamente incorrecta.
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Teódulo López Meléndez, Caracas.
La orfandad intelectual-política de América Latina es el verdadero fantasma que recorre el continente. No hay estadistas, no hay ideas, no hay pensamiento, sólo regreso a los duendes sesentosos y a la luz por excepción. Ya he intentado la frase de rigor, esto es, con excepciones que confirman la regla, pues hay que admitir que todavía hay algunos países que parecen países y algunos gobernantes que parecen tales, a menos que alguno nos engañe como en el famoso cuento de la literatura venezolana “El diente roto”.
Si bien este continente nunca fue prolijo en producir ideas políticas propias, al menos tuvimos, en períodos más afortunados, gente culta, gente que leía, gente formada, gente que miraba a la política con mirada larga y por encima de la inmediatez. Hay que admitir también que se formularon ideas y alguno que otro lanzó concepciones jurídicas o de organización del Estado que merecían tales nombres. Se inició un proceso masivo de educación de los pueblos que hoy no encontramos como si se hubiese evaporado en la masificación privilegiada por encima de la calidad.
Tenemos un continente cansado que acepta ideas trogloditas, racistas de signo contrario a los que pudiéramos aceptar existieron o existen, viejas enfermedades que Europa vivió en toda su plenitud, como dos especialmente dañinas, el nacionalismo y el populismo. Tenemos grandes masas de población proclives a la demagogia, a la ausencia total de criterio sobre lo que debe ser un gobierno y viejos problemas heredados que perviven con tal fuerza que podría llegar a pensarse que jamás fueron enfrentados con políticas acordes a la modernidad o al simple sentido común.
El imperio de la demagogia es algo que pervive como una enfermedad incurable. A veces no logra entenderse la tradición de error de algunos países que, al contrario de la mayoría, puede uno admitir tienen un grado cultural más alto y que estaban destinados a alcanzar los primeros lugares en el orden mundial. La única explicación parece centrarse en que tuvieron una caída populista que sembró la decadencia como una peste insuperable.
Si bien buena parte de la población subyace en la ignorancia política, en la falta de criterio político, hay que admitir que la élite intelectual se subyugó en el medrar y en la fatalidad del alcohol o de la protección gubernamental. Ya no se pensó, menos sobre la organización social y sobre las formas políticas. La praxis del poder pareció convertirlo todo en una especialización en la triquiñuela matando de raíz la acepción de estadista, es decir, de aquel que ve más allá de lo presente para hurgar en las consecuencias de los procesos a largo plazo o en los resultados de programas implementados sin desmayo en procura de una felicidad alcanzada en los límites de lo posible.
El comportamiento de la gran mayoría de los gobernantes de América Latina es producto de la incultura y de la falta de visión. Las viejas formas políticas democráticas entran en crisis por su ineficacia, sobrevienen las dictaduras militares bajo el convencimiento de ser más efectivas, renace la democracia anquilosada, los pueblos vuelven a cansarse y entonces llegan a la trágica conclusión de ser clientes de un Estado que debe proporcionar todo, en lugar de ejecutar políticas que permitan atacar la pobreza y lograr estadios más altos de educación y bienestar. El populismo entra en escena bajo la premisa de “yo amo al pueblo” o el nacionalismo estúpido –no hay uno que no lo sea– revive el envoltorio de la “patria”, en un baño de pasado donde sólo se reivindican las gestas de guerra de los cruentos procesos independentistas.
Este parece un continente condenado a que se le endilguen “décadas perdidas”. El oportunismo grasiento hace de las suyas. No se toman decisiones sobre la base de construcción de futuro sino sobre la pantomima escandalosa de los intereses particulares, del pequeño haber, de la conservación del poder a cualquier costo, mientras parte de la población se marcha hipnotizada detrás del flautista que garantiza a quienes marchen los regalos que el Estado dispendioso está dispuesto a repartir para que el amor del gobernante sea pagado con el amor del pueblo.
América Latina ha perdido toda racionalidad. No existe una concepción de empuje hacia delante, sino que, o se busca en el pasado una remodelación o vestiduras nuevas para ocultar el engaño, o se proclama una doctrina mesiánica de que el gobernante proveerá, o se comete todo tipo de locuras y desplantes en la piedra de los sacrificios de la escasa herencia conceptual, o se rompen todos los nortes y se empantanan todas las antenas confundiendo locura e irreverencia con una transformación a todas luces falsa, a menos que se admita que la nueva ley que impera en este continente es la de la destrucción sin nada que construir hacia un modelo de desarrollo sostenido, de desarrollo que implica lo humano.
