Gastón Baquero
Al apagarse en Madrid, a los setenta y dos años de edad, la voz de José Ortega y Gasset, el mundo culto ha perdido una de sus máximas galas contemporáneas. Esa muerte, para España, vale tanto como la pérdida de un cetro, porque José Ortega y Gasset, al quedar inscripto entre “los doce pares de la inteligencia europea”, inscribía a España y al mundo hispánico en las primeras líneas del saber universal.
Cuando se miraba hacia allí, luego de la muerte de Unamuno, el ánimo ansioso de confirmar la perduración de la grandeza, espumaba de entre todas las tragedias, crisis históricas, inactualidades, el nombre de Ortega y Gasset. Era como una señal luminosa en medio de lo oscuro. La prodigiosa exultación de su inteligencia desbordaba lo español, y avanzaba hacia lo universal con el viejo paso de los conquistadores. Otros sabios hubo y hay; otros nombres venerables en las ciencias, en las letras, en las artes, quedan y quedarán a España; pero el resplandor de Ortega, su universalidad, su puesto entre los creadores de dimensión mundial, representaban un trono y un imperio.
Esa proyección de una personalidad española en el escenario de la cultura mundial revela por sí misma el impacto que esa figura producía. Hoy, por razones de complejidad evidente, los tiempos no se inclinan a lo hispánico, y la manifestación del espíritu creador bajo idioma español, conlleva limitaciones incalculables a la hora del enjuiciamiento certero, a la hora de la justicia. El idioma español se ha quedado como en un rincón de la historia, en espera de tiempos mejores, o resignado con el uso doméstico y natural; pero no vienen a él los grandes centros de la cultura, de la ciencia, de las artes. Para conquistar fama allende las fronteras del orbe hispánico, no queda sino recibir el bautismo de la traducción al inglés, al alemán o en último término al francés, pues las dos primeras de estas lenguas poseen el imperio de la consagración, y la tercera es, todavía, una concesión hecha por el mundo anglosajón al postergado mundo latino. Siempre necesitó de la traducción el escritor; pero desde el punto en que se produjo el ocaso de las naciones latinas, con la inevitable decadencia cultural, los escritores limitados a un idioma como el español han de moverse, o dentro de España, o con circulación de paralíticos por pueblos hispanoamericanos que apenas leen, y apenas se interesan por los problemas, actitudes y proyecciones del mundo intelectual. Frente a esa escena desoladora, emerge con más sólido brillo la victoria de Ortega y Gasset sobre la indiferencia europea. Escribiendo un español extraordinario, vehículo puro de las esencias espirituales de la raza hispánica, vaso de sus virtudes y sus defectos, consiguió imponer una personalidad mundial, hacerse de un nombre y de una repercusión considerable. Se le tradujo porque ya resultaba impostergable su difusión por tierras alemanas, inglesas, norteamericanas.
¿Y en qué consistía esa obra a la que concedemos tanta significación y relieve? Consistía, ante todo, en una exposición prodigiosa de inteligencia, en un deslumbrador derroche de talento. José Ortega y Gasset daba vida a una de las sensibilidades más depurada, alertas, laboriosas que el mundo actual ha conocido.Se levantó, en la España de principio de siglo con la erguida prestancia de un pararrayos. Y desde el momento en que comenzó a poner en letras sus pensamientos, sus observaciones, sus puntos de vista, ya no fué posible olvidar por un instante aquella figura neta, rotunda, del pensador arrojado. ¿Cuál iba a ser su especialidad? Los hombres que le precedieron en la misión de enseñar y en la más delicada e insólita de pensar, abrazaron una especialidad, una zona o parcela del saber a la cual dominaban como un domador su foca. La especialidad de Ortega iba a consistir en no tener especialidad. Miró en torno, recién cumplidos sus veinte años, y se azoró de la anemia espiritual española. Los hombres del 98, pese a la energía de Unamuno, a la dinámica visual e irónica de Baroja, a la serenidad de Azorín, a los rebuscamientos literarios de Valle, conservaban un molesto sabor a dolientes. Vivían como petrificados en la contemplación del desplome histórico de España; gesticulaban, iban y venían, echaban a voleo programas y proclamas, pero en el fondo vivían como hipnotizados por el estupor de España. El más audaz de los viajeros, Unamuno, se echó de cabeza entre la niebla y la confusión, con el grito de un titán suicida. La tendencia secreta a volverse hacia el pasado, como si el pasado fuese una respuesta para el porvenir, inquietaba a los jóvenes provistos de cabezas claras. Entre esos jóvenes, el señor de señores, el precoz emperador, era José Ortega y Gasset.