La observación de la política latinoamericana equivale a detenerse en un circo de aprovechadores, de corruptos, de maliciosos especialistas en ejecutar pequeñas raposerías. Hay excepciones, ya lo he dicho, no sólo por cumplir con la omisión del pecado de una generalización total, aunque tengamos que admitir que algunos son babosos y oportunistas, lo que demora un juicio fatal porque tal babosería y oportunismo lo ejecutan –al menos es lo que percibimos a distancia– en el beneficio de sus intereses nacionales y en la ambición hegemónica sobre el continente.
La miseria intelectual-política de América Latina va a producir otra oleada de cambios de este carrusel que se repite girando sobre sí mismo. Si bien hay una tradición universal de desoír a los pensadores, en este continente es una norma consagrada, sobre todo porque hay muy pocos a los cuales oír.
Este continente parece atado a gruesos soportes enterrados en la vastedad. No es capaz de despegar, de liberarse, de intentar el vuelo alto. Lo que sabemos es que semejantes situaciones traen movimientos telúricos, mientras algunos soñamos que sean de un signo distinto, que sean para bien, que sean de la escogencia de un camino sobre el cual nos mantengamos con persistencia en procura de la redención de estas poblaciones aniquiladas por la inoperancia y la verborrea. No solamente lo denunciamos, ponemos todos nuestros esfuerzos, dentro de nuestras limitaciones, para darle un marco teórico a discutir, bajo la convicción de la lentitud sempiterna de las ideas y de la muralla impenetrable de la pequeñez que señorea a las clases dirigentes de este continente.
Resulta profundamente desagradable y de efectos perniciosos de desánimo ver el comportamiento de quienes son gobernantes en este continente, de quienes fungen a diversos niveles como dirigentes en este continente, de las expresiones que uno oye y ve en este continente. Aún así, se contribuye a combatir esta baja intensidad diciéndolo, repitiéndolo, restregándolo en una especie de exorcismo y machacando ideas para que, si bien se hacen humo, haya en el aire un distante olor distinto.
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Foto del presidente Zelaya en el momento de ser expulsado de Honduras por los militares. El mandatario depuesto amenazó con regresar armado de arepas explosivas. (Max Estrella)
Este nuevo número de Encuentro de la Cultura Cubana, de próxima aparición, contiene el dossier “Cuba en la nueva geopolítica”, con textos de los analistas Eusebio Mujal León, Carmelo Mesa-Lago, Alejandro Armengol, Haroldo Dilla Alfonso y Arturo López Levy; artículos o ensayos de Ángel Santiesteban-Prats (“La generación extraviada”), Yoss (“Los futuros de la hoz y la palma”), Judith Moris Campos (“La saga/fuga de J.B.”), Carlos Espinosa Domínguez (“Preservar la memoria”), Manuel Pereira (“Para una metafísica del hambre”), Emma Álvarez-Tabío Albo (“Arqueologías de La Habana”), José Lorenzo Fuentes (“Cómo entré en la crónica roja”), Alejandro Ríos (“Imitación de la vida”) y Rubén Sicilia (“Perfomance y teatro”), así como la “Carta abierta del padre José Conrado al general de ejército Raúl Castro Ruz, presidente de la República de Cuba”. La sección “En persona”, dedicada a Abilio Estévez, incluye una entrevista al escritor hecha por Luis Manuel García, un estudio crítico de Armando Valdés Zamora y un relato autobiográfico de Estévez titulado “Llegada a Barcelona”. En los apartados de “En proceso” se ofrecen textos de Octavio Armand (“Danza de la muerte”) y Ena Lucía Portela (“¿En serio que no tienes miedo?”). En este número también pueden leerse relatos de Gorki Águila y Sergio Cevedo, poemas de Alberto Lauro, Juan Carlos Flores y Carlos Pintado, y las habituales secciones “Buena letra” (reseñas de libros) y “La isla en peso” (informaciones sobre revistas, actos culturales y convocatorias de concursos literarios). La plástica de esta entrega es de Pedro Portal.
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Madrid, Calle de Alcalá, 1900. A la izquierda, el Palacio de Linares (actual Casa de América). Al fondo, la Puerta de Alcalá.
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[...] Pero hablando de golpes de Estado y de golpistas, me pregunto como Jaime González la otra noche en Radio Intereconomía. Respondan a la pregunta que se hacía Jaime González: ¿quién ha dado en Honduras el golpe de Estado? ¿El Congreso soberano que ha cumplido la ley o el presidente que quería saltársela y que al margen de su propio partido quería alterarla en beneficio propio, para perpetuarse en el poder al castrista modo o a la hugochávica manera? Lo políticamente correcto está muchas veces reñido con el sentido común y la presente es una de tales ocasiones. En la que no se explica cómo el mundo mundial de las democracias a las que les duele la boca de proclamar que lo son, con Obama a la cabeza y con la Unión Europea, se haya puesto de parte del golpista de la guayabera, de quien de mayor quería ser como Chávez, Ortega, Morales o Castro.
El domingo abría yo aquí el banderín de enganche del Club de los Hartos de Maiquelyácson, de los que estamos hasta el gorro de la glorificación post mortem del Caranina. He recibido muchos boletines de alta. En una accesoria del mismo edificio de lo políticamente incorrecto abro ahora la inscripción en el Club de los Hartos de Zelaya, de los que queremos que Honduras no se una al coro de las lamentables dictaduras hispanoamericanas pasadas de urnas y por las urnas. Esperemos que Micheletti, nombrado por la soberanía parlamentaria, convoque elecciones que garanticen que Honduras no caerá en la tentación del carnaval bolivariano de estos sátrapas retratados con la guayabera de Zelaya.
Antonio Burgos: “Los hartos de Zelaya”. ABC, Madrid, 1/7/2009.
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Teódulo López Meléndez, Caracas.
La primera ironía es que la influencia de Estados Unidos en América Latina ha disminuido tanto que ya los militares no requieren autorización, permiso, aval o un guiño para actuar. La historia de los hechos en Honduras indica que el Congreso iba a proceder a destituir a Zelaya por flagrante violación de la Constitución de su país y el embajador americano paró la decisión. La segunda ironía es que los civiles se arrugan frente a la presión del Tío Sam y los militares no. La tercera ironía es que, el Departamento de Estado al parar la decisión constitucional, impulsó la acción militar. La cuarta ironía es que Chávez, en su conferencia televisiva con Zelaya, cuajó definitivamente lo sucedido, al insultar al general jefe del ejército y demostrar de manera inequívoca que el destituido no era más que un peón y que los temores de todas las instituciones hondureñas tenían base cierta. La quinta ironía es que a los conversos les va mal, puesto que Zelaya, derechista confeso, empresario acaudalado y latifundista próspero, tuvo un ataque de izquierdismo repentino bajo la ilusión de que podía permanecer en el poder por siempre, a la novedosa manera del “fantasma que recorre América Latina”. En este mismo terreno, los golpistas son ahora demócratas, invocan la Carta Interamericana de Derechos Humanos cuando antes hablaban de intervencionismo, piden intervención cuando hacía horas amenazaban con retirarse de la OEA, anuncian envíos a Honduras de comisiones vigilantes de los derechos humanos cuando niegan la autorización para que venga por estas tierras la Interamericana que ha procesado numerosas denuncias y, por si fuera poco, se quejan de la represión en Honduras cuando por estas tierras ordenan “gas del bueno”.
La cuestión hondureña lo ha revuelto todo. En el llamado sistema interamericano ya no hay nada claro: no se sabe qué es constitución ni poderes, ni qué predomina (si un presidente por encima de todo o una división de poderes funcionando), ni qué conceptos jurídicos son válidos, ni cómo se agarra ese instrumento caliente llamado Carta Interamericana donde, supuestamente, están establecidos los conceptos de cómo manejar crisis y cómo determinar el comportamiento del gobierno de un país miembro. Esto es un despelote. La legitimidad de ejercicio parece haber sido enterrada frente a la legitimidad de origen. La hipocresía se agita como una lluvia de papelillo.