El desagrado y repudio de lo circundante determina en el estudioso ejemplar –aparece ya en 1902 con leyenda y halo de talento espectacular–, la decisión de incidir sobre el ambiente, sobre la circunstancia, a fin de modificarlo para modificar los hechos y los hombres. Debe observarse con detenimiento la reacción de Ortega frente al ambiente español que va de 1900 a 1914, porque en el alto calor provocado en su alma por las flaquezas, depresiones y pesimismos patrios, está el horno de su gran aventura, el trampolín desde donde se arroja hasta el fondo de la excitación, el llamamiento y el estruendoso despertar. Ama a su patria en forma arrasadora; porque la ama tanto, no gusta de la fisonomía que presenta. Su gesto de reproche inicial –desde sus primeros artículos, antes de llegar al libro, ya se nota la irritación del amante cuando contempla en mala figura al ser amado–, no ha de abandonarlo jamás. Lo primero que le saca de quicio es la acumulación enorme de mentiras, patrañas, interpretaciones caprichosas, clisés y lugares comunes. España está como queriendo engañarse a sí misma por boca de escritores, poetas, pintores mediocres, dramaturgos falsos. Hay un miedo a la verdad, que empavorece. Y ese joven meditativo, vocado a pensar y repensar las cosas, siente como a sus labios suben las heces de sus sufrimientos y preocupaciones bajo forma de amor apasionado a la verdad. Tiene de la juventud genuina la fiebre de lo veraz. “Yo he buscado en torno –dice–, con mirada suplicante de náufrago, los hombres a quienes importase la verdad, la pura verdad, lo que las cosas son por sí mismas, y apenas he hallado alguno. Lo he buscado cerca y lejos, entre los artistas y entre los labradores, entre los ingenuos y los “sabios”. Como Ibn-Batuta, he tomado el palo del peregrino y hecho vía por el mundo en busca, como él, de los santos de la Tierra, de los hombres de alma especular y serena que reciben la pura reflexión del ser de las cosas. ¡Y he hallado tan pocos, que me ahogo!”
Aquí está el retrato de Ortega pintado por él mismo. Fué un hombre que persiguió con tenacidad de alucinado el huidizo perfil de la Verdad. Su guerra al capricho, al juego mental fiado en intuiciones, a las pretendidas “verdades históricas y científicas” que no se apoyaban en ciencia histórica y en ciencia verdadera, le muestran a lo largo de su obra como un hombre propenso a regañar, desilusionar y hasta a poner en ridículo a los presuntuosos. Nada de verbalismo hay en él; no se le puede engañar con largas tiradas de versos, ni con parrafadas huecas, ni con gestos destinados a configurar de “personaje” a un Pacheco. Ortega pide cuentas en forma precisa, sin escapatoria ni rejuego. Los que no saben, y dicen que saben, e intentan confundir más a los confundidos y enmarañar más los caminos de la verdad, tienen en Ortega un flagelo. No injuria, pero enseña. Combate, ante todo, el resultado inexorable de la ausencia de verdad, que es el chauvinismo, que es la patriotería. Señala los errores y atrasos de España con más rigor y dureza que nadie. Su patria la tiene en el corazón, mas no como pétalo, sino como espina. Donde veía la superioridad, reconocíala sin el menor aldeanismo; si España resultaba inferior a una nación cualquiera en esto o en lo otro, Ortega lo proclamaba, y seguía adelante. “Lo siento mucho”, afirmó en una ocasión, “pero yo no puedo fundar mi patriotismo en una deshonestidad”.