En Honduras encontramos un desorden en los factores. Si los amables gringos no hubiesen frenado los procedimientos constitucionales, el orden de los factores se hubiese mantenido. Si el converso de Zelaya no violenta a todos los demás poderes no lo hubiesen ido a buscar de madrugada. Pero esos son hechos, realidades inmodificables. Lo que ahora tenemos es otro elemento: el pánico a que cunda el ejemplo hondureño y se desate una epidemia de intervenciones militares. La buena de la señora Bachelet le dijo al ex mandatario hondureño, según declaró el propio Zelaya, que ahora “todos estaban expuestos”; no tengo idea de si esta declaración fue divulgada en Chile, pero a los militares en Santiago no les debe haber gustado para nada semejantes expresiones. “De manera que la señora presidenta se siente amenazada”, habrán reflexionado; la señora Bachelet deberá aprender, si le queda tiempo, que no se puede estar diciendo todo tipo de cosas a gente que después lo divulga con olvido de la privacidad de las conversaciones.
No obstante, el problema, a mi modo de ver, es que el escándalo ha sido tan grande por el converso de Zelaya que ha perdido importancia si el hombre del sombrero regresa o no a Tegucigalpa, en cuanto a frenar la posibilidad de la epidemia militar posible me refiero. La situación hondureña parece irreversible y si ello es así habrá quedado demostrado que ni ONU, ni ALBA, ni SICA, ni OEA, ni UE son capaces de modificar un cuadro interno. En el supuesto de que Zelaya regresase, ello no sería inhibitorio, puesto que si se produce un auténtico golpe de Estado –donde los golpistas pasen por encima de todos los poderes, ejecutivo, legislativo y judicial– el escándalo no podría ser mayor.
Sobre Zelaya está jugando el temor de que se desate una epidemia militar y los escandalosos no descubrieron la vacuna. No la descubrieron porque son obtusos y, sobre todo, hipócritas. Sacan la cuenta de que a Zelaya le quedaban seis meses y que no podría, en ningún caso, seguir adelante con sus planes de consultas, constituyentes, reelecciones y demás hierbas. No la descubrieron porque son lineales, juzgan siempre por el jefe del poder ejecutivo obviando a los demás poderes, porque actúan sobre casilleros de los años 60, desconociendo toda la complejidad jurídica que envuelve ahora a las realidades, porque los cálculos sobre los que se mueven no tienen nada que ver con los principios sino con los intereses.
Las honduras de todas estas ironías no son para alegrarse. América Latina es un despelote.
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En Honduras se ha roto la cuerda de un conflicto geopolítico que viene creciendo en toda Latinoamérica, cuando Chávez se mete lo mismo en Colombia, que en Perú, Argentina o Bolivia. Honduras, una sociedad conservadora, de cultura política provinciana y primaria, de larga tradición golpista y con una izquierda también conservadora y pacifista, fue sometida a los debates del modelo bolivariano de reforma constitucional, reelección y socialismo del siglo XXI. El miedo es el motor de todos los conflictos y Honduras no es la excepción. El miedo que generó el acercamiento del derrocado presidente Zelaya al coronel Chávez condujo a que la clase política hondureña hiciera lo que sabe hacer en esos casos. Enjuiciar al presidente era demasiado sofisticado para Honduras. Ahora el problema se ha vuelto mucho más grave, ya que ningún presidente latinoamericano quiere llegar en pijama a otro país.
Sin duda hay que rechazar el golpe, pero la comunidad internacional debe tener en cuenta que las políticas autoritarias en Bolivia, Ecuador, Nicaragua y Venezuela se han convertido en una seria provocación para las fuerzas conservadoras y centristas de toda la región. Las expropiaciones de empresas, los cierres de medios de comunicación, la intimidación callejera, las arbitrariedades judiciales, las reelecciones perpetuas y los fraudes son como golpes de Estado graduales. La polarización ideológica chavista está debilitando sociedades amenazadas por miles de pandilleros y poderosos carteles. Centroamérica puede convertirse en un bastión del crimen organizado que dé refugio a mafiosos y terroristas en medio de un caos y una inseguridad endémica que genere millones de emigrantes. [...]
Joaquín Villalobos: “De nuevo las repúblicas bananeras”. El PAÍS, Madrid, 30/6/2009.
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Zaratustra: El Zelaya quiso copiarle la receta a su compadre Chávez.
La Pisa-Bien: Por meterse en esas honduras le dieron el golpe.
Don Latino: El contragolpe.
Max Estrella