Por honestidad, se hizo el campeón irreductible, fanático sacerdotal de la verdad. Y para llevar ésta a los ojos y a los sentimientos de un pueblo y de una raza largamente engañados, no halló mejor medio que el de hacer desfilar ante esos ojos el espectáculo de la ciencia. Comenzó por mover en el escenario de su teatro grandioso la propia figura de España, tomándola desde su representación ultraesencial: Don Quijote. Su libro “Meditaciones del Quijote”, que muchos tienen por su obra capital, es un estupendo análisis de la última verdad española, de la ultimidad y mismidad de lo español. Luego, una vez en pie la imagen genérica del alma patria, Ortega comienza su labor pedagógica, se presenta como un modesto pedagogo del mirar, como un hombre que va a contentarse con la humilde tarea de enseñar a ver lo que ocurre en derredor de uno. Ha observado que las desdichas espirituales de España provienen de que el español no quiere en modo alguno tener perspectiva, abrirse al mundo, sino que se consuela o se fatiga teniendo prejuicios, terquedades, caprichos, invenciones y el profesor se sienta a contemplar el mundo en torno, e invita a las gentes a acompañarle en ese menester de trivial apariencia. Y en cuanto se le acepta que comience a ver en compañía lo que acontece hombre afuera, ya está el acompañante cogido en una trampa magnífica, entre los hilos de una araña de acero: estudio tras estudio, Ortega va tejiendo los tomos de “El Espectador”, que en última instancia no son otra cosa que manuales para ir brujuleando en busca de la verdad. lecciones sobre el arte de mirar. Ortega se propone, con “El Espectador”, luchar contra las deformaciones visuales y mentales que el hombre realiza adrede, para no ver destruida una ilusión o un capricho que él ha tomado como modelo y trasunto veraz de un objeto o de una idea. Esa labor pedagógica la lleva a cabo artísticamente. Como si quisiera predicar con el ejemplo, él, que habla de precisión, conocimiento a fondo, obediencia a la realidad y a la verdad, comienza por escribir con un estilo que es expresivo de la verdad idiomática española. Y como al mismo tiempo es un alto profesor quien habla, utiliza las formas más sutiles de atraer la atención y de penetrar en el ánimo de quien le leyere. Es famoso por la abundancia de metáforas, por los giros exactos que emplea a fin de ofrecer símiles, sinónimos, comparaciones idóneas para explicar una proposición. Algún crítico se ha atrevido a reprocharle “ciertas cosas chabacanas”, porque Ortega, hombre de letras muy viriles, no se arredra ante ningún vocablo ni ante evocación o símil de ningún género. Gracias a esto, la plástica de sus metáforas, la riqueza y rotundidad de sus párrafos, provienen casi siempre del empleo diestramente dosificado de expresiones elevadas y de términos comunes. “Viniendo de la Hélade –citemos para recordar un solo caso–, la entrada en la Edad Media nos parece el ingreso en un horno. No se ve claro; la energía vital no se consume en luz derramada sobre el universo; se concentra en calor dentro de la persona. El germano vive de su alma y de su vitalidad. El espíritu es cosa a la que va poco a poco llegando, merced a aprendizaje y adquisición. Relativamente –recuérdese que sólo hablamos de relatividades–no le es nativo. Necesita beberlo en las ubres de Grecia”.
Pero el estilo eminentemente gráfico, descriptivo de Ortega –un ensayo publicado sobre esta materia, en la Revista de Occidente, por un J. Lillo Rodelgo que olía a pseudónimo a la legua, se titula: “José Ortega y Gasset: la manera veneciana de sus paisajes–, no es sino una consecuencia de su amor a la verdad. Ese estilo pictórico va dirigido a persuadir sobre la exposición de pensamientos que el autor se propone. Quiere enseñar a ver, adiestrar en el ejercicio de algo tenido por tan sencillo y habitual que no necesita aprenderse, pero que en realidad es la preocupación mayor de los filósofos y pensadores genuinos de todas las épocas: ver con precisión, con netitud, sin telarañas ni cortinas de humo precautoriamente alzadas a fin de no ver lo que no nos conviene, o a fin de hacer del mundo circundante un objeto cortado a nuestra personal imagen y semejanza. Ortega se empeñó en una cátedra de objetividad, porque vió al español –y por ende al hispanoamericano–, enfermo de subjetividad, de sensiblería ñoña y desnaturalizante. ¡Mirad cómo son las cosas, pero miradlas desde las cosas, no desde vuestra imaginación ni desde vuestros prejuicios!, parecía clamar a cada instante. Y para realizar en forma más enérgica, persuasiva y sincera su misión de pedagogo de la mirada, Ortega apoyaba su método de análisis, sus recetas para reconocer la realidad, en un pensamiento filosófico propio.
El pensamiento filosófico de Ortega y Gasset –es bueno advertirlo cuantas veces surja este tema, de tantas espinas y de tantas pugnacidades–, no está expuesto en forma sistemática en sus libros, sino, como él acostumbraba a decir, está insinuado, desde en su ensayo titulado “Adán en el paraíso”, hasta su aparición “formal” en “Meditaciones del Quijote”, y su aplicación como tal pensamiento filosófico a una tesis en “El tema de nuestro tiempo”. La manifestación sistemática, concluyente, de ese pensamiento, iba reservándola Ortega de libro en libro para futuros “mamotretos de los cuales ando parturiento”. Afírmase que quedan inéditos sus libros capitales, para desarrollar su filosofía. La evolución de ésta, que tendió siempre a una superación, tanto del idealismo como del realismo, pasó por las etapas de perspectivismo, raciovitalismo, existencialismo –no confundible en modo alguno con lo que se viene denominando así literariamente–, y por fin historismo, donde desembocaban las tesis y postulados de Ortega a lomos de lo que llamaba la razón histórica, médula de su pensamiento. Fué él, irrebatiblemente, de los primeros en proclamar la convicción de que la vida humana tiene su realidad radical en la propia existencia y existir de la vida, y en esa existencia radica un proceso que vitalmente adopta forma de razón y sentido de radical realidad, para lo histórico como para lo desnudamente vital.
Pero en tanto aparecen esos libros póstumos, mensajeros de la suprema meditación de Ortega, no ha de juzgarse su pensamiento con excesivo rigor, ni aun es razonable condenarle o adherírsele sin más. Un pensamiento filosófico propio –¡cosa tremebundo y singular si las hay!– no puede apreciarse desde lo fragmentario, y menos desde lo insinuado, por obvia que sea la insinuación. Ortega reservó para la cátedra las explicaciones amplias y jugosas de su pensamiento; al libro iba llevando reflejos, anticipos de las explicaciones muy lúcidas y cabales que poseía, mientras aplazaba su publicación concreta y explícita para unas calendas que ahora cristalizó la muerte. Mientras llega esa sazón de estudiarle en cuerpo entero como a filósofo productor de un pensamiento personal, nadie puede disminuirle el homenaje debido a su inteligencia, a su misión de educador, a su concepto del deber. Ortega dejó, en libros como “La rebelión de las masas”, insuperables modelos de observación. Sobre esta conclusión suya, o sobre aquella deducción que de los hechos obtiene, podrá el lector, a lo que dé su preparación y su criterio, coincidir o rechazar; pero lo que resulta imposible hacer con Ortega es permanecerle indiferente. Apasionante y atractivo como un buen hechicero, escribe las cosas más profundas con aire y perfume de leyenda, de fábula. El prodigio de su instrumento literario fue afinándose con los tiempos, y a la hora en que se sentara a escribir páginas como las que forman el prólogo a “Veinte años de caza mayor” (1942), la lengua que estampa está hecha de diamante y de pura vida. Sugiere tantas ideas, reflexiones, mundos nuevos, que su labor, en el peor de los casos, cuando choque con la mente más cerrada o con el juicio más opuesto, produce una cosecha espléndida. De Ortega se sale, siempre, enriquecido, con los alimentos del alma crecidos hasta un grado de tensión y de jugo que pocos autores son capaces de despertar. Por mucho que se rechace de sus ideas, de sus actitudes ante ciertos problemas, hay dentro de él algo que nada ni nadie puede obnubilar: su capacidad para limpiar la mente de pesos muertos y de lugares comunes. Ortega es un vivificador. Quien no haya pasado por sus manos no sabe lo que puede dar de sí. Luego de leerle, cada hombre ha recibido un baño interior, y está en ánimos de saltar, como un atleta pindárico, hacia los reinos de su propio ser.
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Revista Carteles, La Habana, 1955.